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Policiales

El día que Laguna Larga fue “zona de guerra"

20 años atrás, un 5 de mayo de 1997, una banda copó la comisaría del pueblo para asaltar el Banco Nación. Iba a ser el robo del siglo, y una serie de eventos casuales lo impidieron.

Lo que pasó realmente en Laguna Larga hace 20 años no se conocerá jamás. Hubo una decisión, quizá política, de no investigar. Así que de aquel violento copamiento de la comisaría y del frustrado robo a la sucursal del Banco Nación, con la toma de 20 rehenes y un tiroteo de más de 15 minutos, sólo tendremos retazos.

El 4 de mayo de 1997, sobre el filo de la medianoche, el sargento ayudante Juan Dómine supo que un grupo comando asaltaría un banco en alguna de las localidades ubicadas a la vera de la ruta 9 sur, entre Río Segundo y Oliva. Minutos después, los policías de la Brigada Civil recibían la orden: a las 4.30 deberían partir en distintos vehículos sin identificación hacia las coordenadas aportadas por el datero anónimo.

El buchón había sido parte de la banda que durante meses planificó el asalto comando, pero a último momento quedó afuera del golpe, y por eso recurrió al sargento ayudante Dómine, un jefe policial en las sombras, el mismo que podía desayunar con referentes de la política cordobesa de fines de los 90, almorzar con los popes del sindicalismo peronista y cenar con lo más ruin del hampa local: ahí, en esa ductilidad, estaba su poder.

Lo cierto es que en dos motos 250 cc y varios autos, los policías de civil partieron a eso de las 4.30 hacia la zona “batida”, con pistolas, escopetas recortadas y metralletas entre las ropas y chalecos antibala. Llegaron a Laguna Larga antes de las 6, cuando (casi) nadie imaginaba lo que iba a pasar en pocos minutos, apenas el sol despuntara.

Pero antes de que los policías partieran desde Córdoba, la banda ya había copado la comisaría, encerrado a los tres uniformados que estaban de guardia y comenzaba a montar la escenografía para el asalto comando al banco: los delincuentes se calzaron los uniformes de los policías capturados y tomaron la comisaría con todo lo plantado en ella: el arsenal, las granadas, el radio y el móvil.

Sólo les quedaba aguantar que llegara la guardia matutina para también capturarla, que el encargado de buscar en la comisaría la llave del banco apareciera por la dependencia, presentarse en el Nación, esperar los 15 minutos que demoraría la cerradura (con retardo) de la caja fuerte en abrirse y llevarse los 700 mil pesos/dólares de la bóveda. Ese era el plan. Osado, cinematográfico y falible.

La comisaría no estaba en el radar de la Brigada Civil. Pero después de dar varias vueltas por el pueblo, dos policías creyeron que la esquina de la dependencia era un buen lugar para comer unas facturas. Nada les llamaba la atención: en el interior del edificio sólo se veían canas y un empleado del Banco Nación.

Entonces, un imprevisto que los delincuentes no soñaron: en un Renault 12 de la Municipalidad de Laguna Larga, dos empleados de la comuna llegaron para radicar una denuncia por merodeo contra ¡los dos policías de civil que estaban en la esquina comiendo facturas! Así, la banda sumó 11 rehenes (ocho policías, el empleado del banco y dos municipales, todos encerrados y con los pies y manos atados con alambre de fardo).

Mientras tanto, el móvil de la comisaría iba y venía hasta el banco, trasladando a los “uniformados” que harían el rol de adicionales.

Fue Alejo Paredes, que llegaría a ser ministro de Seguridad y cuya carrera pública quedaría trunca por (irónicamente) un buchón, quien advirtió un detalle que cambió la historia: un Regatta color “crema” estacionado en el predio de la comisaría sin el precinto de seguridad correspondiente le llamó la atención, por lo que pidió más datos a la Central: era un auto robado. La comisaría estaba copada.

Con Paredes había otros cuatro policías, entre ellos Rafael Sáenz de Tejada, quien recuerda algunos detalles para esta nota. Los cinco se prepararon para entrar.

Minutos antes, y a pocas cuadras, dos delincuentes con los uniformes de los policías capturados se hicieron pasar por adicionales, ingresaron a la sucursal y sumaron nueve rehenes civiles.

Entonces, cargaron en un bolso los 32 mil pesos/dólares de la caja chica y se sentaron a esperar los 15 minutos que demoraría la cerradura electrónica de la bóveda en abrir: allí estaban los 700 mil pesos/dólares, el premio mayor por el que habían desplegado el plan que estaba a punto de naufragar bajo una lluvia de balas.

La balacera. La Brigada Civil puso a la comisaría copada en la mira justo cuando los delincuentes que la habían tomado adivinaron lo que pasaría. Según el relato de los rehenes, José María “el Enano” Teruel (que era el mismo que antes había conducido el móvil policial entre la comisaría y el banco) supo que Paredes y los hombres que esperaban cerca de él eran policías, miró a sus cómplices y dijo “se pudrió todo”.

Entonces, tomó una escopeta y se paró en el ingreso de la comisaría para disparar hacia la vereda de enfrente, tirando una bolsa con granadas dentro del Renault 12. Eran casi las 7 del 5 de mayo de 1997 y Laguna Larga estaba a punto de convertirse en una zona de guerra.

Sáenz de Tejada recuerda que él disparó 60 tiros, y su misión (improvisada, claro) fue impedir que los cinco delincuentes que estaban dentro de la comisaría alcanzaran el R 12 de la Municipalidad de Laguna Larga, donde estaban las granadas con las que los ladrones pretendían cubrir la huida.

No estaría muy lejos de 300 el número de disparos que hicieron los cinco policías. Los ladrones tenían sus propias armas, las ocho pistolas reglamentarias de los rehenes y las escopetas del arsenal de la comisaría.

La presencia de los rehenes fue una espada sobre la cabeza de los policías durante el tiroteo. Sáenz de Tejada recuerda la voz de Carlos Yanicelli (“el Tucán”, jefe de Inteligencia Criminal en esos días y actualmente condenado por delitos de lesa humanidad) a través del handy: “¡Tiren bajo!, ¡tiren bajo!” era la orden. El jefe policial no estaba en Laguna Larga a esa hora, sino que viajaba hacia allí a toda velocidad, buscando la ruta 9 sur. 

Casi en paralelo con el inicio de la histórica balacera, el resto de la brigada, que vigilaba el banco con Juan Dómine a la cabeza, decidía seguir viaje hacia Oliva, creyendo que en Laguna Larga esa mañana no pasaría nada.

Como se recordará, el dato aportado por el buchón no especificaba cuál banco de esas localidades vecinas iba a ser el blanco del asalto del siglo. Pero los estruendos los hicieron volver sobre sus pasos, para llegar justo a la sucursal del Nación. 

Cuando los policías aparecieron en el banco, Gustavo Ramírez y Daniel Héctor López, ambos uniformados, controlaban la situación. Con su pistola en la cabeza del gerente, López se asomó a la vereda y pidió a gritos la presencia del juez, para negociar. El policía Luis Nieto disparó dos veces al aire, mientras que Ricardo Porcel de Peralta se le acercó por detrás a López. Nieto lo encaró con la escopeta, y López, instintivamente, sacó la pistola de la cabeza del rehén para apuntar al policía, sin advertir que Porcel de Peralta lo tenía a tiro... de piña.

La trompada de “el Perro” Porcel de Peralta fue legendaria: López cayó al borde del knock out y el rehén fue liberado. Ramírez, que estaba dentro del banco, bajó el arma y se entregó. Ahí también quedó la bolsa con el dinero. 

Últimos cartuchos. Habían pasado unos 15 minutos desde el primer tiro de “el Enano” Teruel. Con las últimas balas en los cargadores y sin poder treparse al R 12 donde estaban las granadas, los cinco delincuentes que estaban en la comisaría corrieron en distintas direcciones: Jorge Rino Ruarte cayó herido de un balazo; y Hugo Daniel Amoedo, “el Enano” Teruel y Roberto “Manco” Villada se entregaron a los pocos metros, tras intentar cubrirse con unos tiros a cualquier parte.

Pero “Cacho” Alcaraz, con la pistola en la mano, paró un auto, hizo bajar al conductor y escapó hacia el sur. Luego, abandonó el vehículo, regresó a Río Segundo “a dedo”, y se puso a repartir soda, que era su oficio. Esa la tarde, el Eter lo acorraló. Al salir de la cárcel, Cacho cambiaría de rubro al tomar “el camino fácil” que toman los ladrones: se volvería narco.

Cuando revisaron los bolsillos de uno de los detenidos, apareció un papelito clave: ahí estaban nombres y horarios de los policías que habían sido tomados de rehenes en la comisaría. “Nos vamos al libro de guardia para cotejar la letra y era igual a la de un policía que estaba de licencia en esos días”, dice Sáenz de Tejada. Aquel agente fue detenido esa misma tarde. “Cuando lo traslado, me dice que entregó la comisaría porque le habían prometido 10 mil pesos”, recuerda el policía que reconstruye parte del tiroteo para Día a Día.

La banda fue a juicio, y resultó condenada por delitos federales y provinciales. Se comprobó en ambas instancias que siguieron un plan ordenado: copar la comisaría para robar el banco. Como no hubo una investigación posterior, no se pudo confirmar si (como había dicho el “buchón”) la banda estaba integrada por 15 personas, y que el plan completo era asaltar dos bancos. Tampoco se pudo saber si entre quienes fueron detenidos estaba el jefe de la organización.

Algunos protagonistas. En julio de 2001, la Justicia Federal procesó a cinco policías de la Brigada Civil por la desaparición del bolso donde, aparentemente, los delincuentes habían guardado los 32 mil pesos/dólares. Se apuntó contra Luis Alejandro Nieto como el autor del hurto, y la Justicia Federal pidió su juicio. En 2004 pasó a retiro con el rango de comisario, es decir que siguió ascendiendo en la fuerza. La plata jamás apareció y él siempre dijo ser inocente.

El exjefe de Inteligencia Criminal Carlos “el Tucán” Yanicelli está detenido y acumula varias cadenas perpetua por sus delitos de lesa humanidad durante la dictadura.

El sargento Juan Dómine murió a los 53 años en un accidente en 2011, cuando se descompensó al volante en Colón y Jujuy.

Alejo Paredes fue jefe de Policía y ministro de Seguridad, cargo al que renunció en 2013 tras el impacto por la aparición mediática de el buchón Juan “el Francés” Viarnes

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