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La Gloria lo moviliza

Pasión sin límites. Ricardo Baffaro, ex directivo albirrojo, lleva desde hace 20 años a su hijo a la cancha. Y Luciano se siente un hincha más, pese a la parálisis cerebral que lo postró en una silla de ruedas.

En la cancha es un hincha más. Se imagina saltando en cueros con los de la popular, se llena los pulmones con el aliento que cruza desde la Sucre como un ventarrón y mira de reojo la tribuna de la máquina de escribir, que también se hace escuchar. Y la platea le cuida las espaldas y vela por sus sueños de ver a Instituto campeón. Como en cada partido, cuando se pega al alambrado detrás de los bancos de suplentes, desde hace 20 años. La mitad de su vida. Y siempre con su viejo al lado, como tantos otros bendecidos en una cancha, en una tribuna. En el gozo y en el llanto; en las lágrimas que pueden ser indistintas porque también supo lo que es llorar de felicidad. Como cualquier hincha.

Desde la silla de ruedas, Luciano Baffaro (38 años), se siente un hincha más. Y así prefiere que lo traten, pese a la cruel parálisis cerebral causada por un paro respiratorio a las ocho horas de nacido, tras seis meses de gestación. Contra todo y aferrado a la vida, con su familia como sostén y su padre, Ricardo Baffaro, ex dirigente de Instituto y actual tesorero de la Liga Cordobesa de Fútbol, como fiel compañero en las aventuras futboleras, Luciano se negó a quedarse postrado en su casa de Alta Córdoba. Por eso lo verán siempre en el Monumental. Come su choripán con la Coca, agita la mano eufórico saludando al equipo y entona las canciones de la barra, porque se las sabe de memoria. Le cuesta articular, balbucea, pero las canta con el alma. Ah, y también insulta en todos idiomas.

“Siempre quise ir a la cancha con mi hijo. Además de Luciano, que es el segundo, tengo tres hijas mujeres. Y son futboleras, sobre todo la mayor, pero me gusta llevarlo a Luciano. Nunca lo escondimos. Probamos una vez allá por los comienzos de los ‘90, le gustó y durante la semana preguntó cuándo jugaba de nuevo Instituto. Y así se volvió costumbre llevarlo, salvo cuando llueve”, evocó Ricardo.

Y explicó lo de la condición climática. “Una tarde se largó a llover y no habíamos llevado paraguas. Volvimos a casa empapados y cuando la madre lo vio, él se largó a reír y dijo: ‘Estoy mojado hasta los huevos’. A Analía, mi esposa, no le atrae el fútbol pero no puso reparos para que lo llevara a la cancha. Salvo cuando hay tormenta”, recapituló.

Para Luciano, el ritual incluye además estar enfundado en los colores albirrojos. “Tiene varias camisetas regalos de jugadores. Por ejemplo de Daniel Miliki Jiménez y de la Lora (Nicolás) Oliva, que le trajo una de Japón y le dio otra una tarde en la que le ganamos 3-2 aAlmirante Brown y metió los tres goles, uno de tijera. Se la puso así, toda transpirada”, detalló Ricardo. En la lista también hay que agregar los regalos de Julio Chiarini y Mauricio Caranta, y los primeros guantes que tuvo, obsequio de Damián Maltagliatti.

Luciano es fanático de Instituto y de Alta Córdoba. Como a muchos albirrojos, el Kempes no lo atrae. Sin embargo, su padre todavía lleva a flor de piel la emoción de aquel ascenso de 2004, contra Almagro y con el Gol de Oro del Tano Renato Riggio. Y como se reflejó en las lágrimas de su hijo. Una jornada de Gloria. Como también hay de las otras, cuando Instituto pierde y Luciano vuelve tan enojado que no quiere comer y pasa directo a la cama.

Del equipo de todos

De Instituto y de Boca. Son los clubes de Luciano, que de todos modos mira mucho fútbol por la tele. Y estuvo prendido al Mundial de Brasil.

“No se perdió ningún partido, y en la final insultaba tanto que lo tuve que contener”, reconoció su padre. Veía los partidos con la camiseta de la Selección puesta, firmada por Lionel Messi, regalo de Gerardo Albornoz, supervisor de campos de juego de la AFA, que lo conoció en una inspección al Kempes.

El fútbol es una de sus atracciones, y también la música y los motores. “Le gusta el rock nacional y es fanático de Sergio Denis. Se prende mucho en los talleres musicales el centro de rehabilitación Alegría, al que concurre. Y también va al taller de mi amigo Wilson, de electricidad del automotor. Intenta ayudar y es más lo que se engrasa, así que los dos terminan a las carcajadas”, completó su padre.

Aquel ascenso en el otro Monumental

Luciano Baffaro formó parte del éxodo albirrojo al estadio de River para la revancha de la final con Chacarita, en 1999 y con ascenso de la Gloria. Una odisea que su padre Ricardo rememoró. 

“Llegamos al Monumental y el sector habilitado para sillas de ruedas estaba en la tribuna de hinchas de Chacarita. Nos tuvimos que quedar ahí. Recuerdo que el encargado de seguridad del estadio ordenó un cordón policial y después nos enviaba hamburguesas, porque estuvimos varias horas ahí, quietos. Había un hincha que estaba como loco y nos insultó un montón. Luciano lo miró y me dijo: ‘Se quedó caliente este’. Al final pudimos salir y volvimos en caravana a Córdoba, en ómnibus de hinchas. Fue inolvidable”, concluyó Baffaro padre.


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