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Maradona y Malvinas: sin más armas que un 10 en la camiseta

Diego Maradona fue el artífice de la “venganza” ante los ingleses. El día del gol, el 22 de junio de 1986 abatió a Inglaterra, con el recuerdo fresco de la guerra.

Un fusil con punta de botín. Un colchón de cabello en forma de casco. Diego Maradona tiene una coraza en el corazón. Y un arma infalible de número 10. El 22 de junio de 1986, en su estado beligerante más elevado, decidió declararle la guerra a Inglaterra. “¿Sabés una cosa Pedrito? No puedo sacarme de la cabeza a los pibes de Malvinas, quisiera ganar por ellos”, le dijo Maradona a Pedro Pablo Pasculli en la concentración argentina.

Maradona había dormido mal en esa habitación demasiado humilde para un próximo campeón del mundo. Con Pasculli, cama a cama, hablaron largo y tendido de eso que sucedería al otro día. Las heridas aún drenaban luego de cuatro años de una tragedia nacional como la guerra. Y el armamento para la ocasión era el mismo que 20 años atrás ante esa misma selección, en su propia casa, en aquel Mundial de 1966. Antonio Rattín quien también tenía el 10 en la espalda fue el que se rebeló en Wembley apretando la bandera inglesa del banderín del córner, tras ser expulsado por un árbitro escandaloso.

Después de dos décadas, a Diego no le bastó con que Rattín se burlara de la corona británica escupiendo la pomposa alfombra roja. En México, Maradona completó algo inconcluso. Y la carga de la herida más fresca de la guerra era elocuente. El 10 fusiló con sus pies a todo un ejército de camisetas blancas. Desparramó su gran mancha de orgullo y, a su manera, vengó a aquellos chicos de la guerra.

Diego fue estratega en el primer tiempo. Invadió de a poco el terreno inglés. Colonizó la puerta de área con algunas apiladas torbellinas burlando la defensa anglosajona. Un trastabillo terminó con su cabeza impactando de lleno en el estómago de Sansom. Fenwick había salvado una avanzada antes. La fortaleza era invulnerable. No alcanzaba. Maradona violó los tratados internacionales de la pelota antes de un tiro de esquina desprendiendo el banderín del rincón hacia un costado. Pero el juez de línea lo obligó a cumplir con la norma. El 10 enfundó entonces el banderín para que flameara otra vez. Lo que el capitán hacía con esa acción era adueñarse de la atención y cercar más la trinchera rival.

En el segundo tiempo, Dios se vio forzado a cometer pecado. Se tentó. Un mal despeje hacia atrás revoleó el balón por el aire. Y Diego puso su mano. Un puño. Un gol. La trampa. La burla. Maradona se vengaba, de la peor/mejor manera a los seis minutos. “A veces siento que me gustó más el de la mano, el primero. Ahora sí puedo contar lo que en aquel momento no podía, lo que en aquel momento definí como La mano de Dios... Qué mano de Dios, ¡fue la mano del Diego! Y fue como robarle la billetera a los ingleses, también”, rememoró el Diez.

Argentina celebraba la obra del altísimo. Los ingleses rabiaron a más no poder y quisieron embestir. A los nueve de ese segundo tiempo fue el diablo el que actuó en consecuencia. Poseyó a un Maradona inescrupuloso y, con la belleza exhuberante de su arte, terminó por destrozar a la armada anglosajona. Las piernas, las patadas y los empujones no pudieron con él. La magia celestial se mezcló con la furia infernal en tan sólo un partido de fútbol.

Y Diego así lo recordó: “Era como ganarle a un país, no a un equipo de fútbol. Si bien nosotros decíamos, antes del partido, que el fútbol no tenía nada que ver con la Guerra de las Malvinas, sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como a pajaritos... Y esto era una revancha, era recuperar algo de las Malvinas. Estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes muertos, a los sobrevivientes”. El gol más grande de todos los tiempos era el fin de una venganza esperada. Y el descuento inglés apenas una anécdota.

Argentina sonreía sin más armas en las manos... que un 10 en la camiseta.

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