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Cuentos de verano: el fernet, siempre 70/30 para no soñar con penales horribles

Retomamos esta saga de cuentos de verano que mezclan realidad y ficción de la mano de distintos autores que se animan a participar. Si querés enviar el tuyo mandalo a deportes@diaadia.com.ar

Pasó casi una década. Todavía la imagen me persigue por esas noches que tomo fernet con coca y no está al 70/30. No se por qué extraña razón, si se modifica ese porcentaje y cierro los ojos buscando conciliar el sueño, todo parece transcurrir en cámara lenta.

Ahí estoy parado yo, el héroe de mi equipo (Los Azules) hasta hace unos minutos, frente a frente contra uno de los peores arqueros del campeonato de fútbol 5 organizado en barrio Los Boulevares.

Lo miro fijo, es el quinto penal de la serie por el campeonato, tras un partido con suplementario que terminó en un terrible y heroico 4 a 4. El pibe no atajó ni uno, no la vio ni cerca...

El final, se los cuento casi al cierre del relato. Me gustaría que sepan lo que pasó antes. Y verán cuán injusta es la vida... no la vida no, las personas que te rodean cuando en el medio está en juego nada menos que el trofeo de campeón.

Hasta ahí, los Azules habíamos tenido un torneo brillante. Ganando, gustando, goleando. Llegamos a la final contra un rival que estaba en las mismas condiciones.

El partido fue tremendo hasta la mitad del segundo tiempo: 2 a 2, la pelota iba y venía, los palos eran protagonistas y los espectadores gritaban como locos en cada jugada, todos al borde de la línea de la cancha, casi jugando al lado tuyo.

Yo, un rústico 2 en cancha de 11, era el último hombre de mi equipo, la asistencia y recuperación del resto.

El partido era un campo seco esperando un fósforo, cualquier jugada polémica iba a terminar en escándalo. Y eso pasó exactamente a los 15 minutos de la etapa complementaria.

Una pierna de más por parte del Colorado nuestro, un insulto del contrario, una puteada de ese espectador que estaba peligrosamente al borde de la raya.

La batahola fue gigantesca, épica y mezcló a todos... menos a los jugadores del equipo contrario, los Rojos. Inexplicablemente, mis compañeros perdieron la razón.

El resultado: dos de ellos (entre otros, el Colorado) fueron expulsados, cinco espectadores se tuvieron que ir del predio para nunca más volver y los otros, no perdieron ni un solo jugador, pese a que el árbitro debió haber echado al que inició todo este lío con su sobreactuación ante una entrada poco ortodoxa del Color.

Y faltaban 15 minutos por jugar. El reglamento no impedía que nos fuéramos, podíamos seguir. El colegiado viene y le pregunta al capitán. Nos miramos él, nuestro arquero y yo. No hizo falta pronunciar palabra. El partido sigue.

Fueron los 15 minutos de aquel Argentina-Brasil del Mundial de Italia 90’ donde nosotros éramos la Albiceleste, y nuestros contrincantes, la Verdeamarelha.

Tiros en los palos, dos goles sacados en la línea, tres atajadas monumentales. Logramos lo que parecía increíble, llegar al alargue. A esa altura del partido, habíamos dado vuelta a la hinchada.

Aquellos que nos culpaban por cómo se había ensuciado todo, se pusieron del lado nuestro. Y si lo del tiempo reglamentario fue tremendo, lo del suplementario calificó como batalla épica del fútbol.

Los Rojos se pusieron 4-2 arriba y en los tres minutos finales le metimos dos goles en las únicas dos llegadas que tuvimos. Abrazos, gritos, algún llanto.

Y estoy parado ahí, frente al arquero. No quise patear ningún penal, mis compas lo hicieron, pero querían darme el quinto a mí como “un premio”. Maldigo la hora que dije sí.

Le pegué tan mal, que “ese arquero malísimo” tuvo tiempo hasta de tirarse para la foto y atajarla.  Nadie se acordó de todo lo que saqué, de los cruces salvadores, de cómo corrí hasta dejar todo.

En el laburo, el lunes, fui el que erró el penal, el que nos negó el campeonato. Y también el martes...y el resto de los días de la semana y los años que vinieron y vendrán. Ese penal me marcó de por vida.

Por eso, no dejo que nadie me prepare un fernet. 70/30 es la medida. No quiero que un porcentaje de más me traiga a la cabeza ese fracaso.

La personas son injustas. El fernet, preparado como corresponde, no.

Sobre el autor. 

47 años, rústico defensor más parecido a Pedro Monzón que a Sergio Ramos. Jefe de Información del diario Día a Día  devenido en editor de Deportes. Alguna vez en mi vida fui DT de las inferiores del Colegio de la Inmaculada del Centro. En la cancha, la pelota siempre a Messi. Todavía sigo ilusionado que alguna vez, el Negro Wanchope Ábila se calce la Celeste y Blanca y pueda gritar un gol suyo.     

Un libro. Ángeles y Demonios, ,a película  es una masa, pero el libro es tremendo. Si te gustan las incógnitas y sobre todo, las lecturas de verano de este tipo, te lo recomiendo.

En Twitter: @elpepereyna

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