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La noche en la que Ramón Ábila se convirtió en "Wanchope"

El gran goleador de Huracán y figura del torneo de primera, Ramón Ábila, tiene un origen en el fútbol profesional de incertidumbre, esfuerzo y perserveracia. Así se convirtió en "Wanchope".

Un día me lo crucé en el pasillo del Monumental de Alta Córdoba. En la cancha, el grupo de jugadores de la Primera de Instituto entrenaba a las órdenes de Darío Franco. Pero él, no.
 
Había llegado y se había cambiado, porque eso correspondía y es lo que debía hacer según su contrato. Era jugador de Instituto. Todavía era. Hacía poquitos días había llegado de un préstamo en Deportivo Morón, en la B Metropolitana, que no había salido nada bien.
 
Estar lejos de Córdoba, de su barrio Remedios Escalada, de sus amigos, de su familia, de su mamá Gloria, no le había hecho nada bien como algunos pensaban. Sí, hizo algunos goles, pero no era el Negro Ramón que todos conocían. Estaba triste. Igual que esa mañana que lo crucé en el pasillo del estadio de Instituto.
"Se ve que tenemos lepra, somos leprosos, no nos dejan entrenar con el resto", me dijo.
El Negro Ramón, junto a un grupo de cuatro o cinco jugadores más, habían sido marcados por un directivo. No iban a ser tenidos en cuenta. Ni le dieron chance de hacer fútbol y que el DT los viera.
Se decía que "estaba en otra", que "le gustaba la joda", que "no era profesional", que "estaba gordo", que "no le daba" para jugar en B Nacional.
Ramón agarró el bolsito ese día y se fue de su segunda casa, de la cancha de Instituto, más triste que nunca. Pero se juró volver.  Fue el click que necesitaba. Juntó bronca y se prometió revancha.
 
Otra vez un préstamo y el lugar elegido fue Sarmiento de Junín. Las cosas mejoraron. Hizo más goles, como siempre en su vida, con la camiseta de Unión Florida en la Liga Cordobesa o en el barrio, por guita. Siempre hizo goles. De los importantes.
 
Ramón Ábila se ganó un lugar en la consideración a fuerza de goles.
 
Pero eso tampoco bastaba para hacerse un lugar en Instituto a su regreso. Hasta estuvo cerca de quedar libre. Pidió y suplicó una oportunidad. Solo una chance. Y alguien lo escuchó.
 
Fue una noche contra Brown de Adrogué, en la temporada 2013/14. A Instituto no le salían las cosas cuando Kudelka miró al banco y le dijo al Negro: "Entrá". Entonces, Ramón agarró la primera pelota que tuvo y encaró.
 
Contra sus miedos, contra los que le dijeron que no iba a poder, contra ese dirigente, contra todas las cosas que le faltaron de pibe en su barrio.  Y los pasó a todos. También a varios defensores rivales y metió un gol que lo puso en otro lugar, en otra posición. Había vuelto.
 
Ramón Ábila se ganó un lugar en la consideración a fuerza de goles.
 
Lo que vino después es todo lo que lo estuvo esperando: goles y más goles importantes. La idolatría del hincha de Instituto, un pase a Huracán y un reconocimiento a nivel nacional e internacional por ser uno de los últimos goleadores de barrio que quedan. A fuerza de potrero y picardía en el área se ha convertido en uno de los mejores delanteros del país.
Lo quiere Boca, también desde Europa. Y cada tanto vuelve a su barrio para comer en una tabla con su viejo Ramón y los gomías de siempre un asado para 15 con un cuchillo y un tenedor. 
Y hasta se da una vueltita por el Sargento para ver a su "Dios", la Mona. Tampoco se olvida de ir a la sede de la Gloria a pagar la cuota de socio, como cada mes. Ramón Ábila, el Negro Wanchope, seguramente seguirá haciendo goles. En Huracán y quizá en Boca, con su ídolo Carlitos Tevez al lado. Otro que la peleó de abajo como él.
 
Pero nunca se olvidará de ese 1 de septiembre de 2013, y ese gol del 2-1 ante Brown de Adrogué, con la camiseta 18. 
 
Fue la noche en la que Ramón Ábila se convirtió en "Wanchope".
 

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