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Nacho y Juanca, mucho más que dos

Amistad especial. Nacho y Olave se conocieron en una concentración, cuando la B estaba último. Y el 1 habla de su hijita especial. Dos amigos y dos familias en una historia entrañable que va más allá del fútbol.

Nacho parado en la mitad del arco. Del mundo. Sobre una línea que divide los hombres especiales de los otros hombres. Él puede cruzar al país donde gobierna lo invisible: que se traza en una risa/un abrazo/un beso. Nacho es -ante todo- un niño que sueña. Que fabrica puentes con las manos estiradas. Que abre los ojos cuando el resto los cierra.

Nacho son 12 años, un quinto grado, cinco novias y Belgrano. Pero es mucho más hincha de Juan Carlos Olave, arquero del Pirata cordobés. Quién también tiene una historia especial con su hijita. Ellos son amigos desde hace tiempo. La vida podría ser eso: la falta de palabras, la causalidad, el encuentro de dos personas enhebradas con maestría. “Soy hincha de Belgrano, Olave es mi amigo, ataja bien, me encanta y siempre vamos al partido juntos, lo quiero mucho”, le cuenta Ignacio Medina a Día a Día. Él será el conductor de la nota. Marcará los tiempos. Las comas. Los puntos apartes. Todo.

Nachito y Olave se conocieron cuando Belgrano estaba último en la B Nacional, en la temporada 2010/2011. Su papá, Ramón, trabajó en un evento para homenajear a Rodrigo Bueno, primo de Olave, y tiempo después cruzó al 1 en el Hospital de Niños. Desde ahí entablaron amistad. Pero todo arrancó en el Hotel Interplaza, donde el equipo del DT Ricardo Zielinski concentra previo a los partidos.

“Una vez lo llevo a Nachito para que salude a todos los jugadores. Resulta que Belgrano al otro día gana y ya casi no volvió a perder. Después, en broma, Olave me dijo que lo trajera, pasó a ser la cábala. Él siempre estuvo cerca de estos niños”, asegura el papá de barba canosa. Cerca está Nacho y agrega: “Me junto a comer rico. Puré, milanesa, ñoqui, pan”, dice con risa breve y no duda: Milanesa con puré es su menú preferido.

El plantel se encariñó de entrada. Aunque con Juanca la historia va más allá. Y Nacho lo deja clarito. “No importa si le hacen un gol, yo soy amigo de Olave. No lo reto y estoy feliz si evita un gol”, comenta mientras clava su mirada en la luz roja del grabador. No hay dudas - las emociones no se graban- por eso escucharlo es la única alternativa. La mejor. Aunque haga de las suyas. “Le como el postre a Olave, el dulce de leche, helado, budín”, pero si le dan a elegir, remata: “Flan con dulce leche”.

Juanca muere de la risa en el predio de Villa Esquiú. Ahí se juntaron para volar un rato de palo a palo. “Una vez fue a visitarnos al hotel y no lo encontrábamos por ningún lado. Nadie sabía dónde estaba hasta que se asomó con el flequillo en la barra del comedor, se había comido casi todo el pan”, rememora. Sí, para Olave no es un amigo más. Él conoce en profundidad lo que pueden dar chicos como Nacho. “Nos hacen preguntar quién es más especial. Somos todos diferentes y ellos tienen capacidades diferentes a las nuestras y mucho mejores. Ellos aman con pureza, nos hacen mirar mucho más allá de nosotros mismos, de ese ego personal”, reflexiona el
el arquero. “Con Nacho tengo una amistad sincera, me abraza, me da besos y al abrazarlo a ese nene es como abrazar a todos, te genera algo interno, me salgo de la burbuja, del problema en el que vivimos nosotros para ingresar un ratito al mundo de ellos donde dan lo mejor”, dice.

Sabe qué se siente. Todo está relacionado. Como calles que terminan por unirse mucho después. “En España (cuando jugó en Murcia) el único colegio que conseguimos para Thiago (el hijo mayor de Olave) tenía integrado varios compañeritos especiales. Mirá vos cómo es esto: mi hijo tenía relación con ellos y luego nació Arantza”, dice y la voz se le anuda.

Arantza tiene siete años y es “especial”, como dice al 1 Pirata. Hoy está integrada en el colegio San Buenaventura. Olave cuenta su realidad. “No es un tema fácil pero no tiene que ser difícil. Nenes como mi hija o Nacho vienen a sacarnos algo más de nosotros. Es una prueba de Dios para ver hasta dónde somos capaces de dar amor. Pero mi señora Ariana es clave, ella se banca todo”, explica. Como si fuera tan fácil. Es una llegada imprevista. “Yo decía ojalá no nos toque un nene con problemitas. Pero ahora que sé qué dan, y lo digo así, con un nudo en la boca, los volvería a elegir”, confiesa Olave. Su nena camina, anda en bicicleta. Y se comunica con papá y mamá a través de un lenguaje de señas. Juanca completa: “Sé que Dios alguna vez me va a permitir que mi hija me diga una palabra. Sueño con poder escucharla”.

Los ojos se le pierden. Dejan de acompañar un discurso. Quedan aisladas. “Te cambian la visión, te das cuenta que hay otras cosas más importantes y en el momento que peor estás, ello saben lo que tiene que hacer, son perceptivos”. El papá de Nacho aporta. “En los partos los médicos siempre me hacían bromas para que no me desmayara. Pero cuando nació Nacho hubo un manto de silencio”, recuerda. Ese mismo silencio se expande en el living de la casa de su hijo tan especial. Que acaba de prender el grabador de su celular BlackBerry y es “periodista”.


“‘Te felicito, tenés un ángel’, me dijeron y tuvimos que salir adelante”. Después vendrían obstáculos con el corazoncito de Nacho. “Una operación duró 12 horas, pasaron nueve y sale un médico. Tenía que caminar 10 metros y no podía porque pensé lo peor”. Nacho abandona la entrevista. Se va a preparar el bolso de su papá que juega al básquet en Unión Eléctrica. Entonces, el hombre agrega: “Es la angustia de lo desconocido, lo que uno no conoce genera angustia, uno no está preparado para esto. Antes quizá quería ser un profesional destacado pero con él aprendía valorar otras cosas, Nacho está para enaltecer a las personas”.


No sólo para enaltecer a las personas. Es seductor como pocos. “Tengo cinco novias. Yamila, Jopi, Cata, María Paz y La Chelo”, enumera.


–Estás seguro de nombrarlas, se te van a enojar todas...

Sí. Las chicas gustan de mí.

–¿Alguna novia es de Talleres?

–Nooo.

¿Qué es la inteligencia? Acaso una serie de estudios pueden medirla. ¿Pero quién puede sentirla? Por eso Olave refuerza: “Me gusta el término de nenes especiales. No son discapacitados, en todo caso, todos somos discapacitados. Si se puede, deben estar integrados a los colegios. Arantza aprendió mucho en el contacto con los otros chicos y a su vez esos nenes denominados normales ven otra realidad, los nenes especiales vienen a ponerse al servicio de los demás”. Y sigue: “Pasamos mucho buscando la gloria del éxito y la gloria no viene de la mano del éxito, sino en ponerse al servicio del otro, es una bendición de Dios, somos todos diferentes, pero ellos son especiales”. Por eso, él va a todos lados con su hija. El camino de la estimulación integra siempre. “Mucha gente no conoce esta temática o no sabe cómo tratarlos. Yo les diría que se dejen abrazar por un nene así y ahí van a ver”, concluye Juanca.


Nachito ya no juega con la Play. Ahora se agacha como Olave para atajar una pelota en el pasillo de su casa. Después prende la tele y pone el tema de Michel Teló, Ai se Eu te Pego y menea su cintura con irónico desparpajo. Después llega el final. Inés, la mamá, abre la puerta. Mira como si buscara en él una explicación. “El mundo se nos venía abajo. Pero no podía seguir llorando y dije basta”, cuenta y otra vez enfoca a su hijo vestido de Olave. Nacho ríe y asegura: “Olave es feliz conmigo”. Juega con su ídolo. Elige el arco más grande de todos. Se para sobre la línea de cal, vuela. Existe una distancia entre un mundo y otro. Él es capaz de cruzarlos y hacerlos uno solo.

Nachito "cábala". Fue a la concentración a visitar al plantel cuando estaba casi último en la B Nacional 10/11. Pero la B empezó a ganar y no dejó de ir a la concentración. Con Olave es pura amistad pero todo el plantel lo quiere y disfruta de su visita. Crack.

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El texto original de este artículo fue publicado el 06/10/2012 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición digital para leerlo igual que en el papel.
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