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Catamarca: dramático relato de un sobreviviente del alud que perdió a toda su familia

En primera persona, Gerónimo Ahumada contó el momento en que el alud lo arrastró a él, su esposa e hijas, quienes murieron.

Así quedó la casa donde Gerónimo intentó refugiar a su familia.

Así quedó la casa donde Gerónimo intentó refugiar a su familia.

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  • 30/01/2014 00:00

    Por Redacción Día a Día

    Gerónimo Ahumada, el único sobreviviente de su familia, contó en primera persona la dramática llegada del alud a El Rodeo, donde estaba de vacaciones, el desesperado intento por salvar a su esposa y sus pequeñas hijas y el triste final que le trajo el barro. Lo que sigue es una síntesis de su relato:

    Habrán sido las 11 de la noche, entonces salgo de bañarme, y les digo "me voy a la carpa a cambiarme y vengo, y vemos qué hacemos, si nos vamos a verlo a Abel Pintos, o nos vamos a hacer algo a la villa, o nos vamos a dormir a la carpa".

    Se cortó la luz de vuelta, todos se asustaron y ya se había cortado el agua. Caían rayos cerca pero agua no como para decir que va a caer una tormenta, y se veía que para el cerro era la cosa. Entonces me voy a la carpa, las dejo seguras dándoles todas las indicaciones, de paso fui a buscar una linterna.

    Cuando entro en la carpa y busco la linterna, vuelco sin querer un paquete de yerba. Mientras estaba juntando la yerba, noto que empiezo a vibrar el suelo. Pero vibraba como loco, parecía un temblor, eso parecía un temblor, un sismo y cada vez más fuerte. Yo por instinto dije "se viene una creciente". Fue horrible el temblor.

    Pegué un salto con el cierre apenas abierto de la carpa y vi a unas mujeres que estaban charlando, y había unos hombres que habían llegado recién y gente durmiendo en el interior de las carpas y entonces les grito "me parece que es creciente". Las chicas me miran y me dicen "no, deben ser los truenos". "No", les digo, "eso es una creciente, sentí como vibra todo, yo me voy, es una creciente".

    Y salí corriendo y ellas cuando vieron que yo corrí lo tomaron en serio, o será que escucharon también el bramido, quizás a mí lo que me ayudó fue estar solo y en silencio dentro de la carpa.

    Entonces empezaron a correr y miré detrás mío ya venía mucha gente corriendo, osea me habían hecho caso. Pero como le digo, habrá quedado no sé cuanta gente, había gente grande. Lo primero que hice fue ir corriendo a buscar a mi esposa y mis hijas, habrán estado a unos cienmetros. Deben ser los cien metros más rápidos que corrí en mi vida, yo soy pesado, tengo 112 kilos (...) pero corrí tan rápido, no sé, descalzo. En dos segundos estuve donde estaban ellas.

    Cuando toda esta gente que estaba en la cantina nos ven venir corriendo se pararon todos estirando el cuello como diciendo "qué pasa" y seguramente ellos no sabían nada porque por la música y por el ruido y la charla quizás no habrán escuchado la vibración de la tierra, no la habrán sentido y nunca la iban a sentir quizás ya teniéndole encima.

    Yo me acuerdo clarito cuando iba llegando, todos parados mirando, entre esos mi señora y por atrás mío yo me daba vuelta y todos venían corriendo, un montón de gente, y eran ya gritos desesperados de mujeres, varones, "para dónde vamos", se gritaban y se ayudaban. Entonces yo la hablo a mi mujer y le digo "Romi, vení le digo". "¿Qué pasa?" me grita. "Creciente", cuando me escuchan todos empezaron a gritar y entraron en pánico todos lo que estaban en la cantina también y cada uno a correr con sus familiares.

    Le pedí una de las chiquitas a mi mujer, la alcé en brazos para que corramos más rápido. Y empezamos a correr, y yo a calcular en los segundos que tenía cuál era el lugar más seguro.

    Mi instinto me decía que busque un lugar alto, y se me ocurría que seguir derecho hacia abajo era suicidio, tratar de seguir para buscar porque había un puente, pensé "no me va a dar tiempo" y miro hacia la izquierda. Está el camping hacia la derecha y yo miro hacia la izquierda y veo en diagonal a las piletas las luces de una casa, que yo durante el día no había visto.
    Recién por las autoridades, supe que era de Sergio Díaz. Cuando veo las luces de la casa le digo "vení, vení", mi mujer me dice "nos subamos al árbol", había un sauce, un árbol bien grande. Le digo "no, porque nos va a caer un rayo arriba del árbol".

    Yo había escuchado que lo más aconsejable cuando hay tormenta eléctrica es buscar techo, y yo hice caso a eso. Le digo "vení a esta casa". "¿Y si nos retan?", me dice. "No, si esto es una emergencia". Llegamos a la casa a los gritos, la hice pasar primero a ella, le pasé las chiquitas por arriba del alambrado.

    Entonces empezamos a golpear desesperados las ventanas hasta que abrieron asustados. Nos atendió la mujer del dueño de casa. Era él, su señora y su hija pequeña de cinco años.

    Nos dice asustado: "¿Qué pasa?". Entonces mi señora les dice "por favor, ayuda" y yo les digo "Viene creciente". Es como que desconfiaban y me dicen "¿seguro?". "Sí, si no me cree recibame las chiquitas nada más y dejame afuera pero recibime las criaturas", les dije.

    "No, no, no", dijo el hombre y abrieron las ventanas y salió el hombre y fueron muy amables, no nos corrieron, no nos dijeron nada. Nos abrieron las puertas, nos hicieron pasar y el hombre con todo, el hombre era pura serenidad, se lo veía bastante seguro de sí mismo.

    En eso me dice el hombre "Vení, quedate tranquilo pero vení a mirar una cosa, vos solo". Me llama para el porch de la casa, me dice "mira allá abajo" y me señala. Entonces yo miro horrorizado y era un río que cubría todo el camino por donde habíamos venido, todo el camino lateral del camping por donde un transita para llegar a las carpas.

    Era un río negro, turbio, que arrastraba autos como si fueran juguetes. Eso me quería mostrar el, ahí me creyó que venía una creciente. Me dijo "mirá, allá va", y me lo decía como si fuera algo lejano que no nos tocaba nunca. Y me acuerdo clarito la figura de una camionetita que la llevaba dándole tumbos y las alarmas sonando y las arrastraba como si nada y otros autos más.

    Ahí recuerdo haber visto gente que llevaba, no veía con tanto detalle. Entonces le digo "Dios mío, ¿para acá no va a llegar la creciente, amigo?". Y me dice "no, acá no llega, tranquilo, vení ayudame a abrir puertas y ventanas, vamos a tranquilizarnos", con toda serenidad.

    Entonces le empiezo a ayudar. En lo que abrimos puertas, abro una puerta del fondo de la casa
    Le dije "por acá pasa agua" y me dice "no, no, esa no entonces, cerrala", y la cerramos. Eso me pareció llamativo. A los segundos veo que empieza a colarse agua por debajo de las puertas, y él se apuraba a abrir para que el agua corra. Ya era agua negra, con barro, agua espesa y le digo "amigo, usted me dijo que para acá no llegaba". Ahí me acuerdo que él empezó a perder la serenidad y la seguridad que había mostrado. Ahí empezó a dudar si estábamos bien ahí, él también tenía su familia en juego, lógicamente, no era sólo la mía.

    Entonces la mujer de él nos dice "te juro que esto nunca nos pasó". Entraba más agua negra pero todavía no nos llegaba a los tobillos y la mujer decía "Sergio, ¿qué hacemos?". El hombre empezó a perder la calma, estaba igual que yo, iba y venía de un lado al otro, estaba desorientado. Entonces le pregunto qué era lo más alto que tenía ahí y me dice "el techo".

    "A ver, vení, veamos cómo está afuera", me dice. Cuando nos paramos, siendo que unos minutos atrás había estado mirando abajo la creciente que pasaba lejos, nos paramos en el umbral porque era ya un río afuera. Hasta la casa había subido el agua. El tipo me mira y no me voy a olvidar la cara de resignación, ahí se entregó y me dice "ya es tarde hermano, no podemos hacer nada". "No", le grité, "vos me dijiste que no llegaba acá".

    Pero él se dio cuenta que sí llegaba, y me dijo que era imposible salir. "Nos lleva si salimos, nos quedemos acá". Ahí yo me ocupé de mi familia, las mujeres estaban en la habitación de ella. Entonces yo le empecé a gritar para quedarme con ellas y calmarlas. Ahí se corta la luz. Busqué una habitación y nos metimos en el baño. No teníamos linterna ni nada porque no logré sacar nada de la carpa, salí corriendo solamente.

    Yo la tenía agarrada de la cintura a mi señora, ella tenía agarrada a las criaturas. Nos paramos y le digo "acá hay un ventiluz". Era chico, alargado, de madera gruesa y pesada. Yo pensé que el agua iba a subir hasta cierto punto y después iba a desocupar la casa y listo. Es aguantar. Entonces con mis manos rompí el ventiluz a trompadas, no sentía dolor. Entonces pensé que por ahí íbamos a respirar.

    Recuerdo que en vez de mermar, todo aumentaba. No aplacaba, yo pensaba que tenía que pasar pero era más violenta la entrada de agua. Se escuchaban piedras que entraban rodando, parecía que se caía una loma y las piedras entraban a la casa, chocaban las paredes. Se reventaron los vidrios.

    Yo las sostenía a ellas tres. La mujer detrás mío gritaba el nombre "Sergio", no sabía si lo había arrastrado la corriente. Ella lo llamaba desesperada y pedía que alguien ayude a su hijita.

    Adentro crecía más el agua y ya las iba a tapar a mis hijas también. El agua ya me daba en la cintura a mí. Todo se ponía más violento, el agua seguía subiendo. En el piso se acumulaba más arena y yo me acercaba más al techo. Y le dije "andá escalando", y ya estábamos todos a la altura del ventiluz. Los azulejos empezaron a despegarse, eran como disparos, capaz por la presión del agua. Creo que me pegaban en el cuerpo, no recuerdo haber sentido dolor. Todos rezábamos a los gritos. Mi hija, la más grande me acuerdo que decía "No, Dios, por favor, ya está", pedía y pedía por la ventana.

    Le dije a mi mujer al último que nos larguemos porque me llegaba el agua al cuello, yo ya las estaba sosteniendo sobre el ventiluz. Le dije "me ahogo como una rata, nos larguemos los cuatro pero no nos soltemos. Agarra bien las chiquitas, nos agarremos bien y tenemos una esperanza afuera". Ella se resistía y yo le decía, "dale, confía en mí".

    Todos agarrados. Nos largamos del ventiluz, caemos al agua, y nos arrastró la correntada en bajada, porque la casa estaba en alto. En eso que nos llevaba la correntada me di un golpe con un árbol, o una piedra, no sé.

    El golpe me las arrebató de las manos, ahí fue cuando yo las solté, por el golpe, sino jamás las hubiera largado. Cuando recibí el golpe no quedé inconsciente y manoteé para el lugar donde estaban pero no había caso. Me pasó ropa de alguien u otro cuerpo y pensé que era una de ellas y quise agarrarla.

    Ahí me empezó a arrastrar el agua a mí. Y ahí fue una pesadilla de golpes y de luchar para sobrevivir. No había manera de nadar, pararse o agarrarse. El instinto me llevaba a agarrarme de cosas, y si lograba agarrarme de una rama la misma agua me quitaba con la potencia y la violencia que tenía.

    Habré chocado no sé en cuantas piedras, tengo cortes profundos, golpes, tengo moretones más grandes que una pelota de fútbol en la espalda. Tengo raspones profundos, me duele pararme, me duele acostarme. Estoy muy golpeado de los pies, tengo hinchado, me arrancó pelo de la cabeza. Me dejó como si me hubiesen rapado con una máquina.

    A todo esto, era barro que me entraba por la boca, me tapaba y no me dejaba respirar. Yo de alguna manera lo iba expulsando y a veces los mismos remolinos me llevaban al fondo y me sacaban a flote. Y cuando salía a flote aprovechaba para escupir el barro que tenía en la garganta, no sé en lo pulmones, y me volvía a llevar al fondo, por un costado y otro. En un momento me clavó en unas raíces o un árbol, no sé que era, ahí ya creí que me moría porque no me podía soltar.

    Y luché tanto que me logre zafar con el último aire.Ya tenía tan tapada la garganta que me entraban como hilitos de aire para apenas aguantar. Era casi imposible respirar. Seguían los golpes y no paraba.

    En ese momento yo me enojaba con Dios y le decía "conmigo no vas a poder, a mí no me vas a llevar", mil cosas decía en mi delirio y estando consciente. Gritaba enojado y después ya le suplicaba con cambios de ánimo ahí y en plena consciencia de cada cosa que pasaba. Por momentos le decía "ya está, por favor te lo pido, listo, perdón", porque lo tomaba como un castigo. Hablaba y tragaba agua.

    Y así, según dicen, fueron cuatro kilómetros de lucha. Porque los policías decían que me encontraron. Para mí fueron 100.
    Para peor, tengo conciencia de cada golpe que me di. En un momento me agarré de una piedra grande pero el agua era tan fuerte que la movía de a poquito y me agarró la mano con otra piedra. Los párpados los tenía llenos de barro, como borra de café. En el río había relámpagos y podía ver algunas cosas.

    Llega un momento en que por un hecho fortuito, una suerte, la creciente agarró por la derecha río abajo y hacia la izquierda había pasado. Yo me quedé agarrado ahí.

    Entonces cuando caigo en ese lugar me agarré fuerte y me sentía seguro. Quería pararme pero sentía que se me iba a salir la rodilla para el costado. Entonces logro acomodarme arrastrándome, me hacía frío, me vi y estaba desnudo. Pensé que tenía las piernas quebrajeadas, sentía que me crujían los huesos en todo el trayecto. Pensaba "pierna quebrada", hasta eso calculaba. Por esas cosas de la vida levanto la cabeza y veo un hombre parado al lado mío. Creo que no me había visto a mí. Yo le grité "ayuda". Me dijo "¿quien sos?" y le respondo que soy Gerónimo. Me dice "vamos a la civilización", pero le digo que no me puedo parar, le pedía agua. Él me dijo que iba por ayuda, chiflando, y demoró una hora. No lo volví a ver al hombre, pero sé que no había sido arrastrado por la corriente.

    Gritaba y gritaba, acostado sobre una piedra en declive que estaba calentita como el capot de un auto. Ya me estaba quedando dormido cuando sentí que mi mujer me gritó, fuerte como despertándome. Gritó "Gerónimo", me asustó y me desperté. Como cuando uno hace fiaca en la cama y ella me hablaba bien las primeras veces pero después al último entraba y me hacía asustar y me gritaba "Gerónimo". Cuando ella gritó no pensé en apariciones, o almas, pensé "sobrevivió y me está viendo". La buscaba girando la cabeza pero no la encontraba. En un momento giro la cabeza y veo unas linternas de LED, como que ella me despertó para que la viera. Intenté gritar pero no me salía nada, hasta que logré pegarles dos gritos y vi las luces que se movían como si vinieran corriendo.

    Cuando llegaron se pusieron contentos, me felicitaban porque había sobrevivido. Entre los dos como pudieron me levantaron y me llevaron un trecho largo hasta una camioneta, me decían que no tenían camilla, cruzamos un alambrado y después llegamos. Me dieron agua, tomé medio litro, escupí tapones de barro.

    En el hospital me bañaron, me lavaron, me hicieron radiografías. No tengo fracturas, nada, me duele todo pero la doctora Dorado del hospital me dijo que no tenía nada.

    Tenía la esperanza de que ellas se hubiesen agarrado de algo. Cuando me dijeron que había muerto mi hija mayor fue un dolor enorme para mí. Estuvimos de velorio ese día, después al otro día me dicen que habían encontrado el cuerpo de mi hija más chiquita, eso me partió el alma.

    Otra vez velorio, otra vez sepelio. Y después me dicen que encontraron a mi señora. Preferiría que me torturen todos los días, que me operen sin anestesia el corazón, que me saquen las entrañas pero que me devuelvan a mis tres amores vivos.

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