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Chébere en el Kempes: para el campeonato del mundo

Chébere vivió su “regreso soñado” en el Estadio Mario Alberto Kempes, ante 25 mil personas y con varias de sus voces históricas. Estuvo “mundial”.

Chébere volvió a hacer historia. Celebrando sus 38 años (¿quién dijo que tienen que ser fechas redondas para festejar?), se montó al fervor desatado por el regreso a los escenarios de uno de sus hijos pródigos como es Pelusa, juntó a varios de sus cantantes ya clásicos y se le animó ni más ni menos que al estadio mundialista Mario Alberto Kempes.

El resultado fue un viaje en el tiempo por estas casi cuatro décadas, ante unas 25 mil personas que cantaron y se bailaron todo. Como en aquellos años dorados, en esos bailes inolvidables en los que Chébere le abría la cabeza al cuarteto agregándole instrumentos de viento, ritmos latinos tanto como aires rockeros y sobretodo, calidad en sus vocalistas.

El show fue una maratón de más de cuatro horas, desde el presente hacia atrás. Todo comenzó 35 minutos después de las 22 (horario anunciado) con la formación actual de la banda, donde conviven los jóvenes cantantes Lucas Mañez, Lucas Jerez y el venezolano Jon García, con históricos como el locutor Pato Lugones, el bajista Beto Guillén y el violero Cuerda Tarnavasio. Tocaron versiones de hits de alta rotación en radios, como Esclavo de tus besos (David Bisbal) y No mirés atrás (Coki Ramírez).

Ahí nomás llegaría el primer groso de la noche, Rubinho, luciendo un corte a lo mohicano y siempre hablando como Anamá Ferreyra, por más que su ADN está ya mucho más cerca del fernet que de la caipirinha. Con la gracia y picardía intacta, el morocho agitó la noche empezando con Matandome suavemente (su versión del clásico soul de Roberta Flack), Fiebre (¡se acuerdan de ese temazo!), Gallinita, Corazón herido, A sol nasciente, Venganza y Sobreviviré, e incluyendo hits abonados a todos los casamientos como Giro giro y Fiesta.

Los 15 grados que había en el Kempes pasaron a segundo plano, mientras quienes estaban en las tribunas se las arreglaban para bailar en una baldosa y los del campo se apretujaban para ver de cerca a los músicos.

Siguió Fernando Bladys, que llegó canchero y con onda (pantalón rojo, saco negro y un remera con un diseño bien a la moda) y demostró que sus cuerdas vocales están impecables. Abrió con Velocidad y pasó por Como tu ninguna, Que viva el amor, Por si vuelves, Títere, una potente versión de El buen perdedor (de Franco De Vita), y unos enganchados rockeros que incluyeron a Ana (GIT), Amor descartable (Virus) y Tirá para arriba (Zas). Tambien tuvo la responsabilidad de cantar 25 rosas, dado que el Toro Quevedo no fue de la partida (como así tampoco el Turco Julio ni Sebastián, lo cual fue una lástima).

El Negro Videla apareció elegante, con un saco celeste y camisa floreada, y de la misma forma cantó, con esa manera tan suya y única. Señora, Como un lobo en celo, Tú me quemas, Violeta (con explosión de papelitos de colores incluida) y Al olvido, borrón y cuenta nueva, fueron algunas de las canciones que interpretó. El toque de color en este segmento lo pusieron los invitados. Primero, con la "pasada a saludar" de Carlitos La Mona Jiménez (con quien cantó Don Goyo), y después con dos de los fundadores del grupo: el gran Hugo "Huesito" Terragni en violín y Alberto Pizzichini en acordeón, para traer algo del sonido de cuarteto característico.

Cuando el cuerpo ya empezaba a acusar recibo de la paliza danzarina que se le estaba propinando, llegó el Rey Pelusa para obligar a gastar el tanque de reserva. Empezó con Esa mujer ocupará el primer lugar, dejando bien en claro por qué es un capo de la interpretación en el cuarteto romántico y sentido. Rompamos el contrato, Una lágrima no basta, Nostalgioso corazón y 5 centavitos fueron algunas de las canciones que le allanaron el camino a La copa rota, su himno personal, para cerrar su parte.

Había, eso sí, un clásico de Chébere que aún nadie había entonado. Y por eso Fuiste mía en septiembre fue la canción oportuna para congregar a todas las voces juntas y cerrar una noche inolvidable. Los fuegos de artificio le dieron el marco grandilocuente que el final se merecía, y la lenta procesión de los recuerdos volvía satisfecha tras una noche con lo mejor de Chébere.

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