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La renuncia de Héctor Rivoira en Instituto: Simplemente, el Chulo

Un punto de vista respecto de la dimisión del ahora ex entrenador de La Gloria, que este martes se despide del plantel.

Nadie hubiera aguantado tanto. Nadie hubiera soportado una campaña tan paupérrima de local ni 8 derrotas en los últimos 10 partidos.

Nadie hubiera puesto el cuero en un momento tan bravo cuando llegó. 

Y quizá nadie se hubiera arriesgado a agarrar un plantel con muchos jugadores del club. Una apuesta que podía salir muy bien o muy mal (como salió).

Nadie hubiera sido si no era Héctor Rivoira. Y así le fue al Chulo. 

La historia terminó mal, pero tuvo momentos de un amor platónico que fue real.

El mural, la cancha coreando su nombre aún en las derrotas y el inolvidable "Olé, olé, Chulo, Chulooo", seguirá en la piel de Rivoira y en la gente de Instituto.

Con el diario del lunes se podrá decir que si se iba tras el campañón que hizo la temporada pasada luego de meter al equipo en semifinales por el segundo ascenso todo sería color de rosas. Se iba por la puerta grande.

Pero decidió quedarse aún con el peligro latente de poner su idolatría en riesgo.

A la luz de los (pésimos) resultados, eso no pasó. El amor no se rompió.

Y eso no es poca cosa. Los recuerdos y las fotos de los años felices seguirán ahí.

Quizá debió aceptar irse antes (la relación con el plantel estaba y está "rota"), pero el afecto de y con Instituto y su testarudez lo sostuvieron hasta lo insostenible. 

Rivoira se va siendo el mismo Rivoira que vino. 

Simplemente, el Chulo.

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