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Ocio

Con ustedes, “la Mona” de la gente

Carlitos Jiménez lanza el jueves su autobiografía, en la que revela detalles de su vida, sus amores y sus noches de locura.

La leyenda del cuarteto llega al libro con La Mona, un volumen autobiográfico que edita la editorial Raíz de dos y que sale a la venta este jueves. El texto surgió de varias horas de conversación entre Jiménez y Jorge Cuadrado, y es una interesante colección de anécdotas, aventuras, excesos y revelaciones impensadas.

De los orígenes humildes, con un padre alcohólico pero muy laburante y de un hermano casi enemigo, al sueño de cantar y llegar a la cúspide es el recorrido que trazan estas 224 páginas que pasan a toda velocidad, como el tren de la vida. Y no falta nada, acá la Mona repasa sus días de excesos, cercanos a la mala vida de la noche y, también, mucho tiempo después, se anima a reflexionar sobre lo ocurrido y cuenta que de alguna manera su vida cambió gracias a un botellazo, que le dieron en la cancha de Belgrano a comienzos de los ‘70. El incidente y la aparición de Juana pusieron fin a esos días de locura, de los que la Mona parecía impedido de abandonar. Tampoco quedan afuera sus amores y odios, su relación con Cocó Ramaló, los años de la dictadura y su consagración en Buenos Aires, donde se ganó la amistad y la idolatría de los principales artistas del rock argentino.

A continuación, un anticipo de este volumen que será presentado en el Teatro del Libertador, el 20, justo para el día del Amigo.

Tunga tunga. Me bajaba en la Toscana, cerca de Guiñazú, donde actuaba La Leo. Eran los tiempos en que cantaba Sosa Mendieta, porque Rolán todavía estaba con Aldo Kustin, tiempos en que La Leo tenía que actuar lejos del centro porque el cuarteto era música de negros y de putas.

Ahí empezó mi relación con  el tunga tunga. Una relación que sólo va a terminar el día que me muera.

Berna. Coquito Ramaló, que en realidad se llama Néstor Raúl López y ya estaba de novio con Chela, la hermana de mi mamá, me dijo que Berna estaba buscando un cantante. Primero me había contado que su hermano, Carlitos Rolán, iba a cantar en La Leo y después me preguntó si no me animaba a probar suerte.

Mi nombre es Carlitos Jiménez. “Me llamo Juan Carlos Jiménez Rufino”, dije. “¡Ahí está!” dijo Bevilacqua, “Juan Rufino es un buen nombre”. Pero yo no estaba de acuerdo. “Es demasiado tanguero para el cuarteto”, dije, tratando de zafar. Se pusieron a hablar entre ellos. Berna decía que Carlos Rufino no estaba mal, pero que Jiménez era bien popular. Bevilacqua coincidió: “Que se llame Carlos Jiménez, está bien así, para qué se lo vamos a cambiar”.

Una y una. A lo mejor, lo que la vida me quitó por un lado me lo dio por otro. Me quitó a mi viejo cuando todavía era chico, me quitó la posibilidad de tener un hermano compinche, me quitó los amigos, me obligó a andar solo. Quizás, por todo esto me dio los bailes y algunas mujeres que fueron muy importantes en mi vida.

Te amo. La Turca me agarró del brazo y les dijo a las chicas: “Nos vemos mañana, ahora me voy con mi nuevo marido”. Así dijo: marido. Después aprendí que de esa manera nombraban las prostitutas a sus machos oficiales, pero en ese momento me sorprendió.

Te odio. En un momento empezó a gatillar. ¡Pum, pum, pum! Tres veces. Cerré los ojos y sentí que las balas me rozaban la cabeza. Por suerte, el cuarto tiro no le salió y ahí pude arrebatarla. Le quité el revólver y le di un culatazo en la cara. Del cagazo no me podía tener parado. El portero escuchó los tiros y llegó corriendo por la escalera. Le alcancé el revólver y le pedí que se lo llevara, pero que no le avisara a la Policía. La Turca Delia se agarraba la cara y seguía gritando: “Estuviste con otra mujer, hijo de puta, yo sé todo”.

El dolor. Era el invierno del ‘69. Con el Tito y el Yiye nos tomamos el colectivo y llegamos corriendo a la clínica. El Tucumano estaba flaco, muy flaco, y casi no podía hablar. Igual nos miró. Qué mierda, fue muy duro eso. Nos miró a los tres y nos dijo: “Cuídense mucho. Son muy buenos chicos ustedes. Y vos, Tito, no le pegués más al Carlitos. Me estoy yendo, me tengo que ir a un viaje sin regreso, pero siempre los voy a querer. Desde arriba los voy a estar mirando”. Y murió con los ojos abiertos.

El botellazo del destino. Se armó una pelea impresionante entre los Piratas y los vendedores de Coca Cola. Treinta contra treinta, más o menos. Los botellazos iban y venían. Quise subir rápido, para alejarme, pero no pude. Una de las botellas voladoras me pegó en la cabeza, un poco arriba de la sien. Fue un golpe terrible. Rodé por los escalones hasta abajo y quedé tirado en el suelo con mucho dolor.

El coma. Fueron cinco meses borrados de mi vida. A veces me pongo a pensar si soñaba algo mientras estaba en coma y no logro acordarme bien, aunque me parece que veía ángeles, cosas del cielo. Por eso digo que fue Dios, él me dejó seguir viviendo.

Juana. Me levanté, saludé a todos, y Teruel me presentó a Juana, la chica del top. Entre los nervios que tenía, y el tartamudeo que me había quedado por el botellazo y que me dura hasta hoy, no sabía qué decirle, cómo presentarme. Me arrimé para saludarla y por poco le  doy un truchazo.

No fue la mejor presentación, pero algo me decía que con esa mina las cosas no iban a quedar así nomás. Esa era una mina distinta a todas las que había conocido. Una mujer de otro mundo.

La dictadura. Lo que más miedo me metió fue que entraran tres tipos armados con ametralladoras al departamento de Chacabuco y Corrientes. La Lorena, mi hija más grande, tenía días, y con la Juana pensamos que se la querían llevar. Le pegaron una patada a la puerta y entraron, vestidos de civil, pero con toda la pinta de ser milicos. Eran las cinco de la mañana.

El vino. Esa canción era un blues. Uno de mis músicos, Mario Altamirano, “Tribilín”, había estado doce años tocándola en los shows del dúo que tenía con el gordo Cueto y de vez en cuando la tocaba en el colectivo, cuando salíamos de gira. (...) Los otros muchachos se embolaban. “Che, dejá de cantar esa cagada”, decían. Hasta que en un ensayo le pedí que la tocara. “Hay que cambiarles algunas cosas”, le dije. (...) Esa canción se metió en la gente que no me escuchaba, que no me quería, que cuando podía me insultaba.

La merca. “¿Querés?”, me dijo. La miré medio sorprendido todavía: “No acostumbro mucho, pero si vos la ves tan fácil...” agarré el canuto y aspiré también.

La Turca Delia me había hecho probar cocaína un par de veces. Me había dicho que era la droga de los machos, que los giles fumaban marihuana. “La marihuana te pierde”, decía, “tanto que hasta podés terminar acostándote con otros tipos”. (...) Como a mí siempre me gustaron mucho las chicas, solamente las chicas, no probé marihuana nunca en mi vida.

Bronca. Cómo no me va a dar bronca que a las chicas que me siguen les hagan sacar las zapatillas para revisarlas, como si estuvieran entrando a la cárcel, y en los boliches del Chateau ni siquiera los miren para saber qué llevan. Esa es una diferencia que no soporto, una diferencia asquerosa. Sobre todo porque los mismos policías que humillan a mis bailarines, van a mis bailes vestidos de civil y terminan fumando un porro o dándose un saque.

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