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Muestra de Gaby Herbstein: los sentidos posibles

Muestra “Estados de conciencia” de la fotógrafa Gaby Herbstein en Cultura 220. Lo que vemos para que veas.

La muestra de la artista Gaby Herbstein nos provoca una serie de estímulos eufóricos. Hay que verla y vivirla para comprender el fuerte movimiento emotivo que provoca su exposición, porque se alteran las nociones más privativas de la fotografía como arte y hasta de las propia cotidianeidad, que aparece movilizada por las imágenes y los objetos expuestos. 

Herbstein es una artista consagrada y reconocida por ser la autora de algunas de las imágenes icónicas de la cultura argentina y por su trabajo con las editoriales de moda. Pero esta muestra, que llama Estados de conciencia, es un retazo de sus búsquedas expresivas más personales, en la que expone un muestrario desconcertante de imágenes que funcionan como un mosaico de citas. 

Las referencias intertextuales juegan con polifacéticas referencias: Dalí, Chagall, Magritte, el circo, el teatro, la moda, el espectáculo, el cine. Pero las imágenes no se quedan en simples citas culturales sino que se enriquecen por la intervención lingüística, el título y el recorrido por la cocina de la realización de las obras. 

El mundo personal e íntimo de una artista completa que se ubica en el borde límite de la realización, apelando a la sensibilidad lúdica y la imaginación onírica para presentar cada obra como un conjunto de signos que expanden los sentidos posibles y apelan a la libertad de pensamiento. Al mostrar sus sueños, las diferentes formas que pueden tomar las imágenes de la conciencia, Herbstein invita a huir de la razón. No porque el mundo sea imperfecto, sino porque está lleno de sentidos posibles, de riquezas imaginarias y de sueños disconformes. 

Esta muestra nos pone frente al complejo abordaje de una materia cuya definición se complica cuando percibimos que los límites entre fotografía, pintura y otras artes han sido borrados. Ninguna imagen de Gaby puede ser considerada fotografía. Aún cuando hay un medio de captación como una máquina fotográfica y el registro sea lo real de lo captado, la idea de fotografía remite (porque ese es su origen) a una idea de lo real, a una duplicación del referente como la verdad que ven nuestros ojos.

La fotografía se considera un modo de captar el instante: lo instantáneo, lo único. En estas obras no hay captación del instante: no hay un presente sino una continuidad, como si cada foto disolviera el presente y propusiera un pasado y futuro, un hilo temporal que produce un borramiento total del instante y tensa la historia hacia lo que va a pasar. Esto produce el efecto de desintegrar la noción de reproducción de la realidad. 

En el mundo de lo visual, la percepción funciona como un desciframiento: hay que mirar, observar, distinguir y relacionar los elementos para obtener no el sentido del mensaje sino el enriquecimiento mismo de lo percibido. El objeto visual no es la cristalización de un sentido sino la superficie que dispara la actividad de la mente del que mira. Entonces, lo visible forma parte de una construcción eufórica cuyo sentido es una operación compartida entre el autor y el espectador. 

Gaby Herbstein utiliza objetos reales cuya conjunción escandalosa despega a los objetos de su sentido cotidiano, perfora la comprensión literal de los objetos y atrae metáforas: una rama no es una rama, Ofelia no es Ofelia, los zapatos no son zapatos. Esta conjunción de objetos crea un mundo precioso que origina un placer único: la aventura del descifrar. 

Cada imagen de Herbstein opera como un juego: entre la apariencia y la realidad, desata la construcción de lo cotidiano como algo onírico, mezclando lo material y el ensueño. Todo pretende generar una polifonía de placeres cuya interpretación forma parte del juego motivador. Como en toda gran obra, no hay interpretación final sino la aventura del juego, el activar la mente como un itinerario que permite el advenimiento de nuevas percepciones. 

Estas imágenes esperan del espectador la tarea de colocar el sentido tomados del saber, de los sueños, de la historia personal. Todo el material mítico que cada uno de nosotros ha ido recolectando a lo largo de su vida se moviliza no tanto para interpretar, sino más bien de la explosión de sentidos y singularidades.

Estas fotos nos invitan a huir de la razón para alcanzar algo así como el advenimiento de una percepción nueva. Activar la mente para movilizar los aspectos secretos del mundo, la ambigüedad de las cosas. Así se produce la movilización de los significados, al mismo tiempo que esos significados explotan: el sentido no está colocado, las imágenes no tienen un sentido previsto anticipado. 

Toda foto intenta desarrollar una narrativa, es decir, contar una historia. En el caso de Herbstein, las fotos invitan a la narración, pero no sólo de universo particular de la autora, sino de la capacidad imaginativa del receptor. Esa es una gran diferencia con otros tipos de proyectos en los que la fotografía o la imagen funcionan como contenedores de historia que el receptor recepta. En este caso, las imágenes funcionan como incentivo a desplegar el mundo imaginativo del espectador. 

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