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Lo que se esconde bajo una sotana se publica “en letras”

Un libro reúne las historias de cinco sacerdotes católicos que prometen contar “lo que nadie jamás contó sobre la Iglesia”.

Cinco curas de distintas generaciones ventilan sus sotanas y dejan al descubierto lo que la Iglesia prefiere ocultar: sus pastores son hombres, no son seres inmaculados. Ellos -los cinco curas- simularon serlo, lo intentaron con todas sus fuerzas hasta que no pudieron más. No soportaron las contradicciones de la institución o no pudieron seguir conteniendo las pulsiones de sus propios cuerpos.

Sus historias fueron reunidas por la editorial Raíz de Dos en el libro Cinco Curas, confesiones silenciadas, que será presentado mañana, a las 19.30, en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (Vélez Sársfield y Duarte Quirós). La presentación estará a cargo del conductor televisivo Aldo “Lagarto” Guizzardi y del sacerdote retirado Guillermo “Quito” Mariani.

Nicolás Alessio, Adrián Vitali, Elvio Alberione, Horacio Fábregas y Lucio Olmos son los curas -y ex curas- que se animaron a escribir. Sus historias son diferentes, aunque tienen un punto en común: el padecimiento de la represión. Y coinciden en señalar que lo que está terminantemente prohibido dentro de la Iglesia es exteriorizar lo que ocurre, hacer público lo que se piensa. La jerarquía eclesial parece permitir que sus pastores hagan lo que quieran, siempre y cuando nadie se entere.

¿Qué hace un jovencito enclaustrado durante siete años, rodeado solamente de otros varones? ¿Cómo prepara psicológicamente a un varón joven para que pueda soportar el celibato? ¿A los curas les gusta vivir solos en una capilla? ¿De qué vive un párroco? ¿Qué ocurre si un sacerdote no está de acuerdo con mercantilizar los sacramentos y no quiere cobrar por ellos? ¿El Estado lo mantiene o ese dinero es sólo para los obispos?

Lucio Olmos, un cura obrero, relata el momento en que un obispo le pidió que no trabaje y que se dedique a cobrar los sacramentos. También cuenta su colaboración con la guerrilla y la persecución militar. Elvio Alberione denuncia la complicidad de la Iglesia con el golpe del ‘55 y analiza por qué la Iglesia usa el mensaje de Cristo como herramienta de poder.

El presbítero Adrián Vitali era párroco de Villa El Libertador cuando se enamoró de una mujer y comenzó a salir con ella, clandestinamente. En el libro recuerda cuando, siendo ya un hombre, tuvo que buscar una farmacia para comprar por primera vez en su vida una caja de preservativos. Y cuenta también que no vivía cómo un pecado ese amor clandestino:

“La relación había renovado mi sacerdocio, (…) quizá porque después de cada celebración alguien me esperaba con una sonrisa, un abrazo y un plato caliente de arroz blanco”.

Vitali dejó embarazada a su mujer y el arzobispo Primatesta le ofreció un trato: la Iglesia se haría cargo de la manutención del chico si él renunciaba a su paternidad y abandonaba la provincia.

Horacio Fábregas, en un texto descarnado, recuerda cómo “te disciplinan, te someten” en el seminario, y denuncia que “las cosas que ocurren en la iglesia con respecto a las pederastas no ocurren por casualidad”, al recordar el caso de un cura que fue sorprendido en la Plaza San Martín intentando someter a chicos mendigos. Según Fábregas, ese cura ya había demostrado su conducta en el seminario, el arzobispo lo sabía y de todos modos lo ordenó sacerdote.

Nicolás Alessio, el cura expulsado por apoyar el matrimonio igualitario, cuenta que el hombre que lo convenció de que su vocación era ser cura fue Carlos Ñáñez, el mismo que este año lo echó de la Iglesia. Y coincide con Fábregas en señalar el nutrido grupo de amanerados y homosexuales que había en el Seminario.

Los curas-escritores están afuera de la institución. Ninguno se arrepiente. Tienen hijos, mujeres y una vida distinta, desde donde se animan a denunciar los manejos de una jerarquía verticalista. Este libro puede provocar un alboroto, pero como dice el padre Nicolás Alessio, no hay que tenerle miedo a los escándalos: “El escándalo es quedarnos callados”.

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