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Las Otras Ponce: la belleza que vive debajo de la piel

Envuelta en una novedosa concepción estética, la serie “Las otras Ponce” presenta una historia imaginativa con varios toques de humor.

Las otras Ponce, la serie cordobesa que estrenó en la noche del martes por Canal 10, no es un producto para consumo masivo. Y es algo que se establece desde el principio: luego de que el narrador (interpretado por Aldo Pastur) establece las primeras líneas argumentales, la cámara pasa a un grupo de amigos embarcados en una discusión sobre el cine italiano, con los nombres de Michelangelo Antonioni y Federico Fellini volando desde aquí hacia allá.

Pero el que no conozca el paño y, sin embargo, no se amedrente y abra su curiosidad, tendrá su recompensa. En principio, con una presentación visual enormemente atractiva que pone en uso la técnica del chroma key. Esto es, filmar la acción con sólo una pantalla verde de fondo sobre la que, en la post-producción, se materializarán los fondos de manera digitalizada.

El resultado, en el caso de Las otras Ponce, es una estética estilo cómic, inspirada en la versión fílmica de la historieta Sin city y muy efectiva para acompañar la estética distópica de la serie, en la que se mezclan elementos de diferentes épocas históricas en una Córdoba que podría ser cualquier otro lugar real o ficticio. 

Bellas cabecitas. Pero el asunto no es uno de “estilo sobre sustancia”. Hay, en principio, el marco de una época difícil: las referencias a Sandro, Palito Ortega y Sábados circulares enmarca a la acción en los años ‘60, épocas donde el dictador Juan Carlos Onganía miraba con violento desagrado el amor al conocimiento. Y a eso, se le suma el descontento de Anselmo, un esposo desilusionado por la chatura mental de su mujer, que no sabe estimular su órgano sexual más importante: el cerebro. 

La solución a sus problemas la trae su amigo Balegno, quien le pasa misteriosamente el dato de ese salón del cual todos hablan por lo bajo, y que se ubica convenientemente en los fondos de una biblioteca. La regente es la hermosa y refinada madame Jeanette, quien dirige a Anselmo a través de su plantel de musas. Así, el espectador al fin conoce a esas “otras Ponce” quienes, al igual que sus homónimas, las prostitutas más famosas de Córdoba, ofrecen un catálogo de placeres… sólo que para la mente, no para el cuerpo. 

El recorrido (y toda la trama) está bañada de humor sutil, logrados diálogos y excelente musicalización y, si bien en el primer episodio hubo un par de puntos en contra –pequeños defectos en la edición digital y algunos puntos lentos en la trama, probablemente debidos al hecho de que este debut también servía como presentación argumental–, no es difícil ver a Las otras Ponce como una alegoría de lo que su misma historia muestra: la voluntad de buscar algo más allá de los vacíos y grises de la cotidianeidad puede dar deliciosas recompensas.

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