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Dybala y la lotería de la vida

El pibe de Laguna. Su vida en el pueblo. La quiniela familiar que alguna vez atendió. La pérdida de su viejo. Paulo Dybala, detrás del fútbol.

Paulo tiene apenas 10 años. Estira las puntas de los pies y asoma los ojos celestes por el mostrador cada dos por tres. Los vecinos que se acercan al local le tocan la cabeza y charlan con su viejo. Papá Adolfo va a salir. Y le pide que cuide la quiniela por unos minutos. La calle Hipólito Yrigoyen, bien al frente de la terminal en Laguna Larga, está desierta. Como casi siempre.

Entonces, Paulito siente que es su gran oportunidad. La chance de jugar. De apostar. Entonces, juega dos pesos al número que tiene en mente. Un número cualquiera. La travesura está consumada cuando vuelve Adolfo y pregunta si alguien entró a la quiniela. Paulito dice: “No, papá, no entró nadie”. Y se guarda su “pecado”.

Será recién al otro día cuando lo confiese en el almuerzo familiar. Y después de ver que aquel número que jugó salió a la cabeza. Ganó 30 pesos. Todos sonríen y festejan la travesura de Paulo. El chico que siempre quiso apostar. En la lotería de la vida.

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“Cuando llegués al pueblo pregunta dónde queda la casa de Paulo. Te van a saber guiar”, avisa su hermano Mariano. Es domingo. Hace calor. Y pasaditas las cinco de la tarde, cinco grones le dan a las bochas en un baldío. Se detiene el auto de Día a Día, baja el vidrio y antes que alguien pregunte, un pelado con la camiseta de Sportivo Laguna Larga ya sabe qué respuesta se busca. “Doblá a la izquierda y agarrá el codito. Ahí vas a llegar a la casa de Paulo. Es al frente de la terminal. Bien al frente”, avisa y saluda.

La quiniela “La Favorita” sigue ahí. Impecable. Al lado, el bar mantiene el ritmo inalterable de los domingos. El fútbol. Dos cafés. Y el quiero vale cuatro que se escucha de fondo. Afuera, dos pibes saborean una birra helada con Speed. “¿Lo vienen a ver a Paulo? Es un grande ese pibe. Yo soy amigo de su hermano. Paulito es muy humilde. No cambió con todo esto. Tocá ahí, al lado de la quiniela. Ahí vive”, tira.

El timbre suena dos veces y aparece Paulo. De entrecasa. Short y ojotas. Con el Blackberry en mano. Hace un rato, mamá Alicia le hizo unas hamburguesas a la parrilla que pidió especialmente. Y ahora está viendo fútbol. Como casi siempre. “Pasen a la cocina, vengan”, invita la señora de la casa.

“Vayan a la canchita del Seba. Ahí empezó todo”, dice su vieja, que sirve coca. Es la madre que cualquiera quisiera tener. La mujer que se enamoró de Adolfo, aquel jugador de Newell’s de Laguna Larga. Un volante central que dio que hablar en los ‘80. Que pintaba para el fútbol grande. Pero nunca tuvo los recursos para llegar.

Con él tuvo a Gustavo, Mariano y Paulo. Con él armó una familia en la que el fútbol siempre fue el eje de las sobremesas. Las charlas constantes. Con él siguió a sus tres hijos a cualquier cancha en la que jugaran. Y, con él, acompañó al menor en su sueño de triunfar.

Adolfo, el Chancho para los amigos, es ese hombre que todos recuerdan aún en Laguna Larga como un hombre de bien. Que siempre quiso enseñarle la profesión de quinielero a su mujer, que no quería aprender “porque me vas a hacer laburar”. Pero tuvo que hacerlo a la fuerza. El 26 de septiembre del 2006, Adolfo se fue por un cáncer que no pudo gambetear. Y la familia Dybala sintió cómo en la lotería de la vida a veces se puede perder todo. Todo de verdad.

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La canchita del Seba ya no está. El avance de Laguna Larga se la devoró. Ahora es un parque de diversiones llamado la Ciudad de los Niños. Antes, cuando Paulito tenía cuatro o cinco años, era el potrero por excelencia. Allí, Sebastián Barrionuevo juntaba a los chicos del barrio y se jugaban partidos inolvidables. Hasta que mamá Alicia iba a buscarlo para ir a merendar. “Era un lugar hermoso. Acá se juntaban todos los pibes de mi cuadra. Y al costado había todas gomas de camiones. Esa era la tribuna donde se sentaba la gente a vernos”, cuenta Paulo. Ahí empezó este viaje de Dybala. Que luego pasaría por Sportivo y Newell’s de su pueblo. Una localidad “triste” como la define su hermano Gustavo, pintor de profesión. Laguna tiene apenas 8 mil habitantes. A 50 minutos de Córdoba por la autopista. Y es un pueblo que aún conserva los esqueletos de esa vieja Ruta 9 que dio de comer a tantas familias. Hoy ya queda poco de aquellos comercios.

Por esa vieja ruta viajaba Adolfo Dybala junto a su hijo Paulito cada tarde en un Vectra negro a gas para ir a La Agustina. Donde el menor de la familia entrenaba. El club que le recomendaron. Porque en Instituto iba a, tal vez, tener la chance de llegar a Primera.

Cuando papá Adolfo faltó, Paulo “se trabó”. La vida se puso en pausa. Y no quiso seguir. Se volvió a Laguna para “refugiarse” en sus afectos. Instituto no quería darle el pase, pero aceptó cederlo a préstamo a Newell’s, donde jugó seis meses. Los peores seis meses de su vida. En los que extrañó a rabiar a su viejo. Como lo sigue extrañando aún hoy cuando mira al cielo después de dejar tirado en el piso a otro arquero y mientras miles de tipos en la tribuna gritan gol. Gol de Dybala. La Joyita de la Glo.

“La gran pena de todos es que Adolfo no haya podido verlo triunfar. Es lo que me hace un tajo en el corazón. Es una pena, porque era su sueño. Que Paulito llegara a Primera. Me acuerdo que cuando era pibito, tenía dos o tres años, le decíamos curita. Porque la camiseta de fútbol le quedaba tan grande que le daba a las rodillas. Paulito parecía que tenía una sotana. Era un piojito. Así y todo gambeteaba a todos. Era un infierno. Todos sabíamos que iba a llegar. Tenía pinta de crack”, dice su vecino de toda la vida, Eduardo Coirini, que pasó a saludar a Alicia y a tomar unos matecitos el domingo por tarde.

“Es un gran pibe. Que no se mareó. Su viejo estaría orgulloso. Muy orgulloso”, agrega Eduardo, que se limpia un par de lágrimas detrás de los anteojos. Y se va.

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El 2012 es un año movido para Paulo Dybala. Se fue a vivir solo, a un coqueto departamento de barrio General Paz. Dejó la pensión de La Agustina, donde también quedaron muchos amigos. “Pero todo tiene que ver con madurar. Ahora me tengo que cocinar, hacerme cargo de la ropa. Pero le traigo toda la ropa sucia a mamá para que la lave”, se ríe. Mamá Alicia asiente por detrás. “No viene nunca. Y cuando viene uno quiere disfrutarlo. Tratar de hablarle de otra cosa. Nada de fútbol. Sacarlo de todo esto”, dice su vieja. La que se hizo cargo de la casa y hoy cada mañana se levanta para abrir la quiniela. La que sigue trabajando a pesar de que los vecinos le dicen que “deje de laburar”. “No, yo no voy a dejar. Paulo es Paulo y yo soy yo. Voy a seguir trabajando, como siempre”, cuenta. Es Alicia. La que prefiere mirar los partidos por tele, porque en la cancha se pone nerviosa.

Paulo sigue mirando Boca. El club del que es hincha, además de la Gloria, claro. No paran de aparecer mensajes en su celular. Explota también su Twitter (@PauDybala_JR) la red social donde los fanáticos le dejan mensajes constantemente. Y él se anima a ir cronicando su día a día. “Me gusta. Es una forma de comunicarme con mis seguidores. Ya tengo más de mil, eh”, se jacta.

Su año también se compone de su primer auto. Un Seat Leon negro que tuvo como anterior dueño a Silvio Chino Romero, con el que le gusta salir a pasear por Laguna junto a sus amigos de siempre: Martín, Agustín, Manuel y varios más. También un pre-contrato con la firma Nike, que lo vestirá de aquí en adelante. Por eso, viaja seguido a Buenos Aires para buscar pilcha y botines. La lotería de la vida, que le dicen. Que puede ponerte arriba o abajo, según quiera.

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–Dybala arrancó en Sportivo. Yo lo vi con mis propios ojos.
–No, no. Dybala se inició en Newell´s. A mí con eso no me vengas.

El diálogo es común en los bares de Laguna Larga. Y en la sede de ambos clubes hoy por hoy. Es que ese pequeño pueblo que tiene como máximo orgullo la Fiesta del Trigo que se realiza cada año en Sportivo, ahora tiene un nuevo hijo prodigio. Y es Paulo, quien recibió en 2011 el premio a deportista del año de la localidad.

“El pueblo lo apoya mucho y todos están pendientes de él. Mucha gente viene a la quiniela y me hablan de sus goles. De lo bien que anda. Pero uno sabe que no siempre va a ser así. Que en algún momento no siempre hará goles. ¿Si tengo pósters de él en el negocio? No, no. Nada. Lo mejor de Paulo lo tengo acá, en el corazón”, dice Alicia, que no quiere fotos. No le gusta. Aunque luego acepta. “Me saco pero mirándolo a él”, tira.

Hoy lunes abrirá como siempre la quiniela. Es la lotería de la vida. Donde los números tuyos casi nunca salen. Donde lo que te mueve es una cosa: apostar.

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