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Mundial Brasil 2014: el gol de Mascherano

El símbolo. Masche jugó un partido de 10 puntos. Le tapó a Robben la única que el 11 tuvo, en un quite que recordaremos por años. Un huevudo.

Entra la mujer a la verdulería, toma tres bolsitas de nailon, de las trasparentes, y en una carga tres tomates. En otra mete una plantita de lechuguín. Y en la tercera; dos cebollas color piel. Se dirige a la caja y antes de preguntarle al Lito “cuánto es” le hace un gesto con la cabeza como indicándole algo más. “Esto”, pregunta el hombre tras el delantal. “Sí”, dice la mujer, “envolveme media docena de Mascheranos. Que sean frescos, eh…”, sentencia con naturalidad.

Los huevos dejaron de ser huevos señores. A los huevos ahora se los llama Mascherano, o al menos esta señora eligió nombrarlos así. Y está muy bien.

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El partido del ex jefecito, hace rato ya que es el JEFE, fue brillante frente a Holanda. Tal vez de lo más alto en el rendimiento individual de este equipo al que a veces le falta brillo, pero al que le sobra corazón. Y es Masche el que oxigena y oxigena el sistema, porque ordena, porque manda, porque organiza, porque lidera adentro y afuera, porque se la da el 95 por ciento de las veces a un compañero, porque entiende que Messi es el líder que debe llevarse las tapas de los diarios, porque, porque, porque...

Mascherano ya era símbolo de la Selección antes de este Mundial. Pero ayer metió una pata gigante en la historia de nuestro fútbol. Seguro que los holandeses, cuando recuerden de acá a 30 años este partido maldecirán a Chiquito Romero por esos dos penales que les tapó. Pero el héroe que hizo posible esa definición fue el 14 nuestro. Eso recordaremos nosotros, nuestros hijos y se lo contaremos a los que vendrán: ese cruce al límite de todo, ante ese rayo talentoso llamado Robben, ese asesino letal del gol que se pasa el partido relojeando todo, esperando el momento para hundirte en el peor de los lamentos.

Y Masche le dijo “no”, por acá no pasa usted maestro. Acá, en el fondo, acá también mando yo. Quedaba nada para el final de los 90 y el 11 naranja tuvo la suya, la única: pisó el área con la pelota dominada y se perfiló para su izquierda. Zabaleta quedó en el camino. Robben la alargó unos metros y rápido sacó el cuchillazo con la zurda. Romero se inclinó, se apoyó sobre su rodilla derecha y extendió su otra pierna. El Itaquerao completo se puso de pie. Millones de argentinos gritaron “noooooo” frente a los teles. Y ahí, justó ahí, apareció de la nada misma la punta del botín derecho de Masche, para sacarla al córner. Al límite. ¿De dónde salió? Sin margen para el error y ante el simulador más importante de este tiempo, el peligro se esfumó.

Antes ya había quedado tendido medio grogui tras ligar un cabezazo en la mitad de la cancha. Mascherano –perdón por la repetición–es sinónimo de huevo, pero de huevo duro, que no se rompe, que aguante cualquier sartenazo.

Y el final, tras el parto de los penales, con la hazaña bajo el poncho, fue puro desahogo. Se abrazó, gritó, pero sobre todo lloró. Se le hincharon los ojos de emoción, como a todos. Y cuando le tocó hablar en la zona mixta ante los periodistas tiró una frase como para poner en dimensión lo alcanzado: “Disfruten, porque esto pasa sólo una vez en la vida”. Clap, clap, clap, ¡Gracias Masche! Prometo que al próximo lomito no lo pido “completo”, lo pido “Mascherano”.


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