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Manolito, el arquerito cordobés que estuvo al borde de la muerte y volvió a jugar

La historia de Manuel Amaya, arquero de 9 años de Atlético Carlos Paz que estuvo un mes internado y se salvó de “milagro”. Volvió a jugar y es muy querido en su club.

Vuela Manolito contra un palo y saca una pelota de esas bravas, difíciles para todo arquero.

Detrás de ese mismo arco, su mamá Nidia llora en silencio, apretando los dientes. Con esa extraña reacción de nosotros, los seres humanos, cuando lloramos de felicidad. A su alrededor, pocos entienden por qué esta señora llora por una situación común y corriente. Que sucede mil veces en un partido de fútbol infantil. Pero a ellos no. A ellos, los Amaya, la familia Amaya de Carlos Paz, les pasó una de esas que no se les desea a nadie.

Por eso la mujer llora así, mientras Ramón, su esposo y papá de Manolito, la abraza firme, pero sin que nadie pueda verlo.

Manolito se llama Manuel Anibal Amaya, tiene 9 años y juega para los cebollitas de Atlético Carlos Paz. Es arquero y uno de esos personajes que habitan en todos los clubes. Ese pequeño que le arranca sonrisas a todos. Que siempre está dando vueltas por el club, con sus guantes puestos, dispuesto a atajarle un pelotazo a quien quiera patear. Pero no todos fueron sonrisas y pelotazos.

En noviembre del año pasado, llegó un mediodía del colegio primario Remedios Escalada, con un fuerte dolor de cabeza.

Fue el inicio de un mes traumático donde a Ramón y Nidia los doctores les pidieron que rezaran, porque lo de su hijo precisaba de un milagro.

Fotos gentileza familia Amaya.

“Esto fue en el mes de noviembre del año pasado. Manolito va a la escuela Remedios Escalada de San Martín, a tercer grado, acá en Carlos Paz. Y ese día vino con dolor de cabeza, con algo de fiebre. Algo normal, lo que siempre sucede con los chicos. Ese mismo día lo llevamos al pediatra. Le dio los remedios clásicos. En un par de días se iba, supuestamente... Pero siguió igual, con más temperatura. Cambiamos de pediatra pero seguía igual. Pasaron cuatro, cinco días y el cuadro ya era preocupante. Yo lo conozco al director del Hospital Funes de Carlos Paz y lo llamo. Me dijo que lo llevara y nos fuimos. Estuvo un par de días y nadie le encontraba qué tenía. El chico estaba con fiebre permanente. De ahí nos derivan a Córdoba capital, al Hospital Municipal de Alta Córdoba”, relata Ramón, su papá.

Allí comenzaría el peor mes en la vida de esta familia que la componen sus otros dos hijos mayores: Facu (21 años) y Moisés (25). Este último, también arquero y de la primera de Atlético Carlos Paz.

Todos ellos siguieron con el corazón en la mano como Manolito jugaba el partido más difícil de su vida, con apenas 9 añitos.

“Estuvo 11 días incomunicado, aislado, la única que entraba era mi señora, los médicos entraban y salían con barbijo. Manolito tenía una cefalea, algo que se le había instalado detrás de los ojitos que le producía el dolor de cabeza. Estuvo ahí de la meningitis. Nos asustó. En un momento dado los médicos nos dijeron: ‘recen’”, agrega su papá. “Los médicos nos daban palabras de aliento, pero en nuestro caso, que nunca tuvimos problemas con los otros chicos, fue muy duro. Entrar a la sala y verlo a Manolito con respirador, con los cables, se te cae el mundo. Lo punzaron, le sacaron líquido de la columna. Le sacaban sangre de todos lados. Tantas cosas pasó este chico... Hasta que lo sacaron a flote y anduvo bien, gracias a Dios. En los últimos meses nos quedaba esperar que no hubiera consecuencias. Y por suerte quedó bien, quedó bárbaro. Volvió a caminar de a poquito. Sólo tengo palabras de agradecimiento para todo el mundo”, dice su viejo, emocionado.

Fotos gentileza familia Amaya.

Contra todos los pronósticos, en febrero Manolito ya estaba otra vez en el club, volando de acá para allá con los guantes puestos. Como si nada hubiera pasado. “Esto no se lo deseo a nadie. Es impotencia pura. Ahí te cae la ficha... El agua se te va entre las manos. Ahora verlo jugar, es una emoción muy grande. Este año, en el mes de febrero, marzo ya estaba jugando. Estamos felices. También juega al básquet. Hace de todo. Anda de diez”, agrega papá Ramón. “Mi señora Nidia se comió el mes que estuvo fuera de casa Manolito. Se fue un día martes y volvió 30 días después. Fue todo un proceso muy difícil. Son pruebas que te pone la vida. Muchas veces nos quejamos de pavadas. Nos quejamos de cosas tan simples. Y vos decís, cómo se te puede complicar tanto. Como vino ese virus a caer ahí. Parecía que se nos terminaba todo. Cuando nació Manolito la familia estaba un poco dispersada, cada uno andaba en la suya. Manolito nos unió a todos. Lo supimos aprovechar y ahora verlo así, nos hace felices”.

La familia Amaya vive en el barrio Las Malvinas, a unas 10 cuadras de la cancha de Atlético Carlos Paz. Y si algo les sobra, es corazón. Ramón trabaja como cartero en el correo desde hace 30 años y sabe bien lo que es lucharla de abajo. Amante del fútbol y periodista aficionado, más de una vez anduvo sin un peso en el bolsillo por hacer algún programa de TV sobre los equipos de Carlos Paz.

“Ahora ya está, no reniego más… Pero llegué a pedir fiado para darle de comer a mis hijos. Ahora queda disfrutarlo. Por eso vamos todos los partidos a la cancha. Vamos los cinco en el auto a verlo. Compartimos cada momento. Llega el día de partido y es acomodar los bolsos para ir a la cancha a verlo”.

Se dice que en el fútbol el puesto más ingrato es el arco. Ahí donde Manolito logra arrancarle una lágrima y una sonrisa cada domingo a su mamá. “Mi ídolo es un chico que juega en Talleres, que se llama Gonzalo Klusener... Y de arquero, (Sergio) Romero, el de la Selección. Me gusta mucho como ataja. Y también Moisés, mi hermano… Y mi sueño es jugar en Talleres y en Boca”, dice y se ríe de lo lindo.

Siga volando, Manolito. Nunca dejés de volar.

Fotos gentileza familia Amaya.

Los Amaya, todo vuelve

La familia Amaya es muy conocida en Carlos Paz, ante todo por un gesto que los define en esa ciudad. Por eso también son queridos.

Es que desde hace 20 años, para las fiestas, papá Ramón se disfraza de papá Noel y la familia sale, toda junta, a repartir regalos y golosinas a los niños de los barrios más carenciados.

Si pensamos que “todo vuelve”, tanto lo bueno como lo malo, seguramente la suerte o el destino (para los que creen en ellos), habrán ayudado para lo que sucedió a Manolito.

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