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Córdoba

Vecinos de la excárcel de barrio San Martín: condenados al abandono

Los vecinos de San Martín viven a oscuras e inseguros. Mucho peor que cuando estaba la cárcel. Se encierran en sus casas por miedo.

Desde que cerró la cárcel de San Martín, hace casi dos años, sus alrededores están oscuros, sucios y más inseguros que cuando funcionaba el penal.

Así lo relataron a Día a Día vecinos que conviven a diario con el centenario edificio en ruinas y que reclaman una solución.

“Esto está peor que antes. Cuando estaban los presos, al menos había luz a la noche y movimiento de policías”, contó Omar Caro, que vive sobre calle Paso de Uspallata.

“Ahora roban hasta en la misma puerta de la cárcel”, se quejó.

El enorme complejo, con sus pabellones y galpones vacíos desde abril de 2015, está en barrio San Martín, en el corazón de la ciudad. Lo rodean las calles Videla Castillo, Paso de Uspallata, Copacabana y Soldado Ruiz.

Antonio Marín es mecánico y hace tres meses instaló su taller sobre Videla Castillo, bien frente a la cárcel. “En noviembre, un domingo a la noche, entraron y me robaron todo”, contó.

En diagonal a su taller está la entrada al expenal, donde permanecen dos o tres policías que custodian el lugar. En esa entrada, de noche, está prendida una de las únicas luces del edificio. El resto es una boca de lobo.

Roció Castillo tiene 19 años y vivió siempre en barrio San Martín. Para ella, aumentaron los robos y arrebatos desde que cerró la cárcel.

“A la mañana temprano les roban a las mujeres en la parada de colectivo o aquí mismo, en la esquina”, dijo al señalar la intersección de Paso de Uspallata y Videla Castillo.

Eduardo Casariego, también vecino, paseaba su perro por el perímetro de la cárcel el martes pasado. “Esto está muy inseguro. Cuando había presos había policía. Ahora roban en las casas y hay arrebatos en las veredas a toda hora”, dijo.

Yuyos y basura. A la inseguridad se suma el yuyal sin cortar alrededor del edificio.

“Esto es un abandono total. Los pastos están altísimos y hay muchos bichos y basura”, contó Bárbara Manzanelli, que tiene una peluquería frente a la cárcel. La mujer pide que al menos, se desmalece el lugar con regularidad.

“Preferimos que traigan a los presos antes que vivir con esta selva”, dijo Carlos González, otro de los vecinos.

“A pesar de los motines y todo lo que tuvimos que pasar, era mejor cuando funcionaba la cárcel”, sostuvo.

González, junto a otros dos hombres del barrio, contó que ellos se encargan de cortar el césped de la vereda y recolectar la basura del costado sobre Paso de Uspallata, que es el que peor está.

¿Qué quisieran que se haga?, preguntó Día a Día a los vecinos.

“Algo. Lo que sea, pero algo. Esto no puede seguir así abandonado”, respondió González, que también se quejó por la inseguridad.

Ante la consulta de este diario, en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, del cual depende el Servicio Penitenciario, informaron que sólo mantienen una guardia mínima por la seguridad del edificio.

En cuanto a las luces, dijeron que sólo están encendidas las de la guardia porque las demás no son necesarias al estar deshabitado el edificio. Con respecto al yuyal, respondieron que comenzarían a cortar, pero que el desmalezado demora varios días por la extensión del predio.

Sobre la seguridad de los alrededores, Día a Día preguntó a la Policía de la Provincia, pero no hubo respuesta.

En ruinas. A pesar de ser una valiosa obra de arquitectura de fines del siglo XIX, la cárcel se viene abajo. Lejos de esta mantenida, desde afuera puede verse un avanzado estado de deterioro.

El proyecto data de 1887 y estuvo a cargo de Francesco Tamburini, autor de edificios emblemáticos de la ciudad, como el Teatro Libertador San Martín, el Banco de Córdoba y el Hospital de Clínicas, además de obras célebres en Buenos Aires, como el Teatro Colón.

Hoy la postal parece de una película de terror: en los techos crecen árboles y plantas; las paredes se descascaran y derrumban; los vidrios de las ventanas están rotos; las puertas azules de las garitas de vigilancia que están en lo alto quedaron abiertas de par en par, detenidas en el tiempo, con los cristales destruidos.

En el pórtico y todo el frente quedan los restos de lo que fueron robustas farolas de hierro. La mayoría ya no están, vaya a saber quién se las llevó.

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