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Deportes

Extraño a mi ex

La historia y la actualidad de tres jugadores que se fueron y dejaron amor por la camisetas de equipos cordobeses. Matías Gigli, en Belgrano. Iván Borghello, en Talleres y Mauro Bogado, en Instituto.  

Por Julio Moya, Gonzalo Golocovsky, Hernán Laurino, Sebastián Roggero

“No voy a gritar los goles de Cuevas, soy de Talleres”

Se pone contento con el llamado de Día a Día. “Qué hacés, ¿cómo anda todo por allá?”, pregunta con un dejo de nostalgia. Aún a Iván Borghello le retumba un extraño ruido en la campanilla de la garganta. Su voz se siente balbuceante. El tema es su vida, cómo se encuentra y qué piensa hoy a la distancia de un Talleres que lo dejó ir. Con reiterado juramento insiste en que quería quedarse. Su siguiente afirmación caerá como un martillazo pesado que hará crujir las ideas: “Yo hubiese seguido en la B Nacional con Talleres. Si el club me quería retener, no me iba a Mendoza, te lo juro”. ¿Cambiar una oferta de primera división? No resulta creíble para el imaginario económico en el bendito mercante fútbol de nuestros días. “Te lo juro, yo estaba dispuesto y con todas las pilas si había un buen proyecto de quedarme a ganar cosas con Talleres, a ascender y a jugar en primera con esa camiseta”, confirmó luego el Memo.

PRESENTE Y NOSTALGIA. Iván Borghello juega en la primera de Godoy Cruz. El Memo se va acomodando a la vida en Mendoza. “Es un club que me dio la oportunidad. Cuando terminó el año de Talleres tenía ganas de quedarme porque estaba muy a gusto. Me gustaba todo: la ciudad, el club, los compañeros y no hubo interés por parte del club. Hubo que buscar nuevo rumbo. Si no era Talleres no tenía ganas de seguir en la B Nacional y surgió lo de Godoy Cruz. Las cosas me están saliendo bien, estoy muy contento, el cuerpo técnico me está teniendo en cuenta”, confió. Pero, la charla se fue direccionando hacia Córdoba, la ciudad que dice que ama y más aún a Villa Carlos Paz, donde residió. “Siento nostalgia porque me llevaba bien con los chicos y con la gente tenía la esperanza de pelear seriamente un ascenso. Hay que respetar el gusto y las decisiones dirigenciales. Me fui con un recuerdo gigante, hermoso, mi hija es cordobesa y mi anhelo en algún momento es volver bien”, recalcó y remarcó ese aspecto: Borghello no quiere volver a Talleres cuando esté por largar el fútbol; quiere llegar otra vez en un momento pleno y con ambiciones. “Quiero volver cuando pueda y aportar algo, pero no para retirarme y que me aplaudan como a un veterano. Ni siquiera me importaría volver a Newell’s, pero sí a Talleres y a pelear”, destacó. El Memo celebró el buen momento del equipo actual. “Aunque no me creas, sigo a Talleres por los diarios, los escucho por la radio, los veo por tele. Sigo en contacto con los chicos como Azcurra, Quiroga, Buffarini. Ja, el otro día me lo crucé a (Marco) Torsiglieri. Los dos extrañamos a Talleres ¡que está en la B! y él está en Vélez y yo en Godoy Cruz, los dos en primera”, enfatizó.

 

EL TEMA CUEVAS. La noticia bomba del año fue la llegada de Héctor Cuevas a Belgrano. El Tanque se cambió de barrio sin escala y el Memo lo apoya, pero lo alienta a medias. “En su momento lo apoyé, pensé que estaba bien lo que hacía porque para él era un paso importante. Hay que entenderlo, uno nunca sabe qué puede llegar a pasar en el futuro y es un amigo. No voy a gritar los goles de Cuevas, yo soy de Talleres, él lo sabe, está claro. Es un laburador y hay que ponerse en la cabeza de cada uno. Hasta el más hincha no sé que hubiese hecho en ese momento”, completó. Muchas cosas se dijeron de Iván Borghello y de varios de sus compañeros en el final de su etapa en Talleres, meses atrás. El Memo dice que se fue apesadumbrado. “Me fui con tristeza porque hubo gente que conspiró. Dijeron que iba a para atrás y que estaba vendido a un club del exterior. Me jugué por Talleres, sé que no fue una buena campaña y uno no puede evadir esa situación”, expresó y dejó una reflexión: “Yo no sé cual fue el feeling con esta camiseta. Cualquiera podría decir: ‘Que se vayan a la mierda y que se vaya Talleres al Argentino A’. Y me pasa todo lo contrario. Yo soy parte de este promedio que se está jugando en este nuevo torneo, me siento responsable y ante lo que pueda pasar también. Llegaron buenos jugadores y ojalá que ellos puedan y le den una alegría a los hinchas”.

 

“Mi lugar es Belgrano”

“Es imposible no extrañar. No paso ni un segundo sin seguir a Belgrano. Veo los partidos y a los 15 minutos cambio de canal porque me pongo mal. Es una sensación rarísima. Uno disfruta de estar en Primera, en Buenos Aires, pero la alegría y la comodidad de estar en Belgrano no se paga con nada en el mundo. Es como dice la publicidad de Mastercard, hay cosas que el dinero no puede comprar. Lo que me pasó en Córdoba, ni yo ni mi familia lo podrá olvidar. Siempre voy a estoy agradecido de lo que viví ahí y lamentablemente hoy no puedo estar allá, aunque como dije cuando me fui, estoy seguro de que voy a volver”.

Matías Gigli tiene su cuerpo en Buenos Aires, pero su cabeza en Córdoba. El jugador de Huracán aún no logra despegarse de Alberdi y sus ex compañeros y, a pesar de su satisfacción por pertenecer al fútbol de elite de nuestro país, su deseo continúa siendo el mismo de cuando le avisaron que no seguiría en el Pirata. “Todavía pienso en los goles que me erré contra Racing en la Promoción, porque quizás eso me hubiera permitido estar en Belgrano y jugando en Primera División. Uno se lamenta por eso, pero hay que mirar para adelante”.

El vivir en Buenos Aires deslumbra al Pájaro. Acostumbrado a los mates en su ex casa de barrio Urca y la siesta con su mujer y su perro, las luces porteñas lo encandilan más de lo normal. “Yo ya había jugado en Primera con Newell´s y Belgrano, pero en Buenos Aires es muy distinto. En los entrenamientos tenés periodistas de todos lados, muchas cámaras, micrófonos. Cuando llegué me llamaron de todos los canales y en Córdoba no estaba acostumbrado a eso. Ni siquiera cuando le ganamos a Boca recibí tantas llamadas. Además, acá, salvo cinco partidos en el Interior, siempre jugás de local porque te movés dentro de la misma ciudad. Es como se dice generalmente: Dios atiende en Buenos Aires”.

Al jugador de Arroyo Seco le costó bastante adaptarse a los nuevos lugares de entrenamiento e, incluso, a sus nuevos compañeros en el Globo. “Al principio entré en cuatro de los cinco partidos y después no estuve más ni en el banco. Se complica porque los únicos momentos que hago fútbol con los titulares es en los partidos. Es difícil lograr el entendimiento con cada uno. Es más, hasta los nombres de los compañeros les erraba por ahí. En el primer amistoso no conocía a nadie, no sabía ni donde estaba parado”, recuerda. Y agrega: “Estoy esperando la posibilidad de jugar. Llegué tarde sin entrenar y me tuve que poner bien”.

Por último, Gigli deja en claro, una vez más que, para él, su lugar en el mundo es Belgrano: “Hablo con todos los chicos de allá. Con Paolo (Frangipane), Gastón (Turus), Diego (Novaretti), con los utileros, con el de seguridad, con el masajista. Hablo poco del club porque me pongo mal. Todavía estoy allá, hay cosas que no se olvidan y es difícil despegarse de todo. En ningún lado me van a  tratar como en Belgrano. Este año va pelear el torneo y voy a ser el hincha más contento. Lo veo sólido defensivamente, con una buena delantera, con el mejor enganche de la B que es Paolo y una gran cantidad de chicos que tienen un torneo encima y saben lo que es Belgrano. La verdad que en el único lugar que soy feliz en el fútbol es en Belgrano y espero volver”.

 

“Dejé una puerta abierta”

Laura, su mujer, estaba decidida. “Mauro, nos quedemos acá. Si en Instituto te tratan bárbaro”. La pequeña Priscila, de tres años, ya se había acomodado a la vida de departamentos en Córdoba. Todo cerraba para que Mauro Bogado vistiera un tiempo más la camiseta de la Gloria, algo que él anhelaba. Además, el técnico Jorge Ghiso alzó su voz y requirió a la directiva su continuidad, pero Argentinos Juniors cerró las puertas y fue contundente: el jugador vuelve a La Paternal.

Entonces, hubo que regresar al barrio San Martín, en Buenos Aires. El volante derecho había comenzado el año con altas expectativas, ya que el DT del Bichito, Néstor Gorosito, había avisado que lo tendría en cuenta. “Arranqué yendo al banco el primer partido de la Copa Sudamericana ante San Lorenzo. En el campeonato, también fui al banco en la primera fecha. Después, con Vélez (en la segunda) bajé a reserva porque Gorosito quería que haga fútbol. Justo viene el partido de Tercera y me hice una distensión de ligamentos. Estuve tres semanas parados y ahora estoy arrancando de nuevo. Voy a seguir buscando una chance”, asegura.

Bogado tiene 23 años. Los seis meses en Córdoba fueron su primera salida desde las inferiores de Argentinos. El pibe que alguna vez supo descoserla en las canchitas del club Parque, escuchando los consejos del gran Ramón Madoni, armó el bolso y aceptó la propuesta de Ghiso. La idea era sumar minutos, aunque nunca se imaginó que terminaría siendo pieza fundamental en aquella salvación del descenso.

“En Instituto no era titular indiscutido, pero jugué casi todo el torneo. Acá en Argentinos hay más jugadores, es más complicado. Arranqué bien, pero la lesión me marginó un poco. Hay que seguir dándole hasta diciembre y tratar de ver de jugar algunos partidos y después organizar mi futuro. Si me tengo que ir, me iré. Yo busco continuidad. De jugar todos los partidos en Instituto a jugar tan poco, se hace complicado para cualquier futbolista”, afirma el volante (anotó dos goles en la pasada campaña). Y agrega: “En Argentinos no jugaba, y en Instituto se me dio la chance. Volver a Argentinos y no jugar, te bajonea. No estoy con confianza. Hay que remarla”.

 

ESE BENDITO PENAL. Nadie quiso agarrar esa pelota. Todos se miraron. Y ahí se adelantó Bogado. Era la última fecha del torneo pasado y había un penal para patear ante Almagro que podía librar a la Glo del descenso. “Increíble aquel penal con Almagro. Ni lo dudé, fui y agarré la pelota. Tenía muchas ganas de patearlo. Se me pasaban por la cabeza todas las posibilidades, el descenso, salvarnos, todo”, recuerda Mauro, fanático de la cumbia y Los Charros, quien tampoco se olvida del clásico ante Talleres, que terminó 3-1: “Los recuerdos son los mejores. La gente, ese clásico con Talleres, el grupo que formamos, todo”.

Tan lindo grupo formó aquel Instituto, que Bogado se comunica seguido con sus ex compañeros y sigue los partidos de la Glo por Internet: “Con los chicos hablamos seguido. Los fui a ver contra Los Andes en Buenos Aires. Hablé con el profe, con Alejandro Faurlin, que es con el que más confianza tengo en el plantel. Éramos la pareja allá (risas)... 

–¿Pensás en volver a Instituto?

–Dejé una puerta abierta para diciembre. Tal vez me llaman...

 

Verdades momentáneas

Que los jugadores de afuera no sienten la camiseta es una verdad... en cierto sentido. Los de afuera serían los no nacidos en Córdoba, los que no palparon el sentimiento tribunero de grandeza no correspondida dentro de los campos de juego, donde los equipos muestran sus falencias y transitan por categorías “que no se merecen ocupar”. 

Pero en el fútbol no hay verdades absolutas o, en todo caso, todas las verdades son momentáneas. Por eso, hay excepciones a esa idea negativa de los de afuera.

Borghello, Gigli y Bogado forman parte de ese selecto grupo de excepciones, de tipos no cordobeses que se rompieron el lomo por los clubes de acá, que no fueron indiferentes a las realidades institucionales y que se comunicaron con los hinchas con mensajes desde el corazón, sin casete, sin demagogia barata, la que es tan común de ver por estos sitios. 

A veces, el hincha no come vidrio. Los reconoció y no los mandó a la indiferencia por la que transitaron en los últimos años los muchos carteludos (el Chelo Delgado, por ejemplo) que no cumplieron expectativas. “Y si quieren tanto a los clubes de Córdoba, ¿por qué no se quedan acá?”, preguntará alguien. La respuesta no puede obviar el contexto del fútbol argentino, en general, y el cordobés, en particular.

Córdoba no es un sitio para quedarse a hacer carrera. En el mejor de los casos, es un lugar de paso y, en el peor de los casos (la mayoría), un lugar de vuelta para los jugadores. Que Belgrano, Talleres e Instituto se transformaran en vidrieras no es culpa de los jugadores, sino de los dirigentes que, supuestamente, eran de acá.

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