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La jardinera del barro

Alicia Dozo, profesora de teatro del Penal de San Martín, recuerda su camino recorrido y cuenta cómo es su trabajo diario.

El trabajo de Alicia Dozo siembra colores entre paredes grises y enciende días sombríos. Ella es la encargada de encabezar el taller de teatro –y también el de violín– del Penal de San Martín y, antes, se puso al frente de un proyecto similar en la desaparecida cárcel femenina de Buen Pastor.

El grupo de teatro que Alicia formó en San Martín se llama El Alter Ego (El Otro Yo, en latín), pero antes se llamaba Nenúfar, una planta que, como la misma Alicia describe, “crece en el agua podrida, necesita de esa agua y da una flor blanca impoluta con un perfume exquisito”.

“Ese proceso lo he hablado con ellos, de cómo lo abyecto cobra valor”, continúa. “Muchas autoridades que los conocen de otras causas, o la gente de seguridad del penal, me dice que cuando empiezan a trabajar en teatro cambian la apariencia, la esencia, la cosa tumbera”.

Pero esos engranajes de renovación y cambio interno comenzaron mucho antes, en la infancia de Alicia, quien es hermana del actor Diego Dozo, conocido por interpretar a Jerónimo Luis de Cabrera en varias performances callejeras.

“Teníamos un padre absolutamente creativo: era constructor de obras, pero al mismo tiempo agarraba una guitarra y la hacía hablar como si nada”, rememora ella. “En casa había una cinemateca con películas en súper 8 de Buster Keaton, Chaplin, los Tres Chiflados, y las veíamos todas las tardes. Y mi madre, que tiene 99 años, todavía toca el saxo. Yo crecí en ese marco”.

Las inquietudes artísticas de Alicia la empujaron al seminario teatral Jolie Libois, a miles de talleres con renombrados profesores y, en última instancia, a volver a las aulas a los 44 años. “Empecé a sentir que me estaba perdiendo otras estéticas, eso de estar en la vanguardia. Entonces, en el 2000, me senté a estudiar de cero en la UNC”, explica.

–¿Y cómo empieza tu trabajo social en las cárceles?
–Yo era secretaria de Claudio Massetti, director de Cultura del gobierno de (Rubén) Martí. Una monja del penal de mujeres del Buen Pastor vino pidiendo asesoramiento, y a Massetti le rompí el “coco” y me dejó ir. Y cuando el señor Medina Allende decide vender la cárcel me sacan de ahí y, cerca del 2000, empieza un proyecto de ofrecer talleres de arte en las cárceles. En el Servicio Penitenciario ya me conocían y me llamaron. Así arribo al Penal de San Martín.

–¿De qué manera viviste esos primeros días de trabajo en el Buen Pastor?
–No es que sea buenita, quizás me como las broncas, pero de chica jamás me “clineé” ni me peleé con nadie. Entonces toda esta fauna nueva, donde criaturas chicas se pelean, se acuchillan, era desconocida para mi. A la violencia física no la soporto. Y pensando las cosas que ocurren en esos lugares, cosas que produce el hacinamiento y la soledad, me puse a trabajar con técnicas desde lo físico. Yo tenía un profesor que decía que el encuentro entre los actores es prácticamente un duelo: uno ataca con la palabra, el otro puede contraatacar, o evadir, o aliarse con otro. Entonces, por ejemplo, a las presas las hacía trabajar de a dos haciendo un ida y vuelta en la contestación que también era físico.

–Más tarde, ¿qué diferencias encontraste entre el trabajo con internas mujeres y con presos hombres?
–Hay una tristeza profunda en la mujer. Sobre todo en esos tiempos, la mujer era arrastrada muchas veces por el amor. La mayoría de ellas estaba conviviendo con hombres de los cuales no tenían idea en qué andaban, y un día caía la “cana” y encontraba cosas que ellas no tenían idea que estaban ahí. También era una cosa de mucho dolor la cuestión de la maternidad, porque si bien hasta una cierta edad la mujer puede convivir ahí con sus hijos, la madre siempre está sufriendo. Yo sentía una compasión profunda por la soledad en la que quedaban los chicos, y por esas mujeres que vivían con la mitad del alma afuera, vacías. Entonces por ahí yo me metía fuera de horario y, por ejemplo, en el Día del Niño, hacía que ellas hicieran una obra infantil y pedía por favor que dejaran entrar a sus hijos como espectadores y pudieran pasar ese día con ellas brindándoles algo.

–¿Fue difícil ganarte el respeto de los presos de San Martín?
–Tengo internos de años, los que muchas veces no se adaptan con otros conmigo sí. Pero no es por mí, es la magia que hace el teatro. Apenas entran al gimnasio a trabajar, pasan varios minutos saltando moviéndose, tienen una actividad hiperkinética que tiene que ver con el encierro y el poco espacio. Una vez que se calman, comenzamos a trabajar.

–Vos les brindás a los internos una oportunidad de catarsis, de distracción, de esperanza. ¿Y qué sentís que ellos le traen a tu vida?
–En mi casa hay cosas que me regalan, desde un papel de cigarrillos convertido en una flor, hasta cartas y pinturas, todo lo que se te ocurra. Siempre me tentó la cuestión de escribir, pero no me gusta la gente que se “cuelga” de los discapacitados o los marginales para conseguir premios, becas o libros. Si alguna vez escribo, no serían anécdotas, escribiría sobre la profunda revolución que se le hace a uno en el corazón y en el cuerpo cuando se trabaja con ellos. Vos tocás esas espaldas y es una cosa con una contractura de mil horas sin llorar. Lloran sin lágrimas, y detrás de eso hay siempre hay una infancia difícil y una educación incompleta.

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El texto original de este artículo fue publicado el 09/01/2012 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición digital para leerlo igual que en el papel.
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