Policiales

Cuidar a la nena

Juan mató a Yohana, su ex novia, delante de Morena, la beba de ambos. Desde el crimen, la nena quedó al cuidado de la familia materna, en Toledo. Pero ahora empezó la disputa por la guarda. Encerrado, Juan quiere que la nena se vaya a vivir con sus padres, en Jujuy.

Lo último que Yohana supo de él es que amenazó con llevarse a su hija a Jujuy. Y eso la asustó más. 

Esta es la historia de una joven mamá que tenía miedo y de una nena que el 13 de setiembre de 2011, a sus 2 años, fue testigo de ese miedo.

“Yo estaba haciendo un dibujo cuando papá agarró a mamá”, dirá la niña a su psicóloga. Luego agarrará un cuchillito de plástico de su cocina de juguete y se raspará las puntas de los dedos, como papá hizo después de hundir el cuchillo Tramontina tantas veces en mamá.


Es una siesta de luz opaca en la localidad cordobesa de Toledo, en el departamento Santa María. El escenario del relato es la cocina de la familia Salguero. Una mamá, doña Rosa, y dos hermanas, Verónica y Paola, serán la memoria de Yohana. El papá, don Rubén, es camionero y en este momento (en aquel momento) maneja un vehículo cargado con cereales camino a Jesús María. Las otras dos hermanas, Marisol y Analía, viven lejos.


Las que están se preparan para hablar por primera vez sobre la que ya no está más.


Llega Morena. De modo que Yohana dejó el secundario cuando quedó embarazada. Era una niña de 15 años con una niña en el vientre. Tal vez sus padres, Olga y Rubén, se sintieron un tanto mayores al enterarse de la noticia de que Yohana, la menor de las cinco, la benjamina que seguía a Analía, Paola, Verónica y Marisol, también los haría abuelos. Dice Olga:

–Cinco hijas y ocho nietos tengo. Ningún varón. Y como no tuve varones, aprendí a querer tanto a mis yernos. Les cocinaba sus platos preferidos y hasta les lavaba las prendas íntimas. Pero siempre les advertía lo mismo: ni se les ocurra levantarle la mano a mis nenas. Y Juan Fernández me decía no, doña Olga, cómo se le ocurre que yo puedo hacer algo así.


Juan Fernández era dos años mayor que Yohana y compartía grado con Marisol Salguero.


Dice Verónica:

–Era de esos que están callados todo el día, observadores, que nunca sabés lo que están pensando. Por ejemplo, todos se juntaban en un rincón a charlar y él se quedaba mirando de afuera. Nosotras lo queríamos.

Así las cosas, Juan Fernández intercambió mensajes de texto con la menor de los Salguero y poco después ella quedó embarazada de Morena.

A qué padres no les gustaría un yerno con la constancia de Juan: un muchacho que había venido de Jujuy porque, decía, había que aprovechar la sapiencia universitaria y formarse en el claustro cordobés. Como buen hijo de catequistas, se refugiaba de las tentaciones en un cuarto enrarecido con semejante cantidad de santos. Era su búnker contra Satán.

Otra vez Olga:

–Parece chiste, pero eso fue lo que me dijo su madre a la hora de justificar el asesinato: a mi hijo se le metió Satán en el cuerpo y por eso agarró el cuchillo, me dijo.

La joven parejita se mudó a Toledo, a la casa de los abuelos maternos, y allí esperó la llegada de Morena.


La guarda (I). El diablo sí hizo de las suyas y Juan Fernández, hoy de 22 años, está preso en Bouwer acusado de degollar, acuchillar y golpear a Yohana en setiembre del año pasado. Eso es barrotes adentro.

Afuera, lejos de prisión, la familia Salguero intenta dar todo por Morena: guardería, alimentación y psicóloga son prioridad para esta nena que a veces pregunta por qué su mamá no baja de una vez de esa estrella alta para ponerle su prensita en el pelo. Quien compare las fotografías de Yohana y Morena entenderá a los Salguero cuando dicen que nena y mujer son una sola, dígame usted si no.

Ocurrió que desde lo hondo de la celda llegó el pedido del asesino para ver a su hija en la cárcel. El pedido llegó, es cierto, pero rebotó en una jueza que sólo se hace eco de las solicitudes cuerdas (no faltará, es cierto, quien acuse a la Justicia de discriminar los reclamos insensatos). 

Dice Victoria Verduna, la abogada de los Salguero:
–Claro, el padre de Morena pidió verla pero la jueza entendió que la cárcel no es un lugar propicio para una nena. Y fue tajante: antes que el derecho de padre del acusado, está el derecho de salubridad de la niña. Pero paralelamente debimos hacer todos los trámites para la guarda de Morena, que nació en Toledo y sigue en Toledo. Tan cuidada está con los abuelos maternos, que ni siquiera hizo falta una asistente social.

El padre de Morena contraatacaría pronto con sus “condiciones” sobre con qué familia debería quedar la nena. Aunque, ya sin el amparo de sus santos, el contraataque también tendría jirones de insensatez.


Mientras tanto, los padres del homicida viajaron varios fines de semana a Córdoba para visitar a Morena. Doña Olga sacaba sillas al patio y los ex consuegros, por el bien de la nena, debían soportar ese espacio tirante. Fue en una de esas visitas cuando mamá Fernández se sobrepasó al decirle a doña Olga que cómo podía ser que sus hijas hubiesen abandonado el secundario, si lo más importante en esta vida, después del nombre de Dios, es tener un título y licenciarse en padre de familia. La dueña de casa se acomodó los lentes y cacheteó más fuerte:


–Dígame, señora, ¿de qué cree que se recibió su hijo en el momento en que apuñaló a mi hija? ¿Qué título le cabe a lo que hizo?


Lo incomprensible. Paola Salguero es, de las cinco hermanas Salguero, la que siempre dijo las cosas de frente. Es, también, la que se tuvo que hacer cargo de todo la noche en que le avisaron por teléfono que algo malo le había pasado a Yohana. Y la que se juró no llorar porque era mejor concentrar la energía en proteger a Morena por sobre todas las cosas.

Cuenta esto en la cocina de sus padres, en Toledo, y dice que se va a mantener firme.


Entonces sí, llora.


Los Salguero fueron invadidos por periodistas aquella madrugada del 14 de septiembre, pero ninguno quiso hablar: ya se dijo más arriba que la energía de la familia estaba concentrada en Morena. La nena debía ser resguardada de ese hueco de mamá apuñalada que lentamente va rellenándose con padecimiento, y que terminará por llegar al tope cuando ella tenga la edad para razonarlo.


Quien habla ahora es la voz de la hermana que siempre va de frente.


Dice Paola:

–No puedo entender por qué mi hermana no me dijo jamás que tenía tanto temor de Juan. Si nosotras nos contábamos todo. Mi papá organizaba actividades para que estuviéramos en conjunto. Nosotras nos decíamos seguido que nos amábamos, pero hubo un… digo, fue distinta la forma en que ella me dijo que me amaba la última vez que nos vimos. Fue un “Te amo, perrita”, y yo le dije bueno, lo sé, ¿pero te pasó algo? Me dijo no, nada, y se fue, y vos decime cómo iba a saber yo que eso era una especie de despedida.

Ver a Paola decir “despedida” es darse cuenta de que no mienten las hermanas cuando se reconocen como una fortaleza afectiva.


Verónica está a su espalda y se le ponen colorados esos ojos redondos pero ella no tiene tiempo porque su nenito entra corriendo y se le sube entre las piernas. En el movimiento se le sale parte del pañal. Y es entonces cuando ocurre: en una mesa donde cinco adultos hablan sobre la muerte, asoma su cara un niño al que le bastan las piernas de la madre para sentirse completo. Los adultos callan y el nene sonríe. Luego se sacude y corre a una de las habitaciones. Si ese silencio pudiera palparse, tendría la forma de lo estúpidamente incomprensible, porque ¿de qué otra manera puede interpretarse una ausencia?


La guarda (II). Hablábamos antes de jirones de insensatez. Pues bien, desde la cárcel llegó la “condición” de Juan Fernández sobre la guarda de Morena: dijo, a través de la boca de su abogado, que solamente aceptará una tenencia compartida. Esto es: 15 días en Toledo y 15 días en Jujuy, donde viven los catequistas abuelos paternos. El reclamo del asesino fue a contramano de la cotidianidad de una niña que nació hace 3 años y medio en Toledo, tiene su piecita en Toledo, va a la guardería en Toledo, su libreta social y DNI dicen “Toledo” y que no tiene la fuerza física ni el razonamiento para escindirse entre dos provincias.

Si suena imparcial, es porque sí lo es. A veces las cosas no necesitan mayores explicaciones.


De todas maneras, el pedido del padre es el pedido del padre y la disputa por la guarda llegó a la Justicia de Río Segundo, que dispondrá si la nena sube o no a un colectivo de larga distancia cada 15 días.


Vuelve la abogada Verduna:

–Por supuesto que nosotros rechazamos ese pedido por considerarlo fuera de cualquier razonamiento. Lo más llamativo es que, en la causa, hay al menos 10 fojas (en términos comunes equivale a una descomunal cantidad de papeles) con sellos del Arzobispado de Jujuy que avala a los Fernández como una buena familia que va a misa todos los domingos. Con respeto lo digo, ¿acaso eso garantiza que alguien está capacitado para criar a una nena? ¿Es decir que los Salguero, que perdieron a una hija, que se encargan de Morena desde la noche misma del homicidio, no son lo suficientemente capaces porque no van a misa? Es impresionante cómo los Fernández apuntan a diferenciarse cultural y socialmente para justificar su pedido. Pero no mencionan que el asesino salió de ese entorno familiar.

Martes 13. Yohana quedó embarazada y se mudó a Toledo con Juan. Nació Morena, al cabo de un tiempo se separaron y él volvió a Córdoba. Luego, a Jujuy: pidió las equivalencias de las materias del profesorado en Educación Física para continuar con la carrera en la provincia del norte. La pareja ya era una ex pareja y Yohana empezó a verse con Diego, un muchacho que trabajaba en el Aeropuerto Ambrosio Taravella. Quién iba a pensar que Juan hablaba en serio aquella vez en que abrazó llorando a su ex suegra y le dijo doña Olga no lo tome a mal, pero si su hija no es mía, no será de nadie.

O a lo mejor Yohana sí creía que Juan hablaba en serio, y por eso, cada vez que tenía que juntarse con él, llamaba a Diego o a algún amigo y escondía entre sus ropas el celular prendido, cosa que desde el otro lado hubiera ayuda en caso de que el encuentro se pusiera áspero.


El martes 13 de septiembre, Juan Fernández regresó de Jujuy, pasó por Toledo y aprovechó que Yohana estaba trabajando para llevarse por unas horas a la nena al departamento de su hermano, en calle Caseros al 200, pleno centro cordobés. Tenía previsto regresar a su provincia en las horas siguientes.


Al anochecer, Yohana llamó a Diego, escondió el celular prendido y tocó el timbre del departamento. Le pidió a Juan que bajara a la nena, pero él le respondió abriéndole desde el portero para que ella subiera. Ella insistió y él, también. Ella subió. Diego tenía la mirada puesta en su trabajo en el Aeropuerto y los oídos en el celular.


Lo último que escuchó fue a las 20.33.


No, Juan, no, dijo ella.


Después ya no hubo más.


Mientras aceleraba rumbo al centro, Diego llamó a la Policía.


El último mensaje de texto que Juan Fernández escribió fue a eso de las 21 y tuvo como destinatario a doña Olga. Le respondía que su hija ya se había ido del departamento y que había dejado allí a Morena. Doña Olga no le creyó y a las 21.10 le puso “Dale, Juan, no la hagas más difícil”. Pero Juan sí la había hecho difícil: Yohana llevaba 37 minutos muerta.


Morena lo vio todo: luego diría “papá acostó a mamá en la cama”.


Diego se cruzó con Juan en la puerta del departamento. El asesino intentó resistirse, pero Diego venía con refuerzos.


La primera en enterarse fue Paola, que vive en la Capital. Le adelantaron que su hermana estaba mal y luego que estaba muerta. Ella entró corriendo y un policía la paró en seco: “Flaca, vas a tener que ser fuerte porque no tenés que olvidar que acá está tu sobrina y ahora no tiene a nadie”. Paola se prometió no llorar esa noche. Alzó a la niña y salió. La salud de Morena estaba por encima.

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El texto original de este artículo fue publicado el 29/07/2012 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición digital para leerlo igual que en el papel.
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