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Se cumplen 20 años de la muerte de Ayrton Senna

ETERNO. El jueves se cumplen 20 años de la muerte de Ayrton Senna, considerado el mejor piloto de la historia. Una vida vivida al límite.

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Faltan sólo dos días para que se cumplan 20 años. Dicen que hace dos décadas moría Ayrton Senna Da Silva. Lo sacaron de un Williams FW16 destruido, tras un tremendo impacto a la salida de la curva Tamburello del circuito de Imola, Italia. Allí se corría el Gran Premio de San Marino de Fórmula 1. Casi un minuto y medio después del accidente, llegaron médicos para una asistencia desesperada. Mientras, desde un helicóptero que giraba alrededor de la escena se filmaba toda la acción aunque, por momentos, un grupo de pinos tapaba lo que el morbo obligaba a mirar.

Fue lo último que se vio del cuerpo de Ayrton. 72 horas después, sus restos fueron llevados en una autobomba por las calles de su San Pablo natal ante millones de lágrimas y la sensación de que un pedazo del corazón de Brasil había sido desgarrado.

En ese 1994, con tres títulos mundiales logrados, había llegado a la escudería británica por más gloria. Pero el reglamento prohibía todo el bagaje informático que usaban los Williams y que los habían hecho imbatibles el año anterior. En ese contexto, el auto no fue el mismo. La inestabilidad y escasa fiabilidad se hicieron comunes. De hecho, Senna no había podido completar las dos carreras previas a la del accidente.

MÓNACO Y PROST. Nombres que hacen a Senna. En el Principado, nadie ganó tantas veces como el paulista. Este hincha del Corinthians se impuso en seis ocasiones en el circuito más corto, estrecho y técnico de todos. El que más exige al piloto en concentración y conducción.
Sorprendió al mundo en 1984 cuando, con un Toleman (uno de los peores autos del momento), se llevó todos los aplausos en la tradicional fecha de la Máxima en Mónaco. Fue segundo, bajo una intensa cortina de agua. Y los comisarios deportivos la culminaron antes a la carrera porque, a ese ritmo, Ayrton hubiera superado al francés Alain Prost.

Senna era espiritual y religioso. Su lucha fue la superación personal constante, que lo llevó a quebrar todo tipo de barreras. En 1988, ya se había asegurado el primer lugar de partida en la clasificación en Mónaco. Pero fue por más. Y terminó sacándole dos segundos a su escolta, el propio Prost, por ese entonces, compañero de equipo y único antagonista en la lucha por el campeonato. “Estaba pasando los límites de la conciencia. Sentí que iba en un túnel”, graficó después. La psicología definió esa vivencia como Estado de Flujo. El sociólogo Mihály Csikszentmihályi lo explica señalando que, cuando se está en ese estado, “el ego desaparece, el tiempo vuela. Cada acción, movimiento y pensamiento sigue inevitablemente al anterior, como cuando se toca jazz. Todo tu ser está involucrado y usas tus habilidades al máximo”.

Su rivalidad con el francés se manifestó dentro y fuera de la pista. Dos estilos bien diferentes. Uno, místico y aguerrido. El otro, cerebral y calculador. De hecho, Prost había dicho sobre Ayrton: “Piensa que no se puede matar porque cree en Dios. Y eso es peligroso”. Entre ambos, crearon varias de las definiciones más impactantes de toda la historia del automovilismo.

Admiró a nuestro Juan Manuel Fangio, disfrutó de la compañía de las más bellas mujeres (entre ellas, Xuxa) y defendió los derechos de los pilotos como nadie. Alguna vez paró en medio de una carrera para asistir a un colega accidentado. En Imola 1994, el día anterior a su fatídico domingo, el austríaco Roland Ratzenberger había muerto cuando su auto se estrelló. Al revisar el Williams de la última carrera de Ayrton, encontraron una bandera de Austria con la que quería homenajear a la memoria del también malogrado piloto.

EN CONTACTO. Su creencia superaba cualquier burla. El nombre de Dios surgió sincero y necesario en su discurso. Decía que en el circuito belga de Spa-Francorchamps hablaba con Él. Y también contó que en Mónaco 1991 le pidió ayuda. Su McLaren no funcionaba bien. “Él sabe todo lo que pasa por nuestro corazón. Pero es necesario entregarse a través de la oración. Ese domingo tuve una visión. Logré verme fuera del coche. Alrededor de la máquina y de mi cuerpo había una especie de aureola que me proporcionaba fuerza y protección. Entré en otra dimensión. Salí del box con el mismo coche que un día antes tenía problemas y los defectos ¡habían desaparecido! Estaban allí, pero no los sentía”. Obvio, ganó.

¿Y qué pasó con Dios ese 1 de mayo de 1994? Al Williams se le quebró la barra de dirección e impactó a 310 kilómetros por hora contra la muralla. Esa misma barra de dirección entró por la parte frontal del casco de Senna, se incrustó en su cabeza y provocó lo que provocó.
Un sueño me reveló la verdad. Senna sigue vivo. Jesús se sienta a la derecha de Dios. Y el Todopoderoso le pidió a su hijo que se corra un cachito más a la derecha. Dios también se corrió. Ahora, en su lugar, se sienta Ayrton. Entre ellos, hablan todo el tiempo. Desde entonces, no hubo más muertes en la Fórmula 1.

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