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Policiales

A Fernando "Güere" Pellico lo asesinaron policías

La Cámara Octava del Crimen condenó a perpetua a los dos uniformados juzgados por balear en la nuca al joven en Los Boulevares. Conmoción en la sala y la calle

Soledad Pellico, tía de "Güere", lloraba con la cabeza baja y una estampita del cura Brochero arrugada en sus dedos. La doblaba, la estiraba, la doblaba. "Es una cuestión de fe", dijo al pasar después, cuando ya había terminado todo. Y se fue a seguir llorando a un rincón del pasillo de Tribunales. 

A sus espaldas, un policía cerraba con llave la puerta de la Cámara Octava del Crimen. Acababa de terminar el juicio por un crimen que para mucha gente representa en Córdoba un ícono de la violencia institucional: la muerte de Fernando "Güere" Pellico (18), cuando volvía a su casa en barrio Los Boulevares, a mediados del año 2014, terminó este martes con la condena a prisión perpetua de los dos policías que le dispararon por la espalda.

Llorando, también, despidieron sus familiares al agente Lucas Chávez y al sargento primero Rubén Leiva, antes de que los subieran al camión que los llevará por siempre a Bouwer. 

No fue fácil lo que se vivió en la sala, el pasillo o la vereda, donde se agolparon organizaciones sociales y barriales que acompañan a las víctimas del "gatillo fácil" en Córdoba. Todo tan espeso como lo ocurrido aquella noche del 25 de julio de 2014, cuando Pellico y su primo Maximiliano Peralta volvían de comprar bebidas y pasaron al lado de un patrullero que, según quedó demostrado en el proceso, iba sin balizas ni sirena.

El conductor del patrullero giró en "U" y salió tras los motociclistas, que sin sospechar nada raro tomaron un camino lateral que conduce a la casa de sus familiares. Leiva era el jefe de la unidad; Chávez bajó, levantó el arma en dirección a los jóvenes y apretó varias veces el gatillo.

Uno de los proyectiles se incrustó en la pierna derecha del acompañante Peralta, quien tambaleó y cayó. "Güere" siguió unos metros y cayó agonizante con un disparo en la nuca. 

"La camioneta no dio aviso de que teníamos que parar, ni voz de alto ni nada. Cuando ya habíamos hecho 10 ó 20 metros y habíamos entrado en el campo de mi abuelo, escuchamos la frenada de la Policía y seguidamente los disparos", declaró Maxi Peralta. 

"Primero escucho un disparo que me pasó por el lado derecho de mi cabeza. Escuché el silbido e inmediatamente recibí un impacto y caí de la moto. Entonces mi primo siguió manejando y ahí recibió otro impacto cuando ya estábamos a 10 metros de la casa, dentro del sitio alambrado", rememoró. 

Su testimonio fue contundente. Pero faltaba más.

La madre de Pellico (izquierda) recibe la contención de sus familiares (ElDoce.tv).

"Plantar" el fierro. Claudio Flores comía un asado la noche del crimen cuando se acercaron Chávez y Leiva. Estaban en un taller mecánico en Los Boulevares, cerca de donde "Güere" yacía muerto.

Los policías tocaron la puerta y un hombre les atendió. Luego regresó y se sentó al lado de Flores a seguir comiendo el asado. "Están locos estos, no lo puedo creer", comentó el hombre. Flores lo miró sin entender y preguntó qué había pasado. "Estos (los policías) me pidieron un fierro, porque bajaron a uno en Los Boulevares y querían 'ponérselo' al muerto". 

Para el fiscal Hugo Almirón, quien en su alegato sostuvo que la sociedad no necesita de "malos policías" y pidió "que no haya más Pellicos", este testimonio fue quizá el más acabado de que "Güere" fue ejecutado y de que los policías intentaron simular un enfrentamiento. 

El juicio incluso estuvo plagado de "manotazos de ahogado" de los acusados, quienes insistieron en un supuesto tiroteo y uno de ellos (Leiva) llegó a culpar al otro (Chávez) de ser el único responsable del crimen. Lo hizo en un relato plagado de contradicciones y dudas, y el fiscal Almirón lo tomó en cuenta a la hora de pedir que ambos sean sentenciados a la pena máxima por homicidio calificado doblemente agravado. 

La versión policial inicial fue defendida públicamente por el entonces jefe de la Policía, Julio César Suárez, quien adujo que existía una "delgada línea" entre el accionar legítimo de los policías y el "gatillo fácil". El mandamás insistió en el tiroteo, incluso cuando la Justicia ya dudaba seriamente de esa versión, y fue procesado por "coacción" por amenazar al periodista Dante Leguizamón, que denunció los "aprietes" de la Policía en el barrio de "Güere".