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Valencia, ídolo de Talleres, aún llora a su mamá que lo parió en la cancha de la Liga Jujeña

José Daniel Valencia pasó días difíciles después de la muerte de su madre, Doña Blanca. Esa mujer fue clave para que el Rana se convirtiera en jugador de Talleres. Un repaso por esa historia.

"Todavía me duele, han sido días duros", le dice a Día a Día José Daniel Valencia. Una de las grandes glorias que dio el fútbol argentino, referente ineludible de Talleres, está en un momento difícil, inmerso aún en el dolor por la pérdida de su madre, Doña Blanca. "Han pasado diez días pero duele aún", refresca el Rana con la voz entrecortada, tratando de tomar impulso de nuevo porque la relación que tenía con su mamá iba más allá de esa protección de toda madre.

La historia es muy particular porque fue ella la que dio el visto bueno para Valencia dejara Jujuy y viniera a Córdoba a alistarse a Talleres. Y, si no hubiera sido por aquella decisión, quizás hoy no estaría escrita esa historia de tanto peso en el fútbol de Córdoba y del país.

Siempre lo recuerda el ex 10 de Talleres: "Yo nací ahí, en la cancha. Ahí me parió mi mamá. Yo nací en una cancha de fútbol".

No podría haber nacido en otro lugar. José Daniel Valencia, aquel 3 de octubre de 1955, salió a la luz en la casita humilde que sirvió de su hogar toda su infancia y adolescencia, porque su padre era el cuidador del estadio de la Liga Jujeña de Fútbol.

Y siempre lo ha sabido recordar el ídolo de la T: "el patio de mi casa fue una cancha de fútbol. No hay nada más feliz que haber vivido esa vida".

A Valencia lo querían de Boca, de River, de los clubes grandes de Buenos Aires porque ya era vox populi: ese negrito de pelo largo con algunos rulos la rompía. Sí, la dejaba "chiquita". Pero su mamá, sobreprotectora, madraza, de esas que ponen el cuerpo para todo, literalmente "los echó" a aquellos con voz de porteños. Hasta que un día apareció Amadeo.

El Rana Valencia y su madre querida, Doña Blanca. (Foto de Delfi Valencia)

Amadeo es Nuccetelli y logró lo que los otro no. Después de unos cuantos viajes hacia Jujuy (el Rana ya había mostrado sus dotes en Gimnasia y Esgrima) convenció a su madre y allá por 1975, además de su hijo llegó con él uno de sus grandes amigos-hermanos de la vida y gran socio en la cancha: Antonio Rosa Alderete.

Tras todo eso, Valencia sobresalió tanto que se convirtió en jugador de la Selección Argentina y, posteriormente, campeón del mundo. La historia de Valencia se selló a fuego con Talleres, el idilio y todo lo que pueda decirse de aquella época inolvidable de los años 70.

Todo comenzó allá, con Doña Blanca que lo parió en una cancha de fútbol, con la decisión y el ok para que se viniera para Córdoba. Y hoy el Rana la llora, como a toda madre, ya varios días después del fallecimiento de su progenitora. Seguramente que la historia de Talleres le debe a ella un enorme gracias.

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