Policiales

Las secuelas familiares que deja un conductor huidizo

Silvana Aguirre, madre de cinco nenas, fue atropellada en septiembre pasado por un Peugeot 504 sobre Rafael Núñez. El responsable se entregó tres días después. La mujer está postrada por una hipoxia cerebral que dejó a una familia en el desamparo. Ella era el único sostén.

La última vez que Silvana y Sergio hablaron, ella tenía fracturas de tibia y peroné, fémur, tres costillas, omóplato, clavícula, húmero, cráneo, la pelvis partida en cinco pedazos y los pulmones estallados.

Igual, estaba lúcida.

–Cuidá a nuestras nenas.
–Las vas a cuidar vos cuando salgas, no exageres… ¡¿Qué te pasó?!
–Me atropelló un viejo en un auto blanco. Me pasó por encima… no siento el cuerpo. Lo acompañaba un pendejo que tomaba cerveza. Ni siquiera frenaron.

Después, Silvana Aguirre fue ingresada en el shock room del Hospital de Urgencias y ya no habría diálogo posible –al menos hasta hoy–.

Hipoxia cerebral se llama lo que le produjo una discapacidad motriz lacerante: la falta de oxígeno en el cerebro ante la imposibilidad de respirar adecuadamente con los pulmones reventados.

“A veces mueve los labios como si quisiera hablar. Larga unos sonidos que parecen intentos de palabras, pero no. La motricidad y el habla están destrozadas desde que la atropellaron. La veo, ella me ve, pero no sé si está consciente de que soy su marido, de que las nenas que la rodean son sus hijas –dirá Sergio Muñoz, el marido de Silvana, en la puerta del Centro Argentino Cubano de rehabilitación, en barrio General Paz–. Digo que no sé porque los médicos me dan dicho tantos diagnósticos distintos… Unos dicen que está en estado vegetativo, sin esperanzas, y otros que se va a recuperar… ¿Qué me queda por creer?”.

Poco antes, invitó al periodista a pasar a la sala para “conocer” a Silvana. Ella estaba como Sergio contó que estaría: postrada, seca, con la mirada dura. La acompañaba una de sus hijas. El periodista se sintió un intruso y se fue.

Ya en un bar, Sergio contó que la situación lo estaba superando: “Creí que iba a poder, pero no puedo. La estoy pasando mal. Te puedo decir, si querés, que voy a salir adelante, pero eso es sólo un decir”.

El inicio. El nombre Silvana Aguirre (35) tuvo su “pico” mediático en septiembre del año pasado, cuando la mujer conducía su motocicleta y fue atropellada por un Peugeot 504 blanco sobre avenida Rafael Núñez al 4000. Según la Instrucción, lo conducía Edgar Hernán Peralta (28). La indignación social se condimentó con detalles contrapuestos de los involucrados en el choque: Aguirre, único sustento de cinco hijas, se dirigía a un geriátrico a cuidar a una anciana; Peralta, presuntamente a excesiva velocidad, derribó a la mujer, la arrastró 60 metros y escapó hacia Villa Allende. No hubo marcas de freno.

Accidentología Vial le puso la soga al cuello y Peralta se entregó tres días después en la Justicia. El Peugeot, con roturas y marcas de impacto, fue hallado escondido bajo una lona en una casa de Villa Allende.

La fiscal del Distrito 4, Turno 4, Liliana Copello, imputó a Peralta por “lesiones dolosas graves”, y lo envió a Bouwer, donde se encuentra todavía, a la espera de que la Cámara de Acusación confirme o modifique la imputación.

En caso de lo primero, la fiscal elevará la causa a juicio y Peralta afrontará la posibilidad de una pena elevada. No fue el choque en sí la acción que tuvo en cuenta Copello para imputarlo; sino el hecho de que Peralta arrastró a la mujer más de media cuadra y, pese a ello, no habría pisado el freno.

La Instrucción determinó que Peralta iba solo en ese vehículo. Silvana, antes de perder el habla, le aseguró a su marido que Peralta era el acompañante y que un hombre mayor iba al volante.

Interminable. Medio año, ¿es mucho o poco tiempo? Para la familia de Silvana, seguramente es una enormidad. Más si a la pérdida física –el hueco que queda con la ausencia cotidiana– se le cuelgan imposibilidades económicas y preocupaciones afectivas: “El tipo que me la atropelló me sacó el orgullo de ser padre –dirá Sergio Muñoz–. Nosotros somos de Villa Urquiza. Si antes, con Silvana, ganábamos lo justo, ¿qué me queda hoy, con ella postrada y yo sin ninguna posibilidad de tener un trabajo fijo? ¿Quién me va a querer contratar si estoy obligado a faltar casi toda la semana para acompañar a mi mujer en la clínica y a mis hijas en casa?”.

Cinco hijas tiene la pareja –Melania (16), Aldana (14), Maira (13), Milagros (10), Antonella (4)–, pero no todas nacieron de Silvana: una de ellas fue adoptada cuando tenía 6 años. Silvana, por entonces moza de un bar de la Peatonal, la veía repartir tarjetitas a ruego de monedas y un día le ofreció ser su mamá. La nena aceptó. La verdadera madre también. A falta de recursos, la pequeña y sus hermanas de opción suelen concurrir a “La Casita del Sol”, un comedor comunitario con apoyo escolar en el barrio donde viven.

“Mis nenas empezaron este año la escuela dos semanas más tarde. Por eso decía que me quitaron el orgullo de padre, porque ni un cuaderno les puedo comprar –dirá– Sergio Muñoz-. En seis meses, no falté un solo día al Hospital de Urgencias o a las clínicas donde estuvo mi esposa. La única vez que no la acompañé fue porque no tenía cuatro pesos para cospeles”.

El futuro, incierto. Hoy, cuando puede, Sergio Muñoz arrebata alguna changa, pero no siempre fue así: por mucho tiempo se dedicó a armar casas prefabricadas. Silvana, por su parte, atendió bares y bares hasta que un día se enteró de que en una clínica céntrica buscaban gente para cuidar a ancianos. Se presentó. Quedó seleccionada.

Al igual que con su hija adoptada, se encariñó rápidamente con Porota, una abuela que luego la contrató para que la cuidara en un geriátrico del Cerro de las Rosas. Así la cosa, todas las mañanas: desayuno con mate y luego subirse en la motocicleta rumbo al geriátrico.

Días antes del 10 de septiembre de 2011, una pared prefabricada se derrumbó sobre Sergio y le fracturó la pierna izquierda.

Con un sueldo menos, Silvana se las vio como malabarista para que no se le desmoronara la familia.

Ella no contó con que, durante ese balanceo de pobreza, un Peugeot la arrastraría más de media cuadra y la dejaría con la mitad del cuerpo quebrado. Mantuvo su lucidez hasta que no hubo oxígeno posible en los pulmones y la cabeza dijo basta. En esos minutos habló con Sergio de sus niñas. Cuando despertó de los sedantes, un mes después de ser arrollada, la hipoxia había hecho lo suyo y Silvana ya era una discapacitada.

“Por ahora, la mutual me cubre parte de la rehabilitación. Como no tengo para pagar la otra parte, la clínica me hizo una atención y no me la cobró por el momento, pero… ¿hasta cuándo? No tengo ni siquiera para pagar a un abogado para ir como querellante contra Peralta. Y a veces, ni siquiera para comprar medicamentos; los médicos de la clínica me los recetan y yo guardo esas recetas sin poder hacer nada –dirá Sergio Muñoz–. Con Silvana nos casamos jovencitos, a los 18; ahora casi que llevamos esa cantidad de tiempo juntos, pero remontar esta situación solo es lo más difícil que me ha tocado”.

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Solidaridad. 
Quien desee colaborar con la familia de Silvana Aguirre, puede comunicarse con Sergio al celular 157- 179465 o bien aportar dinero en la siguiente cuenta del Banco de Córdoba: 306569-05, sucursal 913.

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“Pegame si querés”

Poco después del choque, mientras Silvana agonizaba y Peralta lideraba momentáneamente el podio de los detestados sociales por su huida, la concubina del conductor se presentó en el Hospital de Urgencias para acompañar Sergio Muñoz en ese espinoso momento. Así lo recuerda Sergio:

“Llegó al hospital y me dijo ‘pegame si querés’. Yo la miré y le dije que ella no tenía nada que ver con lo que le había pasado a Silvana, pero que ella sabía tan bien como yo que Peralta no iba solo en el Peugeot; que iba acompañado. Ella lo reconoció: dijo que no sabía adónde se había metido la otra persona, pero que debía entregarse pronto. Esa persona era, supuestamente, ese hombre mayor que vio Silvana –dirá Sergio Muñoz–. Al tiempo, esta mujer me llamó por teléfono y cambió el discurso: me dijo que Peralta iba solo en el auto. Entonces le dije que no me hablara nunca más; que valoraba su gesto de haberse acercado en ese momento, pero que no quería hablar más con alguien que me mentía”.

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El texto original de este artículo fue publicado el 01/04/2012 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición digital para leerlo igual que en el papel.
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