?>
Deportes

Los Toledo, una familia "redonda"

Papá Carlos es DT de las Flores en la Liga Cordobesa. Mamá Mariela juega en el fútbol femenino de Banfield. Y sus cinco hijos, en las inferiores del Taladro. De yapa, en su casa tienen una cancha de fútbol.

Mirá la galería de fotos

La familia Toledo siembra fútbol, cosecha fútbol, duerme fútbol, come fútbol, respira fútbol y llora fútbol.

Y como no podían vivir lejos de una cancha, se hicieron una en su jardín. Con reflectores por si, de noche, a alguno de sus integrantes el corazón le dicta que tiene que patear fuerte al primer palo. Para que sea gol.
Todo sucede ahí. En ese camino de tierra pegado a la autopista Córdoba-Pilar donde uno puede escapar de la maldita ciudad. Y volver el tiempo atrás. Porque allí, detrás de la Shell, se llega a Villa Posse y, también, se puede volver a la niñez. A la Córdoba de antaño.
Ya no hay cemento. Sí hay paz. Carlos Toledo, el jefe de la familia, va adelante en su moto y es el guía. “Seguíme, que yo vivo en el campo”. Pasa una, dos, tres casas perdidas en el monte y dobla a la izquierda.
Ya está en la suya. Hay un tractor en la puerta y los perros revolotean porque llegó el amo. Sí, es el campo. “¿Sentís? Se respira fútbol, ¿no?”, pregunta Carlos.
El aroma a pasto, a camiseta transpirada mezclada con vestuario sale de algún lado. Quizá sea de su casa, que tiene la puerta abierta. Como casi todo el día. Hay una mesa con una notebook encendida. Pritty fresca y sanguchitos. De fondo, la banda sonora la emite la TV con la musiquita del Fútbol para Todos, que está en el entretiempo de algún partido de Primera División.
Y, en un rincón, una bolsa llena de pelotas. Más de 10, seguro.
No hay dudas. Ellos son la familia fútbol.
***
Los Toledo son siete integrantes. Carlos, el papá, es el DT de Las Flores, equipo de la Primera División de la Liga Cordobesa. Junto a su señora Mariela, que es jugadora de fútbol femenino en Deportivo Banfield, tuvieron cinco hijos. Y los tres varones y las dos mujeres juegan también en el Taladro, club que queda muy cerca de su casa. Sólo hay que cruzar la autopista.
La familia es fútbol y es Liga Cordobesa en cada uno de sus integrantes.
Mariano y Luciano tienen 6 años y son los gemelos. Los que no paran. Patean la pelota contra la pared, le tiran el pelo a su mamá, abrazan a su viejo. Siempre, siempre, con la redonda acompañada al cuerpo.
El que les sigue es Gabriel, un zurdito de 9 años que también juega en Banfield, como los cinco hermanos. Es calladito, pero mueve la pelota de lo lindo entre los perros que duermen la siesta en Villa Posse.
Un rato más tarde saldrán de la casa Sofia (12 años) y Trinidad (14 años). Ya producidas y coquetas, como niñas que van entrando en la adolescencia. Pero, igual que su mamá, con los botines y la camiseta puesta. Las tres mujeres juegan juntas en el equipo de fútbol femenino de Banfield.
“Es raro ser la mamá de las dos y compañeras de equipo. Las chicas arrancaron este año, se ve que uno transmite esto del fútbol. Las acompaño y las ordeno, trato de hablarles e indicarles lo que tienen que hacer para que las cosas les salgan bien en la cancha. Como en la vida”, cuenta Mariela, de 37 años, que empezó a jugar al fútbol a los 18 años porque la apasionaba. Pero recién cuando la Liga “legalizó” a las mujeres, hace un año, pudo jugar oficialmente.
“¿Cómo jugamos las Toledo? Yo siempre les digo: tratamos de que si pasa el fútbol, no pasa la jugadora. Tenemos mucha garra, como en todo… Aparte, una está tranquila si sabe que los chicos están en el club. Es mejor que estén en el fútbol y que no anden por ahí, en la calle”, dice la mamá en la que conviven la jugadora y la ama de casa. No hay dudas: protege a los suyos como la lateral derecha que es: dientes apretados y si hay que poner, pone.
Carlos, su compañero, tiene 42 años. Fue un delantero de área, “estilo tanque” como se define, que se crío jugando en los barrios. Haciendo goles en los potreros de Barranca Yaco, Colonia Lola, Villa Azul. “Ahora tienen otros nombres, ya no se llaman así algunos de esos lugares. Y tampoco se puede jugar al fútbol. Bah, no se puede andar”, dice Carlos con nostalgia de tiempos inolvidables. Allí lo observó una tarde la Chancha Maldonado, un dirigente aún recordado en la Liga Cordobesa. Tanto a Carlos como a su viejo se le llenan los ojos de lágrimas de sólo recordarlo. Piden por favor que aparezca en la nota. Como un homenaje. “La Chancha fue el que inició esta locura por el fútbol que es mi familia. Él me llevó a Libertad. Y ahí arranqué”, dice Carlitos. El señor Maldonado fue quien plantó esta semilla del fútbol en Carlos. Y, con el tiempo, llegarían los frutos. Acá están.
Toledo fue delantero de la “L”, de Los Andes y Banfield. Pero se retiró a los 27, porque la pasión por ser entrenador ya lo desbordaba. Y las dos cosas no podían convivir. Eligió seguir como DT, algo que ya hacía con los chicos de inferiores mientras marcaba sus últimos goles.
El camino como técnico se iniciaría justamente en Libertad, luego pasaría a Los Andes (logró un ascenso), Las Flores (también lo ascendió y fue subcampeón provincial), Avellaneda, Unión San Vicente, Argentino Peñarol (fue campeón) y la vuelta a Las Flores. Por todo eso, Carlos Toledo es todo un nombre en nuestra Liga. “Estoy en todas con los chicos. Los llevo a entrenar, los traigo. Quiero que, fundamentalmente, se diviertan. Los apoyo en todo. Obviamente al DT nunca lo puedo dejar afuera. Trato de darles algunos conceptos. Lo mismo a mi señora como a los nenes. ‘Tocá rápido, marcá más cerca’… Pero claro que si se equivocan no hago como con mis jugadores. Les digo: ‘Volvé a intentar, ya va a salir’. Jamás los puteo, ja. Quiero que disfruten del fútbol. Por algo tenemos esta cancha acá, en nuestra casa”.
Esa cancha es el lugar predilecto de todos en la casa. Carlos la armó hace tres años, porque así lo soñó de niño. Quizá algunos quieran tener una pileta. Carlos quería una cancha. Y aquí la tiene. La disfruta con sus hijos, su señora y sus amigos. No falta nada, con un césped que es la envidia de cualquier club cordobés, y hasta detrás del arco que da a la casa hay una fila de tribunas que supieron ser del estadio de Unión San Vicente. “Cuando se remodeló la cancha de Unión quedaron estas tribunas y me las regalaron. Acá están. Hasta tenemos palcos, je”. La cancha no se alquila. La pisan sólo ellos. Y su gente.
***
Los Toledo viven del campo. Y la idea se puede asociar tanto al fútbol como a esa huerta familiar que funciona a un costado de la casa. Allí trabajan todos juntos, codo a codo. Hoy tocará lustrar las berenjenas que papá Carlos llevará mañana al Mercado de Abasto. Porque se dedica a eso, más allá de su vida como DT.
Cada día, todos están arriba a las siete, cuando cantan los gallos (aquí todavía se escuchan). Carlos lleva a sus hijos al colegio y vuelve para meter las manos en la tierra junto a Mariela.
Más tarde, levantará los pedidos de las cuatro o cinco verdulerías a las que provee. Y repartirá hasta las cinco, cuando llega la hora de ponerse el buzo de DT en Las Flores.
Allí surge el “gran problema” familiar y Carlos pega el grito: “¡¡¡¿Dónde están las pelotas?!!!”.
Y sus hijos corren a buscarlas. Allá atrás, entre unas chapas hay una. También quedó otra junto al árbol de la entrada. Y hay una que nunca encuentran. Pero siempre, siempre termina apareciendo cuando nadie la busca.
¿Cómo es Carlos como DT? “Quiero ganar siempre. El cómo, después lo vemos. Soy divertido con el jugador, siempre trato de tener buena relación. Pero cuando hay que laburar, se labura”.
La charla se interrumpe. El fútbol llama. Hay picado familiar. “Varones contra mujeres”, indica Carlos.
“Cuando hay un problema en la casa, vamos a la canchita de fútbol y ahí se define todo”, agrega y tira la pelota al medio.
La mamá le pone la pierna fuerte al pequeño Luciano y sale jugando. La toca para Sofi, que la tira larga para Trini. Ahí la recuperará papá Carlos. “Papi, no me la tocan”, dice Mariano, que está al arco, casi al borde del llanto. Al fin le llega la redonda y sale jugando, hasta que se tropieza. Todos ríen.
“Esta semana mandamos nosotros en la casa”, grita Carlos después de que los varones le ganen el picado 3-2 a las mujeres para que Seba, el fotógrafo de Día a Día, se haga un festín de imágenes.
Luego, al final del día, Carlos dirá la reflexión que encierra todo, mientras apoya el codo en una de las cajas de las verduras que están en la chata azul. “Amo el fútbol. Y elegiría mil veces vivir esta vida que viví y a ésta familia. Porque me acompañan en mi locura. Quizá otro entrenador amante del fútbol le toca vivir con una familia que no los acompaña. Yo soy un afortunado. A mí sí, y lo pude transmitir a mis hijos. Es lo más importante”, dirá.
Quizá mañana, cuando se despierten, los Toledo descubran que en lugar de berenjenas o tomates, germinaron pelotas. No será sorpresa. Porque hace años que esta familia siembra fútbol, duerme fútbol, come fútbol, respira fútbol y llora fútbol.

Sumate a la conversación
Seguí leyendo