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Córdoba

A un mes de la explosión en Alta Córdoba: fe y humor para salir

Vecinos de barrio Alta Córdoba recién hoy pueden analizar lo vivido. Los niños son los más afectados emocionalmente. Entre adultos, ayudan los chistes y las creencias religiosas.

Baltazar tiene 7 años y vive en una casa de calle Argensola al 940, de barrio Alta Córdoba. El día de la explosión de la industria química Raponi se salvó de milagro. La onda expansiva fue a parar directamente en la persiana de su habitación.

Una llamarada rompió los vidrios y volteó una pared. Por suerte el niño estaba jugando a la play en el living. De lo contrario no la contaba. Desde aquel día tiene temor a volver a su pieza. Duerme en la de su papá. Y aunque la habitación está quedando bonita, prefiere ni asomarse por ahí.

En la esquina de la casa de Baltazar vive Valentino, de 4 años. El niño tuvo hace poco un acto escolar y la maestra le pidió que se vistiera de pavo real. No quiso saber nada, así como tampoco se quiere quedar en lugares cerrados. Todas las mañanas, cuando se despierta, le dice a su mamá que habrá una explosión en alguna parte del mundo.

El jueves pasado dijo que iba a ser en Estados Unidos. Cuando acompaña a sus padres al súper, les pide por favor que no se queden mucho tiempo. Una sensación de claustrofobia lo invade.

Dando vueltas a la cuadra, sobre calle Avellaneda al 2940, vive April, de 11 años. Ella nunca fue una chica miedosa. Pero desde el 6 de noviembre, no quiere quedarse sola ni un instante en la casa. La última tormenta en Córdoba la alteró de sobremanera. Llorando le pidió a su mamá Laura que llamara a su padre para que se quedara con ella a dormir.

Walter Bocco trabaja por la noche y se tuvo que volver para asistir a la niña. La encontró temblando por los relámpagos.

Por su sensibilidad y poca capacidad de explicar lo inexplicable, los niños son los que más padecen hoy las secuelas del fatídico “6 N”, el día en que explotó una industria autorizada sólo para la fabricación de productos de limpieza. Pero los más grandes también lo sienten. Algunos se cobijan en el humor; otros en creencias religiosas y con eso se salvan. 

Llorar para qué

Baltazar es hijo de Javier Martín, el arquitecto que se hizo famoso por ser el autor de la célebre frase: “Mi casa se convirtió en Sarajevo, con perdón de Sarajevo”. Mientras medio barrio apretaba los dientes por los destrozos de la explosión, el hombre le ponía una onda que también era expansiva. Desde el día en que salió en el diario, se convirtió en blanco de las más variadas gastadas por parte de sus amigos. Pero los chistes no le afectan: al contrario, lo fortalecen.

Baltazar no es el único chico de la casa que quedó afectado. Su hermana Paloma, de 15 años, tiene una manía. Prefiere que todos los libros de su cuarto sean apoyados en el piso. Piensa que desde la estantería se pueden caer, así como se cayeron el día de la explosión. Cuando el miedo invade, enseguida acude el súper papá.

“No hay recetas mágicas para sobrellevar un momento doloroso. Te ponés a llorar o le metés onda. Yo elijo tomármelo con humor, especialmente por mis hijos”, cuenta. Javier es arquitecto y diseñador gráfico. Con estos dos saberes pudo reconstruir a tiempo la parte de la casa que estaba más dañada. El arquitecto asegura que la comuna cumple con la asistencia, aunque no en los tiempos esperados.

La que no tuvo salvación fue la casa de Ramón Ernesto Perdiguero (81). Era la vivienda del pasaje Cordeiro que se distinguía por sus paredes amarillas. Allí también vivían Fredy Juárez, la hijastra de Ramón (María Rosa), el esposo de ésta (Ricardo Luna) y sus tres hijas Sofría, Débora y Camila. Fue la primera estructura en ser demolida por el brazo amarillo de la retroexcavadora. Hoy la familia se divide entre la casa de un conocido y una vivienda que la Provincia alquiló con muy pocos muebles.

Sin pronósticos

Marcel Santillán y Karina Fogliato son los papás de Valentino, el chiquito que no se quiso disfrazar de pavo real. En el tercer piso de la vivienda, había una casilla prefabricada que quedó destruida después de la explosión. Hoy la reconstrucción quedó lista, pintada de rojo borravino. El color representa el comienzo de una nueva etapa.

Y en la casa de April, la chica que le teme a las tormentas, su mamá Laura la cuida como si fuese una leona. También el tercer piso se encuentra en pleno proceso de reedificación. La cumbia suena a más no poder: los albañiles reconstruyen el techo desguazado. “Escribí en el diario que nunca nadie vino a controlar la toxicidad de las sustancias que explotaron. Tampoco nadie relevó los daños de higiene y seguridad”, me apunta desde la puerta.

Aunque fueron consultados, ninguno de los adultos se anima a pronosticar cómo será la Navidad. Sospechan que habrá problemas con los fuegos artificiales, pero mente y corazón ahora están puestos en la reconstrucción. Mientras tanto Baltazar, Valentino y April duermen con la luz encendida.

Antes y después

La casa de Javier Martín sufrió destrozos en la habitación que da al patio. Ubicada en Argensola 940, resultó dañada en la pieza de su hijo Baltazar. Hoy pudo reconstruir la ventana con material comprado por su cuenta y mano de obra de la Municipalidad.

Esta vivienda de pasaje Cordeiro fue la primera en ser demolida. Le pertenece a Ramón Perdiguero (81) y era habitada por siete personas. Hoy el terreno se encuentra baldío. La familia se reparte entre la casa de conocidos y un alquiler que corrió por cuenta de la Provincia.Esta casa le pertenece a Ramón Perdiguero y era habitada por siete personas.

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