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El navegante solitario que unió los polos y pasó por Córdoba

Gerónimo Saint Martín unió Ushuaia con el Ártico con un pequeño velero. Fueron 10 años de travesía. Dejó su marca en los polos y pasó por Córdoba.

Tierra/mar. Pequeño/inmenso. Austral/boreal. Cordura/locura. Los antónimos ya no se enfrentan. Gerónimo Saint Martín provocó esa unión, esa paz. Este argentino, descendiente de vascos, tomó el timón de su destino y lo llevó hacia donde sintió que tenía que llevarlo. Rompió preceptos y olas, empujado por el deseo.

Y terminó yendo de un polo al otro como cada uno de nosotros va de la casa al trabajo, y viceversa. Este navegante solitario, que estuvo de visita en Córdoba la semana pasada dando una charla y unos bautismos de vela, se animó a los grandes mares con un pequeño velero de apenas seis metros de largo. La historia ya lo tiene marcado con resaltador: lo hizo con el barco más pequeño que logró semejante proeza, en un periplo que, por decisión propia, duró 10 años, entre 1991 y 2000.

La mediterránea Mercedes (provincia de Buenos Aires) lo vio nacer hace 60 años como integrante de una familia de viajeros: su abuelo fue desde Francia hasta Estados Unidos sólo para cazar búfalos y sus padres se casaron y se vinieron a vivir a Argentina. Así, salir a conocer el mundo fue algo natural.

“Debe haber algo de memoria genética”, afirma quien a los 14 años ya hacía dedo para extender sus horizontes. Después, medicina en La Plata, en donde se recibió. Y en aquellos años un obsequio le comenzó a cambiar la vida: “Una novia me regaló un libro sobre la historia de un californiano que, en aquella época, era el tipo más joven que había dado la vuelta al mundo en un velero. Cuando lo leí me dije: esto es genial”.

A través de un amigo, comenzó a entrar en el mundo de la náutica, hasta que se compró su primer kit de barco. En 1986, el pequeño navío estaba listo y comenzó a recorrer el Río de La Plata. “Había una creencia de que ese tipo de embarcaciones no podía pasar de Colonia, Uruguay. Yo fui hasta Brasil y también hasta la Patagonia”, rememora.

Y fue por más: navegar por el mundo. Pensó en un velero más grande. Pero se fue con el suyo hasta Florianópolis, con 300 pesos en el bolsillo. Se iba por dos meses nomás y volvía para hacer el nuevo barco.

Pero lo tentó ir hacia el norte brasilero y allí tuvo una revelación: “Me cayó la ficha de que ese era el momento. Renuncié a mi trabajo en Argentina y me despedí de familia y amigos. La idea era navegar sin un objetivo fijo. Ni tiempo. Sabía que el próximo puerto iba a ser tal, pero no sabía cuánto tiempo me iba a demandar llegar ahí ni cuánto tiempo iba a estar en ese lugar. Y hasta estaba la posibilidad de que en cualquier momento decidía que se acababa y me volvía. Ese fue el espíritu durante casi cinco años, hasta que llegué al Caribe. Ahí nació el proyecto de llegar al Casquete del Polo Norte”.

Pasa que el Caribe no fue el espacio de aventura que imaginó. “La globalización ya había llegado y en esos lugares sos un cliente, no una persona. Dar la vuelta al mundo por los trópicos, que se facilita mucho por el tema del clima, no era lo que buscaba. Entonces nació la idea de unir los polos, aprovechando que yo venía desde el sur”. Y tuvo un par de disparadores que lo motivaron: “Quería conocer esos pueblitos nórdicos, de los que uno tiene la imagen naif con las casitas todas iguales y prolijas, y un pájaro que se llama frailecillo y que vive sólo en el Ártico”.

Con la ayuda económica de dos empresas multinacionales francesas, partió hacia el norte del continente. Tras diversas escalas, llegó a Terranova (Canadá). En el medio del viaje, él mismo fue modificando el barco para acomodarlo a las nuevas circunstancias del trayecto. Luego, Islandia.

Y, finalmente, Spitsbergen, una isla noruega cuya población es la más boreal del planeta. De allí, llegó al deseado e inimaginado Casquete Polar Ártico. Del calor caribeño de 35 grados pasó a los 35 grados bajo cero –“Realmente me cagué de frío”–. El hielo en su forma más pura, brillante e imponente, ubicado en el techo del mundo.

La travesía. Estar en el velero en alta mar significa estar atento a todo todo el tiempo: “Podés dormir 15 ó 20 minutos porque es el tiempo que un carguero que está en el horizonte puede tardar en llegar a tu posición. Cuando tuve radar ya pude dormir un poco más”. El otro gran inconveniente eran los icebergs. Pasó por la zona en donde se hundió el Titanic y se filmó la película Una tormenta perfecta.

Sí, fue en esa zona en la que se registran las olas más grandes del mundo. Y el miedo tuvo su lugar: “El día que no lo tenga en el medio del mar largo todo porque significa que me estoy volviendo loco. Es un mecanismo de defensa. Siempre fui consciente de lo que hacía y me adentré en lugares que nadie había transitado en esas condiciones. Hubo una tormenta impresionante al sudoeste de Islandia y pensé que no zafaba. Si tuviera que haber apostado, viéndolo de afuera, ponía dinero que no la pasaba. Sólo tenía que decidir cómo quería morir: si de frío o ahogado, que eran las dos chances. Pero acá estoy”.

A la deriva. Uno de los mayores inconvenientes fue cuando se quebró el palo del velero, cerca del Círculo Polar Ártico. “Me quedé sin propulsión. Armé un aparejo de fortuna provisorio y tuve la suerte de rescatar el palo antes que cayera al mar. Estuve a la deriva dos días hasta que me crucé con un barco pesquero ruso. No nos entendíamos, pero me ayudaron. Querían que abandonara y fuera con ellos. Pero sólo acepté comida, agua y un baño. Me ayudaron a colocar el palo y seguí”.

Para soportar la malaria, este navegante solitario tiene su fórmula: “Los malos momentos son buenos en el sentido de que son reales y no podés evitarlos. Forman parte de la vida y tenés que capitalizarlos”.

Y agregó: “Tuve buenos momentos por gente que conocí o lugares de ensueño a los que ni el turismo ni National Geografic llegan. Pero algo malo fue estar en sitios tan maravillosos que no pude disfrutar del todo porque estaba solo. En contrapartida, en los momentos difíciles, agradecía estar solo”. En la inmensidad del mar, Saint Martín sacó una conclusión: “Te das cuenta de lo insignificante que somos. Sirve para bajar los decibeles como individuo y especie”.

Las distintas escalas que realizó no sólo sirvieron para reaprovisionarse y mejorar las prestaciones de su nave. Algunas estadías fueron largas y bien aprovechadas: “Trabajé para ganar dinero pero también para conocer mejor los lugares. De adentro se entienden las culturas. Un extranjero no puede conocer Argentina mirando el Obelisco o la Casa Rosada”.

¿De qué trabajó? Lavó copas, vendió globos, procesó pescado, dio clases de idiomas, arregló barcos, fue médico... ¿Muchas vidas en una? “No; es una, mi vida”. ¿Y un lugar en el mundo? “A pesar de todo, Argentina. Podés estar en un sitio perfecto. Pero cuando te sentás a leer el diario y mirás el chiste te das cuenta que no es lo tuyo”.

 

La India, un gigante en el mar

El velero que utilizó Saint Martín en su travesía es un H20, el modelo más vendido en nuestro país. Se trata de una embarcación de 6.13 metros de largo y 2 de ancho, con una cabina de 1,25 de alto. Es un modelo que tuvo su génesis en 1923 y que luego fue modificado y modernizado por Jorge Heguilor.

Cuesta 10 mil dólares aproximadamente. “Un Citroën y una Ferrari Testarrosa son autos. Este vendría a ser el Citroën de los veleros”, cuenta Saint Martín. Ya no se fabrican más, pero La India quedó en la historia. Hoy está en el patio de la casa de su dueño esperando ser parte de algún museo.

En 1986 comenzó a navegar, pero fue sufriendo modificaciones a medida que avanzó en su travesía y que las condiciones de navegación se fueron haciendo cada vez más duras.

Además de la rotura del palo, también sufrió otros percances. Por ejemplo, en Martinica (Caribe), un día desapareció del puerto. Quedó a la deriva en medio del mar, hasta que gracias a avisos de avistaje fue localizada y recuperada. La habían soltado intencionalmente.

Y en Terranova, mientras estaba en el puerto, La India fue golpeada por otro barco, a causa de una tormenta, y el daño provocó que, obligatoriamente, el navegante argentino debiera pasar el invierno en esa isla canadiense.

El nombre de India fue un homenaje a una embarcación que Cristóbal Colón construyó en Santo Domingo y que viajó varias veces entre América y Europa (el genovés le puso ese nombre creyendo que estaban en la India).

 

Lazos

Longyearbyen es un pueblo de 2 mil habitantes. Es el más boreal del mundo. Gerónimo le propuso a alumnos de una escuela que hicieran dibujos y mensajes para chicos de Ushuaia. Y los llevó. Hay 15.802 kilómetros de distancia.

Razón

Este es el Frailecillo, el pájaro que quería conocer Gerónimo Saint Martín y que sólo vive en territorio ártico.

Nadar

Saint Martín nunca nadó en alta mar. Se convenció cuando luchaba con un dorado para pescarlo. Cuando lo sacó, le faltaba más de la mitad del cuerpo. Se lo había comido un tiburón, que sacó provecho de la situación.


Nuevo desafío

El mayor ídolo de Gerónimo Saint Martín es otro argentino: Vito Dumas. También fue navegante solitario. Entre 1942 y 1943 dio la vuelta al mundo, entre otras proezas náuticas. Pero le quedó un desafío que no pudo alcanzar: unir Buenos Aires y Nueva York, sin escalas y en solitario, con un barco de siete metros. Detrás de ese sueño está ahora Saint Martín. “No para superarlo, porque es imposible. Sino para homenajear a Vito”, aclara.

Ya tiene el prototipo del barco, pero le faltan recursos para poder emprender su construcción y, posteriormente, realizar la travesía: “La idea es instalar este desafío, el Desafío Vito Dumas para que después otros lo puedan hacer”.

Mientras, Gerónimo realiza charlas motivacionales, bautismos de vela y traslado de barcos a cualquier parte del mundo. Pero siempre con un desafío por delante.

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