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Tu Día

La naturaleza y tus emociones

La tierra, el agua, el fuego y el aire están directamente relacionados con nuestro sentir. Mirá esta descripción y fijate con qué elemento te sentís más identificado.

“El hombre sigue los mismos ritmos de la naturaleza, dado que nace con la inhalación y muere con la exhalación. Cada punto energético y cada órgano de su cuerpo se corresponden con un elemento”, afirma la licenciada Debora Colagreco, quien recientemente ha publicado el libro Los siete elementos y el Hombre, en el que detalla la relación entre la naturaleza y nuestras emociones. Aquí te compartimos el análisis que hace de ese vínculo entre las personas y los cuatro elementos naturales.

  • Tierra

La tierra nos da la vida y nos enseña a amarla. Nos da todo lo que necesitamos para vivir. Del respeto que le tenemos provienen alimentos que nos ayudan a sentirnos bien y alimentarnos de manera saludable y equilibrada, cuerpo y mente. 

Es solidez, seguridad, inmovilidad y dinamismo. Su esencia nos da el sentido de nuestras limitaciones. Si su energía abunda en nosotros, nuestros límites serán inflexibles porque la tierra tiende a construir fuertes barreras. Nos cuestionamos nuestro derecho a existir. Los trastornos alimenticios son a menudo un intento de transformar la sensación de vacío en solidez. Sin alimento nos derrumbamos. 

El elemento tierra corresponde a la moral. Cualquier individuo racional, elevado o no, la posee, ya que siente el deber y la necesidad de elegir. Pero en la vida somos capaces de hacerlo solo si tenemos raíces estables: nuestros padres, la familia. 

  • Fuego

El fuego es dinamismo puro, es la esencia que nos impulsa hacia el espíritu de iniciativa. Como tal, exige una forma de desahogo, de canalizarse a través de la aventura, la creatividad. Sin fuego o calor, la vida no sería posible.

Este elemento representa la conciencia. Empieza a surgir una responsabilidad personal en la cual la mente actúa sobre los instintos. El yo se despierta y nace el ego, el mediador entre la sombra y el hombre que evoluciona. Un despertar necesario para abrazar al mundo.

Está representado por el sol, la chispa que brilla en nuestros ojos. Su núcleo representa el fuego de la dimensión espiritual.

Antes de cualquier acción, el hombre siente la necesidad de decirse a sí mismo, en el silencio de su ser, aquello en lo que desea convertirse. El tiempo no pasa, somos nosotros los que lo atravesamos. El futuro es un abrir y cerrar de alas.

  • Agua

El agua es puro movimiento. No tiene la fuerza estable de la tierra. Donde ella pasa, todo es vida, ya que ella alimenta. El agua es la protagonista de la vida. Este elemento, si es dinámico, hace emerger la autoestima, es decir, la voluntad. Ese impulso que nos lleva a la acción, cuyo combustible es el deseo. Este elemento está dotado de coherencia que puede proporcionar información de carácter terapéutico. Contiene huellas electromagnéticas ultra-débiles capaces de tener memoria.

El agua se asocia a las emociones, las sensaciones, llaves necesarias para acceder a los recuerdos enterrados que nuestra mente consciente puede haber negado.

El agua lava la energía pesada (producida por nosotros mismos o por otros) que se acumula a nuestro alrededor. Nos ayuda a dejarnos llevar y relajarnos, nos devuelve el equilibrio. Simboliza la reflexión, la profundización.

  • Aire

Representa el mundo espiritual en el que vivimos y del que somos parte, a pesar de nuestra falta de conciencia. No se puede aferrar ni ver. Se mueve libremente a través del tiempo y el espacio. Sin aire no podemos vivir. En la naturaleza, su esencia infunde vida a la tierra.

Como el aire, también el amor es una fuerza necesaria para nuestra vida, el hecho es que las damos por sentadas a ambas. Si nuestro corazón sufre, incluso la respiración es difícil. 

Cuando retenemos los sentimientos, contenemos la respiración. Cuando retenemos la respiración, hacemos llegar de forma limitada el sustento vital del aire a nuestras células y nuestros músculos. Nos hacemos morir a nosotros mismos. Si aprendemos a respirar profundamente, permitimos que los sentimientos reprimidos salgan a la superficie, liberando al corazón del peso del dolor.

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