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Córdoba

Santuarios juveniles: ritos y copas para el amigo muerto

En el Marqués de Sobremonte está el caso de Jonathan, quien murió en un accidente. Le hicieron una gruta y es el lugar de las “previas”.

Fue su último baile, pero no la última previa con sus amigos. Jonathan Heredia Bustamante se juntó con los chicos en “la base”, en la puerta de la casa de uno de los chicos de la barra, para ir al baile de Damián Córdoba. Fue la noche del 21 de marzo de 2014, cuando salió en la moto. Pero el “Tropper” tuvo un viaje sin retorno: esa madrugada murió al impactar contra un poste.

Después del baile, volvió a su casa. Descansó una hora y salió para ir al trabajo, con la música de Damián Córdoba todavía en sus oídos. Un golpe en la cabeza fue mortal. La noticia golpeó de a uno a los integrantes de su barra. “La base” había perdido al primero que llegaba a la misma vereda de siempre para hacer la previa.

Ese mismo día que Jonathan murió, nació lo que sus amigos llamaron “el santuario la base”. En la vereda donde “el Tropper” hacía la previa, los chicos construyeron una gruta horas después del velorio. La juntada, el baile, la muerte, el santuario y otra vez juntos en la base: todo sucedió en menos de 24 horas. 

La barra de Jonathan, el Tropper, mandó a Día a Día esta foto: posan en el santuario que construyeron el mismo día que falleció, en la casa de Ángela.

El santuario fue construido por los chicos en el parque de la casa de Ángela Andrada, la abuela de Facundo Rojas, donde siempre hacen las previas. 

Unos llevaron ladrillos, otros lo pintaron, cuando aún algunos familiares no habían regresado del velorio.

Cada noche, desde hace un año, los amigos de “el Tropper” se juntan en su honor. Charlan, rezan, le llevan ofrendas, como cartas, música de Damián Córdoba, rosarios, flores y fotos. Y como si su alma se alzara cada fin de semana, salen siempre para ir al baile desde “el santuario la base”.

Así, la vereda fue de poco convirtiéndose en un lugar de parada obligada, un punto para sentarse a reflexionar o para hablarle a “Tropper” de sus cosas. Por eso, los chicos decidieron colocar un banco para sentarse y, aunque esté sólo uno de sus amigos tomando una cerveza, en el santuario está su foto como compañía. 

“En las noches cuando llueve, Facundo se levanta y tapa la grutita porque no quiere que se moje. Pasan los autos, paran. Se persignan y siguen”, cuenta la abuela, quien les permitió a los chicos que el parque del frente de su casa sea para el santuario, el mismo frente que Jonathan bautizó “la base”.

“No se puede olvidar, no lo podemos olvidar. Él está acá. Los sábados está acá”, cuenta Facundo, quien detrás tiene a su familia entera que lo apoya cuando habla. 

De día es el lugar para el rezo, para persignarse; y de noche es para la juntada. “Los vecinos ya saben que son los chicos que vienen, se sientan en la vereda”, dice la abuela, que fue la primera en entender que después de la muerte hay una nueva manera de los jóvenes de honrar a los que se van: con un santuario. 

“Ellos están acá, parece que estuviera acá Jonathan con nosotros”, insiste.

Y Facu piensa lo mismo: “Aquellos que han pasado por lo mismo, por perder un amigo, un hermano, les pido que se animen. Que vuelvan a esos lugares que estuvieron siempre porque el ‘Tropper’ está acá”, dice y se pega en el pecho, para indicar su corazón. Detrás está el santuario, con la foto de Jonathan como guardián de “la base”, donde él la quiso.

En la gruta hay rosarios, CD de Damián Córdoba, fotos, cada vez más mensajes y una cerveza, la que invita a los amigos en la previa. (Nicolás Bravo)

Cerveza y puchos para los pibes
Cuando Luca Prodan murió, su tumba se convirtió en el cementerio de Avellaneda en un lugar de visita de sus seguidores. La ginebra fue una de las tantas ofrendas que, al día de hoy, le llevan sus fans. Ofrendar, entregar y darle a quien falleció un poco de lo que tanto le gustó en vida. Eso mismo pasa en Córdoba.

El “santuario la base” de Jonathan es uno de los lugares, en su mayoría creado por jóvenes, decididos a alimentar estos espacios urbanos de regalos y reconocimientos para quien ya no está.

Basta con una recorrida por el cementerio San Vicente para ver que entre los cientos de tumbas hay verdaderos santuarios a cielo abierto. Sobre las lápidas, en su mayoría de personas que fallecieron de manera trágica o muy jóvenes, hay ofrendas de cervezas, rosarios, encendedores o botellas de vodka.

Incluso está quienes deciden poner fechas claves para ir con el grupo de amigos a venerarlo. Tal como lo hacen sus seguidores con Prodan, se llegan hasta el cementerio para tomar esa cerveza. Francisco tiene una placa: dice que murió en 2014, y al lado, botellas en su honor.

En el mismo sector, Fabio (falleció el año pasado) tiene su tumba repleta de encendedores, cervezas vacías y rosarios. Apenas si se puede leer en la placa: “Vivimos eternamente en nuestros corazones”. La realidad en los cementerios parque tampoco es demasiado distinta. Son los más jóvenes los que pasan horas sentados en el césped en una charla con el amigo que ya no está.

Juan, a quien le cambiamos el nombre a pedido de su familia, murió en accidente en el camino de las Altas Cumbres. Cada fecha de su cumpleaños, la barra lo recuerda en su lápida: lleva una botella de Fernet y la comparte como una ofrenda.

Hay tumbas en los cementerios en las que se reúnen para tomar la bebida preferida de la persona que perdieron (Nicolás Bravo).

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