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Ramón Posada: No me jubilaré de Belgrano

Historión. Ramón Posada tiene 95 años y es socio vitalicio. Su amor por el club y una vida color celeste.

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Ningún recuerdo permanece mudo en la memoria. Un hombre rompe el silencio de la siesta en Alto Alberdi. Tiene 95 años, la risa inmune y el rostro marcado como si los rieles del desaparecido ferrocarril se hubieran quedado en él. Puede mirar más allá de los objetos, del tiempo. Y en todos lados aparece Belgrano. Él lo sabe mejor que nadie: hay amores que lo eligen a uno.

Ramón Rómulo Posada (socio vitalicio de Belgrano, número 998) nació en Famatina, a 320 kilómetros al norte de la capital de La Rioja. A los 17 años, la vida lo trajo a Córdoba. Había que comer, es decir, trabajar. Todo le cambió de repente. Cuando quiso darse cuenta, era tarde. O muy temprano. “Tenía 17 años y mi hermano me llevó por primera vez a la cancha. Jugaban Belgrano-Talleres en Alberdi y ahí en la entrada había que decidir por dónde entrábamos. Me fui para el lado de Belgrano, por intuición. Y hoy es mi gran amor”, recuerda Ramón como si hubiera sido ayer.

En la semana, sus manos ajustaban tuercas como ferroviario del Mitre; los domingos rompía maníes en la cancha. “Viajé mucho para ver Belgrano. Anduve por Misiones, Buenos Aires o San Francisco. Era hermoso, no se compara”, cuenta don Pipo. A su lado, uno de sus dos hijos, Julio, de 59 años, lo mira desde la nostalgia. Y cuenta: “Recuerdo que íbamos a San Francisco en un Citroën 12 V. El viento nos daba de frente en la ruta y el auto se frenaba, era difícil llegar, pero hermoso”, sostiene mientras el nieto, también pirata, irrumpe en el quincho de la familia Posada. Allí hay un bombo, una guitarra apoyada contra la pared y sobre el rincón una parrilla doble oficio.

“Los domingos nos juntamos todos. No hay nada como estar con la familia pero él (por Ramón) nos tira para adelante”, dice su hijo y mira a su padre, como si fuera una partida de truco y descansara en él. Pipo no se achica y retruca: “Es lindo tenerlos a todos. Belgrano es el complemento, no me jubilaré de Belgrano ¿qué más puedo pedir?”, devuelve el hombre detrás de unos lentes grises, pegados a la nariz.

Bailar con dos amores. Ramón tiene los secretos bien guardados. En algún bolsillo de esos sacos que usaba para vivir la vida; en otras palabras, para ir a los bailes.

“El club Belgrano hacía bailes. También iba a uno del centro. Algunos tangos, aunque prefería un vals. Me gustaba mucho la joda, pero se cortaron un poco cuando me puse de novio”, confiesa bien suelto, vivaz.


Una noche conoció a María Julia. En 1948 dijo ‘sí, quiero’ y llevan 65 años de casados. Ramón tenía 30 años, un trabajo, una ideología (Peronismo) y dos amores: Julia y Belgrano.


–Ya no se escapó tanto para los bailes. Lo tenían cortito, ¿no?
–Lo vi con cierta diferencia. Todo lo que debía hacer, estaba hecho. Creo que bailaba bien, eh. Pero me casé con una mujer que me supo aguantar. Después vinieron los hijos y es importante tenerlos.


–¿Y cómo hizo para no olvidarse de Belgrano?
–La cosa era así: siempre me iba primero a la cancha, cosa de volver sedado, descargado, y después sí me iba a verla a ella.

Todos se ríen alrededor de la mesa. Pipo –con los huesos estirándole la piel– acaricia el libro oficial de los 100 años de Belgrano. No le hace faltar leer para saber nada. Todo está guardado en su memoria. Y juega a nombrar jugadores que lo marcaron para siempre. “El arquero era… pará ya te digo. Los backs Biller-Sosa. Al medio Gorosito, Murúa, el Pucho Arraigada. Después digo Milonga Heredia, Cos, y García de wing”, describe. Poco importan los puestos, todos jugaron en Belgrano.


Ramón la pasó mal. Estuvo 15 días en terapia intensiva por un problema pulmonar. Pero el dolor más grande, acaso el que nunca cicatriza, es la muerte de sus ocho hermanos: Roberto, Pedro, Manuel, José, Francisco, Domingo, Gerbasio y Roberto. Él fue el séptimo. Ahora es el único.


–¿Cómo hace para seguir al ver que los más queridos se van, no le da miedo?
–Que le voy a tener miedo a la muerte. Cuando Dios lo disponga, me voy.


Ramón pide ir al baño. Su nieto le alcanza el bastón de madera, de lustrado impecable, y lo acompaña. Entonces Julio, su hijo, casi en secreto, descarga: “A veces pienso: ‘Ojalá me toque irme a mí primero que a él. Todo esto es muy fuerte, es como un árbol que por un lado se solidifica, pero por otro es débil. Es mucho tiempo vivido con él, no sé qué pasaría si no está”, suelta y busca en la notebook una canción que le escribió. Le falta la música, que no tardará en llegar.

Un jugador de época. El 10 de marzo de 2012, Belgrano recibió a San Lorenzo (cayó 2-1) pero para Ramón fue una noche especial. El Picante Pereyra le entregó una camiseta con su nombre. Un homenaje para el socio vitalicio desde 1997, después de varios trámites con el Juez Saúl Silvestre en el proceso de reempadronamiento.


“¿La camiseta dónde está?”, pregunta Pipo y el nieto sale disparado a buscarla. “Me la pongo, eh, no tengo drama”, dice y mueve sus brazos, lentos, pero con el oficio de los que ganaron hace rato. En el patio hay una hamaca amarilla que sirve de arco. Y él chicanea: “Era medio torpe para jugar, yo rompía con todo de 2”, lanza entre risas. Jugó en el club Los Indios, de Paso de Los Andes.


De pronto alza la voz. Irrumpe: “Heredia era el arquero. Sí, Heredia”, dice Ramón y el resto mira con asombro su lucidez.


–¿Cómo hay que hacer para conservar la memoria?
–Tomar vino. Estar en familia.


Después se ríe. Sus bisnietas trepan a sus rodillas. Él se apoya en ellas y cierra los ojos. El tranvía todavía pasa por la 27 de abril. Detrás suyo, Chaplin, en un espejo mira la escena. No hay dudas: ningún recuerdo queda mudo.

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Una voz en el ascenso

Tiene varias anécdotas. Pero hay una que Ramón Posada y su nieto Lucas recuerdan entre carcajadas. Pero de pronto se emocionan al unísono.


“Cuando ascendimos contra Olimpo (en 2006) yo estaba en Bahía Blanca. Termina el partido, todos gritando y nos empiezan a tirar agua. Ahí lo llamé a mi abuelo, muerto de frío, llorando y le contaba todo. Él, acá también lloraba”, recuerda Lucas y ahí nomás lo mira.


“Yo a los partidos lo veo por televisión. Voy poco ahora a la cancha. ¿Insultos? No, soy tranquilo”, dice Ramón, quien es sin dudas de los Piratas que más fútbol ha visto en el último tiempo. Y por ello es voz autorizada para hacer un análisis de lo que hoy se ve. “Ahora no se juega al fútbol. Ahora se pega”, decreta con la convicción de un hombre que devoró domingos de potrero en Alberdi.


Cuenta que el ascenso con River fue emocionante. Y que prefiere ver partidos por tele a escuchar la radio. Él vivió los mejores y peores momentos del Pirata pero todavía pide sueños. “Que siga ganando Belgrano”, exclama entre risas. Y que nadie se olvide de traerle el diario. Es lectura obligada para él. Como cuando iba a la cancha y comía mandarinas a la espera de un gol que ya iba a llegar.

 

Un nieto Piratón

Lucas Posada es hijo de Julio o nieto de Ramón. Todos ellos tienen la sangre bien celeste. Y él lo demuestra no sólo con palabras, sino con hechos. Es que tiempo atrás, y por amor propio, se puso a pintar las paredes del Gigante de Alberdi. Pintó con aerógrafos (pistolas con compresor de aire con aerosol) los murales y completó otros dibujos en una movida de Leo Rivadero y otros hinchas.


El tiempo pasó y le ofrecieron pintar una bandera. “Es la celeste, con un escudo y dos Piratas a los costados. Y dice los Piratas, Celeste de Alberdi. La mostraron con River”, cuenta orgulloso. Tanto como cuando ve a su abuelo con la remera que lleva su nombre: “Ramón” y abajo, clarito: “Vitalicio”.


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