?>
Córdoba

Un encuentro entre los soldados de Malvinas y sus herederos del presente

A 35 años de la guerra, Día a Día reunió a veteranos del Grupo de Artillería Aerotransportado 4 con quienes hoy son soldados en su unidad, en camino a La Calera.

“Me imagino que en ese momento, debe ser sólo pensar en tirar, tirar y tirar. Cargar el cañón y disparar. Cuando salimos al terreno, de maniobras, muchas veces lo pienso. Como sirviente de pieza, pienso en lo que deben haber vivido ellos durante la guerra. Siento un profundo orgullo por tener este uniforme hoy. Por ser parte de esta unidad del Ejército”. Así, se expresa un soldado de 22 años que está haciendo el servicio militar voluntario y es miembro del Grupo de Artillería Paracaidista 4, cuyo cuartel de paz está camino a La Calera, 500 metros antes del peaje, a mano derecha. A sus palabras, las escuchan atentamente veteranos de la guerra de las Malvinas, en una charla que organizó Día a Día y que reunió a combatientes que eran conscriptos durante el conflicto del Atlántico Sur, fundamentalmente de las clases ´62 y ´63, con hombres y mujeres que actualmente y por su propia decisión están incorporados al Ejército Argentino. ¿Qué buscamos? Nada más que verdades, explorando sin condicionamientos en nuevos testimonios de lo vivido por quienes pelearon con la misma edad –o bastante menos- que estos jóvenes en el desolado archipiélago austral hace 35 años. Quisimos indagar acerca del testimonio, del legado, que los héroes dejaron a los actuales soldados, a las nuevas generaciones en definitiva. 
 
EN EL CUARTEL.
El Grupo de Artillería Paracaidista 4 es la única unidad del Ejército con asiento en Córdoba que participó de la contienda bélica del ’82. Cuando ingresamos y vamos caminando rumbo al lugar donde se realizó la charla, observamos múltiples referencias a la histórica misión del entonces denominado Grupo de Artillería Aerotransportado 4. Apenas entramos, sobre la calle principal, a la izquierda, se destaca un solemne monumento con el nombre de cada uno de los soldados que integraron las baterías que combatieron en defensa de nuestra soberanía. El suboficial retirado Luna, veterano de Malvinas y que también participó del encuentro, desarrolló la mayor parte de su carrera en esas mismas instalaciones. “A ese monumento, lo hicieron los mismos soldados veteranos, que desde 1983 y cada 11 de junio se reúnen en este cuartel con quienes fueron sus jefes para celebrar su unión, en el marco del aniversario del bautismo de fuego de la unidad”, nos aporta. Aquel bautismo de fuego sucedió cuando los obuses Oto Melara calibre 105 mm comenzaron a disparar prácticamente de forma ininterrumpida apoyando la acción de la infantería argentina en los montes que rodean Puerto Argentino. Incluso, la Batería A, que había sido trasladada de la capital de las islas a Darwin, abrió fuego el 27 de mayo durante los primeros combates de la guerra. Se dice que el Grupo 4, que llevó 70 toneladas de munición a las islas, disparó un total de 4 mil proyectiles durante las últimas tres noches de la batalla por Puerto Argentino. Y no hay prácticamente libro británico que no destaque la intensidad y la precisión de la artillería argentina, integrada también por el Grupo 3, de Paso de los Libres, Corrientes, y por la de defensa aérea, del 601 de Mar del Plata.
Cuando el soldado voluntario habla de lo que imagina debió ser la vorágine del combate y de cómo la propia voluntad y el sacrificio de los entonces soldados conscriptos han inspirado su incorporación al arma, uno de aquellos chicos que dejaron de ser chicos cuando en las islas debieron abrir fuego le quiere transmitir también la camaradería que vivieron. Habla Luis “Condorito” Fernández, clase ’62 y fanático de Belgrano:
“Un suboficial había sido herido por el retroceso de un cañón cuando disparaban sobre el estrecho de San Carlos (lugar del principal desembarco británico). En Darwin, le terminé dando de comer en la boca”. 
Ese mismo espíritu de compañerismo es que el alienta a los soldados de la nueva generación. Así, lo comenta otro voluntario: “La verdad es que decidí entrar al Ejército porque era una oportunidad laboral. Pasé un día por el centro de reclutamiento de acá de Córdoba (Santa Rosa 1322) y ni lo pensé. Había terminado el secundario hacía poco y tenía mucha incertidumbre acerca de si conseguiría un buen trabajo pronto. Una vez adentro, fui dándome cuenta de que el tema Malvinas era bastante distinto a cómo se lo veía afuera, quizá por desconocimiento de la gente. Si tengo que imaginarme cómo sería estar en la guerra a mi edad, pienso en los compañeros que tengo, en los amigos que hice y en que me han enseñado a defender lo que es mío”. 
 
La charla se hizo en la misma unidad que los preparó a los ex combatientes y ahora es sede de los nuevos reclutas.
 
VERDADES.
En la charla, no todo tiene carácter épico; tampoco, aunque parezca, es sacado de una de esas películas yanquis propagandísticas que todo el tiempo disparan el mensaje: “Sumate al Ejército”. Muy por el contrario, desde este medio quisimos buscar expresiones auténticas, sin condicionamientos; y si bien es lógico que los soldados voluntarios, acompañados por algunos de sus jefes durante la charla, podían sentirse que debían quedar bien, tampoco vale menospreciar sus declaraciones. Y en el caso de los veteranos, que han peleado más que durante los 74 días que duró la guerra los 35 años que lleva la posguerra, expresar sus verdades es la principal necesidad para defender su salud. El que habla ahora es Sergio Gigena, que con 18 años recién cumplidos peleó con el Regimiento 8 de Infantería (la mayoría de los conscriptos cordobeses durante Malvinas estuvieron con esa unidad que tiene asiento en Comodoro Rivadavia): “Una de las cosas que más nos costó fue darnos cuenta de que quienes nos dirigían no sólo no tenían experiencia sino que, y con los años entendí más grave, no tenían vocación. Pero advierto que no se debe generalizar, porque también tuvimos jefes que fueron verdaderos ejemplos, pese a que nunca habían estado en una guerra”. Sigue Gigena, quien junto al también veterano Francisco Parello, son auténticos luchadores de la salud de los veteranos, una lucha que es también la de su propia existencia, reclamada desde su dignidad, desde la de cada uno de los 10 mil soldados que regresaron:
“El frío, el hambre, el sufrimiento, el miedo, el pánico, la angustia, la ansiedad, el no haber podido despedirse de la familia antes de partir a la guerra; las calamidades en general no se vivieron sólo en las Malvinas. En toda guerra se viven. ¡Cómo podemos hacer entonces para que la gente de una vez por todas deje de hablar de nosotros como los chicos de la guerra!”.
 
Junto al muro que recuerda los nombres de todos los integrantes del Grupo que combatió en Malvinas.

DE ESTO SÍ SE HABLA.
Los relatos de los combatientes se suceden. Nuestras preguntas y cuestionamientos, también. Los jóvenes voluntarios escuchan atentamente. En todo momento. La charla se extiende por más de 2 horas y media y nadie ve su reloj. Entre los testimonios, los veteranos asienten con la cabeza, con las manos. También, discuten entre ellos: no todos piensan lo mismo.
“Cada uno de nosotros vivió la guerra. Cada uno de nosotros vivió su guerra. Así que hay más de 10 mil historias de la guerra de las Malvinas”, coinciden. 
De la charla, recogimos también lo fuerte que fue el aspecto espiritual, religioso de nuestras tropas. No por nada, en foros de veteranos británicos en internet, se puede leer entre sus vivencias que cuando revisaban en los restos de nuestras tropas tras los combates buscando algún dinero, alcohol o pornografía, sólo encontraban estampitas, cartas y siempre el rosario. “Lo religioso no está expresado en las películas argentinas que existen sobre Malvinas, muy probablemente por la ideología o el credo de quienes las financiaron” advierten. La reivindicación, en ese sentido, es elocuente en la reunión. Condorito Fernández: “Cuando decimos que bajo el manto de la Virgen, volveremos a Malvinas, es por nuestra devoción a Ella, que nos protegió. En el Norland (uno de los buques británicos en que fueron transportados al continente como prisioneros tras la guerra), sabíamos que ya era de noche porque escuchábamos en los parlantes del barco a uno de los curas que rezaba junto con nosotros: “Con Dios me acuesto, con Dios me levanto. Que la Virgen santísima me tape con su manto y me libre de miedo y espanto. Amén”. Todos lo acompañábamos en la oración. Y cada vez que en estos 35 años necesité rezar, repetí esas palabras”.    

Sumate a la conversación
Seguí leyendo