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Sin el Negro no es lo mismo

El bar El Cairo es el paladar seco de una Rosario que aún no se acostumbra a la ausencia de Roberto Fontanarrosa. La desaparición del escritor y humorista gráfico aún es un golpe difícil de digerir que apenas se remoja con un recuerdo en el lugar más mítico de sus nostálgicos cafés.

“Permítame decirle que sin el Negro no es lo mismo. Usted sabe bien: Cuando un equipo pierde la figura principal de la cancha, de a poco se va apagando y luce de un opaco grisáceo. Por eso, yo al Negro lo vi haciendo esos firuletes maravillosos, como si en el fútbol se pudieran percibir en los jugadores los saltos de los bailarines clásicos en los teatros. Pero vea, una cosa está también más que clara, no le busquen reemplazante, porque no lo van a encontrar. Ni se atrevan a pensar que podrán conseguir a uno igual que él”.

Este fragmento bien podría haber sido el inicio de un cuento característico de Roberto Fontanarrosa. Claro, aférrese a la idea principal de ese párrafo, porque la prosa no tiene comparación a la del ilustre rosarino de ojos de aceituna. Ese brillo aún persiste en la retina de la nostalgia que hoy va doliendo cada vez más que el inoxidable paso del tiempo se aferra a su recuerdo. Todavía cuesta imaginarse a Rosario sin Fontanarrosa. Mirar al triste Mendieta pintado en una pared descascarada del kiosco de revistas de la otra esquina del bar El Cairo, es aún una postal lastimosa y sin final.

Allí está ese punto de Santa Fe y Sarmiento, a unas cuadras del Paraná, erigido en una mezcla de la antigüedad de su edificio y la modernidad de sus reformas. Allí, de altos vidrios, alumbrando demasiado los colores sepias, se encuentra el lugar mítico, que vaya a saber cómo, de qué manera, se le ocurrió al humorista comenzar a hacerlo una base propia. Por comodidad, por paso obligado, por ganas de establecerse en el café que en su momento más lo atraía se colocó en la silla de madera lustrada que se fue rodeando de unos pocos amigos.

El bar El Cairo de Rosario es un lugar que ahora reúne condiciones “turísticas”. Es decir: “Voy a Rosario y me tomo un café en El Cairo”; como cuando en Córdoba decimos: “Nos comamos algo en la Sorocabana”; como cuando en Buenos Aires es una parada obligada “visitar al Tortoni”. Eso es El Cairo, pasar a verlo al Negro, pero imaginariamente. Estar allí tiene aún su mística especial. Mucha madera, apliques retro, algún vitró en un rincón, unas paredes de pintura desteñida a propósito, chocan con algunos TV plasmas. La geografía visual indica que hay que detenerse en la isla del lugar, un cuadrado formado por unas barras, donde proliferan las botellas a medio llenar, la caja donde tickea el encargado y hacia arriba, una muestra fija de gigantografías colgadas con Fontanarrosa, con Mendieta, Inodoro Pereyra, Boggie, y esas miradas de cowboy del más Canalla hincha de Central. “100 % Negro” es la leyenda ya clásica que encierra la representación ornamental. Más abajo, en una columna, el retrato ya reciente de sonrisa sexagenaria. En un rincón, en una punta, una enorme biblioteca muestra toda la bibliografía del escritor y humorista con apéndices de la cultura rosarina, bajo la pluma de algunos otros escritores locales.

Es chocante cruzarse con los mozos y mozas que promedian los 23 años. Quizás el paso del tiempo induce a pensar que Roberto se llevó algunas cosas más, incluso la vejez de quienes atendían a sus mesas. La nena trae la carta que en la tercera hoja vislumbra la tabla “Del Negro”: viene con matambre casero, salame de campo, quesos, lengua a la vinagreta, salchichas. Fontanarrosa se habría anticipado a la jugada con su humor, negro, obvio: “Y, no podría ser un plato que no incluyera algún fiambre”.

Fue un trayecto muy pintoresco. Las fotos de la vida diaria de esa ciudad lustrosa ofrendan al puente colgante imponente, el camino de la costanera paranaense con decenas de localcitos a la vera de la avenida, en la que el viento mueve los dorados colgados, chorreando, recién clavados en enormes ganchos, listos para venderse. La desembocadura al bello Gigante de Arroyito va mostrando pinturas callejeras. Las caras del Che, del Negro Olmedo y de éste Negro, de colores exclusivos en amarillo y azul.

El sábado al mediodía tiene en la última parada a la segunda morada del revindicador de las malas palabras: la mesa de los galanes. Son tres cuadrados que conforman un rectángulo rodeado de ocho comensales. Casi todos concluyen o han concluído sus cincuentas de edad. Canosos, bohemios y ténues verborragias con sonido de cubiertos en los platos. Ricardo Centurión, el Pitu, Cari, el Turco Galli, Oscar Bisso, el Peruano y el Colorado Vázquez alternan piropos a la única mujer infiltrada en el almuerzo. “Lo de siempre querida”. La moza toma nota. Es gracioso observarlos con su aire intelectual. Suplementos culturales en las sillas, diarios, libros y hasta un DVD de un concierto de rock. Alguna que otra risita perdida; el que habla en diagonal con uno del frente sin escuchar a los de al lado. Unas palabras bastan para la elocuencia a la hora de los postres y casi que intentan disimular que así y todo se sienten bien. “Cordobés, ¿eh?. Qué desastre Talleres, Belgrano...mamita”.

Son los mismos, sin colgarse demasiado de esa fama tan bien conseguida. Tratan de no hablar mucho del ausente, se miran con complicidad lagrimeante. No hay mucho para decir. ¿Para qué salar en sus heridas?

“Permítame decirle que sin el Negro no es lo mismo...”

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