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Camina sin cesar, las diferentes historias que rodean "El Oso" de Alberto Barral

El Oso Polar caminó más que “El Oso” de Moris pero por ahora está quieto, en el Caraffa. Aquí, un intento por contar una historia que se resiste a tener una sola versión.

“Estaba embalado en madera y los que lo bajaron del camión no sabían qué había adentro de esa caja que pesaba muchísimo. Algunos días pasaron y gente de lo que era El Pocito se fue llevando la madera, habrá sido para hacer fuego... ahí fue que apareció el Oso, a medida que sacaban las maderas del embalaje...”, relata Consuelo Barral, viuda de Alberto Barral, el escultor que talló el Oso Polar, estatua que ha caminado una ciudad como ninguna otra lo ha hecho jamás. 

Cómo llegó el Oso a ese lugar, es historia que refiere Efraín Bischoff en su Historia de los Barrios de Córdoba, donde sitúa este momento en la jornada del 16 de septiembre de 1955, días de la llamada Revolución Libertadora, que destituyó al General Perón de la presidencia. Según esta versión, el Oso iba embalado en un camión municipal que, al pasar por donde hoy está la ex Plaza Vélez Sársfield, fue interceptado por manifestantes, que bajaron la pesada carga y la dejaron en la plazoleta, sin saber qué llevaba en su interior.

Voz más autorizada que Consuelo no podemos encontrar, a la hora de tratar de reconstruir la historia del Oso Polar destinado al Puente Antártida Argentina, nombrado así en 1949, por el intendente José D. Posada. 

Tras la decisión oficial, llegó el encargue a Barral, que hizo traer un bloque de mármol grande (todas las fuentes consultadas dicen que la mole vino de Los Gigantes) y lo mandó a instalar al pie del Coniferal del Parque Sarmiento. Allí, a la vista de todos y bajo un toldo que improvisaron sus alumnos, Barral se pasó nueve meses tallando el plantígrado y su pescado, bajo la mirada de los cordobeses.

Finalizada la obra, alguien advirtió que no hay osos polares en la Antártida y que instalarlo en el puente iba a ser un papelón. Entonces, comenzó la leyenda de una estatua que ha caminado y se ha detenido en tantos lugares, como para que la memoria colectiva pueda ubicarlo en un sitio determinado. Hasta hubo una idea de convertirlo en una estatua itinerante, proyecto que parece trasnochado, pero que ha sido tenido en cuenta, según pudimos averiguar.

Más preguntamos, más consultamos y más coincidimos con Vicente Trucco, el último en recuperar al Oso de las secuelas del vandalismo que lo ha perseguido en muchas ocasiones. Dice Vicente, que la del oso es una historia colectiva. No le ha errado.

Unos dicen que lo han visto en la ex Plaza General Paz y en la Plaza Alberdi de barrio General Paz. Es más fresco para otros el recuerdo de verlo en la avenida Vélez Sársfield, en la explanada verde de la escuela Olmos, y luego cruzando la calle, en la ex Plaza Vélez Sársfield. En el nuevo siglo lo mudaron al Rosedal del Parque Sarmiento y en los últimos años le sigue hincando el diente a su pescado, a los pies del museo Caraffa. El trayecto de este Oso sólo se puede decir en cordobés: fue un vueltón. 

Pero la diversidad de recuerdos colectivos del oso no se limita a su ubicación geográfica: hay quienes lo vieron de rosa, otros afirman que lo vieron pintado de violeta, le han escrito “Depeche Mode” y también “puto”. Porque boludos hay en todas partes, pero en Córdoba se llaman boludazos.

Es una historia particular de Córdoba, una leyenda que se amasa de manera colectiva y que presenta una difícil reconstrucción de archivos, porque la historia se vuelve imprecisa desde su origen mismo. Para dar un ejemplo, la placa de bronce que lo nombra el Oso Polar tiene como data un “circa 1954/55”, que no nos aporta mucho y que habla de ciertas desprolijidades crónicas de las administraciones municipales. 

Entre lo que sabemos, lo que no sabemos y los recuerdos enriquecidos por la imaginación popular, fue que intentamos esbozar una historia del Oso Polar cordobés. Advertencia para lectores del futuro y para aquel que ante el centenario de su aparición trate de reconstruir el recorrido de esta estatua de carácter cordobés: el Oso no tiene historia oficial ya que ni se recuerda que haya tenido una inauguración por parte de la Municipalidad. Es más, el Oso es propiedad municipal pero hoy se luce en el jardín del Caraffa, de gestión provincial. La situación actual requiere de algún convenio entre Municipio y Provincia, entiende Consuelo ya que “el Oso es propiedad de la Municipalidad de Córdoba”, señala.

Mientras tanto, el siglo sigue creciendo y aunque el Oso parece estar cómodo en su nuevo asentamiento, a nadie se le ocurre dónde lo podríamos encontrar en el futuro. 

Uno de los que lo tiene resuelto es el artista plástico Nicolás Zuriaga en su serie Córdoba Apocalíptica, en la que el Oso sigue al pie del Caraffa, en un futuro en el que la Humanidad ya no está y la vegetación se ha adueñado de la ciudad y sus monumentos.

Otros, que no la tenemos tan clara, desearíamos tener la máquina del tiempo y regresar dentro de algunos cientos de años, a sentarnos a escuchar qué dirán los cordobeses de los siglos venideros sobre este Oso que se resiste a tener una única historia.

Lo que dirán es todo un misterio, pero seguro que nos va a despertar más de una sonrisa. Seguramente no faltará el que asegure haberlo visto en tal o cual esquina con la firme convicción de la memoria, o pintado de vaya a saber de qué color. Ya lo sabemos, boludos habrá siempre. Por suerte, el Oso, los perdonará y seguirá mirando a esos locos cordobeses, con la misma infinita paciencia con la que lo viene haciendo desde aquella vez que asomó entre las maderas de su embalaje.

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