?>
Córdoba

San Carlos Minas, el pueblo que sobrevivió a nuestra peor catástrofe

El 6 de enero de 1992 el tranquilo Noguinet destruyó San Carlos Minas. El pueblo se reconstruyó sobre su lecho seco. Recuerdos de los 36 que ya no están y de quienes se salvaron de milagro.

Por Waldo Cebrero

 

La arena sigue ahí. Pasaron 20 años y ese polvo finísimo, casi invisible, sigue cubriéndolo todo en el pueblo. Está en las veredas, debajo del césped, en las canchas, en las calles de tierra y en las de asfalto. A veces se mete en los zapatos o se pega en los cuerpos si hace calor. Pero la gente en San Carlos Minas ya se acostumbró. Sigue caminando, sin percibirlo, sobre el lecho de un río. Ese que hace 20 años atravesó el pueblo.

Fue en la mañana del 6 de enero de 1992, cuando sus 900 habitantes se despertaron soñando una pesadilla que se llevó a 36 vecinos. El mismo día en que muchos se enteraron de que al noroeste de la provincia de Córdoba existía un pueblito llamado San Carlos Minas, el día en que el arroyo Noguinet se hizo famoso.

Esa madrugada, sobre la cuenca de los ríos serranos, cayeron 300 milímetros de lluvia en apenas tres horas. El pico de la creciente que entró al pueblo se produjo entre las 9 y las 11:30. Cuando la correntada venció la defensa de piedra y alambre ubicada al sur del poblado, olas que alcanzaron los siete metros de altura avanzaron sobre el caserío llevándose hasta los regalos de los reyes magos.

Acá se vive. Algunas pocas casas deshilachadas como trapos también siguen. Son tótems que recuerdan la furia del agua. Pero el pueblo recobró su ritmo. Todas las mañanas, en el bar de “Pupero”, los más viejos siguen desayunando con vermut y comentan las noticias del diario con las señoras que pasan. El club San Cala aún convoca a sus hinchas, que van a la cancha arrastrando las reposeras. En las noches de verano, las parejas bailan cuarteto abrazadas de la cintura en la pista de “Luisito”. Con sus movimientos, parecen mofarse de los pronósticos del ex gobernador Eduardo Cesar Angeloz y del ex presidente Carlos Menem. Cuando San Carlos era una gran mancha de barro en el mapa, Menem vaticinó: “El pueblo ha desaparecido. Tal vez se deba pensar en una ubicación distinta”.

Aquel día. Chula Torres tenía la sonrisa de una mujer joven y el cuerpo cansado aquella mañana del 6 de enero de 1992. Toto Guzmán sentía el mismo agotamiento y demoraba la salida al trabajo esperando que pare de llover. El día anterior ambos habían estado escalando montañas junto a otros amigos, como les gustaba hacer los fines de semana. 

Era lunes. Por eso se alarmaron cuando a las 8:30 escucharon las campanas de la iglesia. María del Carmen Robledo pasó corriendo por la calle de tierra arrastrando a sus dos hijas con el agua a la cintura: “Se rompió la defensa. Se rompió la defensa”, alcanzó a gritar.

Fue el instante previo a una gran explosión. Había llovido tanto que el tranquilo arroyo Noguinet creció hasta alcanzar un caudal de 1.944 metros cúbicos por segundo. Los que pudieron, se treparon a los techos. Chula Torres no. Su padre estaba postrado en una cama. Ella entró a la casa, junto a su madre, para ponerlo a salvo. Cuando el agua bajó, dos horas y media después, la gente caminaba como perdida en su propio pueblo, o en lo que quedaba de él. Chula y sus padres, no vieron nada de eso. Otros 33 vecinos también faltaban. Entre ellos, Anahí Tamara, la hija de dos años del intendente Alberto Carrera que había asumido hacía cuatro semanas.

Un shock. A eso de las 12, alguien gritó: “¡Viene otra creciente!”. Todos comenzaron a correr buscando lugares altos. Otros caminaban entre las ruinas como zombis. Gritaban nombres. Llamaban a sus familiares desaparecidos.

Luisito, el dueño del bar, un petizo de humor agudo, vio pasar a Oscar, un flaco de casi dos metros, por el frente de lo que antes era su casa. “Oscar, ¿vos no decías que se ahoguen todos los petizos’? Mirá, acá estoy”. Pese al shock conservaba la agudeza. La primera reacción de doña María González fue ir al almacén a pagar con los billetes que había logrado rescatar. 

Fue en esos momentos de dolor cuando aparecieron los líderes. Uno de ellos fue el párroco Raúl Martínez, que con un pantalón raído, camisa y megáfono en mano, comenzó a ordenar la tarea.

Cuando él ya no fue imprescindible. Cuando había que volver a vivir. Las señoras volvieron a barrer las veredas. Los clientes otra vez fueron al bar y el pueblo se fue reconstruyendo con las pequeñas cosas.

Noguinet, Paraná. El 6 de enero de 1992 el tranquilo arroyo Noguinet alcanzó su caudal máximo: 1.944 metros cúbicos por segundo, un volumen de agua que es como si de repente se hubiera transformado en el río Paraná. Habían caído 300 milímetros en apenas tres horas y las olas del Noguinet vencieron las defensas y alcanzaron los siete metros de altura. Destruyó todo a su paso.

------------------------------

Don Pedro, el de la mordida salvadora

Don Pedro Gonzales, “el Manco”, miró al cielo y vio que el temporal daba para largo.

Tenía entonces 60 años y desde los 29, cuando perdió el brazo izquierdo, trabajaba como changarín junto a sus hijos. Saludó a los dos varones, que partieron rumbo a la obra, y pidió a María, su esposa, que pusiera la pava.

Fue entonces cuando sintió que el arroyo, que pasaba frente a su casa, golpeaba las paredes. El agua comenzó a entrar a la vivienda. María corrió con sus nietos y alcanzó a trepar al techo de un vecino. Pedro pensó que pasaría pronto y se quedó junto a su hija Alicia.

Cuando las paredes comenzaron a resquebrajarse, Alicia saltó por la ventana y se trepó a una planta de mora. Pedro la siguió. Como pudo sacó el cuerpo, tomó una rama con el único brazo que tiene y luego comenzó a morderla para sujetarse con más fuerza. Estuvo así, agarrado con sus dientes, durante unos minutos hasta que pudo trepar.

Alicia y Pedro vieron desde el árbol que su casa se hundía como un papel mojado en el alud. Cuando María volvió a ver a Pedro, tenía la boca sangrando.

La casa de los Gonzales fue una de las 178 que ese dramático día fueron dañadas por la crecida. Según un informe que en 1995 hizo la Unidad Departamental Minas de la Policía de Córdoba, unas 40 viviendas sufrieron daños irreparables y muchas fueron borradas por completo de la superficie. 

Varios años después, con aportes del Gobierno provincial y nacional, se construyeron nuevos barrios para albergar a los que habían quedado sin techo. Muchos, incluso Pedro y María, abandonaron el pueblo. Durante un año, la pareja vivió en Buenos Aires, hasta que un día, “el Manco”, se rebeló: “Vamos, yo acá no vivo más. Volvamos al pueblo”, dijo. 

Durante un tiempo, los dos viejitos vivieron en distintas casas de familia, hasta que les llegó el turno y recibieron la suya.

Don Pedro Gonzales es ahora un anciano de 80 años que lucha contra la diabetes. María dice que “si uno no tiene coraje, no tiene una idea, se deja morir”. Pedro, tenía una y era vivir en San Carlos Minas. Su pueblo.

-------------------------------

La revancha de la quiosquera Dora

Dora Heredia tenía 22 años y un embarazo de 9 meses la madrugada del 6 de enero, antes de que todo comience. En el preciso instante en que un alud de agua y barro se abalanzaba sobre el pueblo, en el hospital Municipal, ubicado al norte de la comuna, ella se retorcía en contracciones y daba a luz a Braian, un varón de 2,7 kilos.

“El domingo a la noche habíamos estado de joda con mis hermanas en el bar de Luisito. Yo te juró que no tomé nada, porque ya estaba en fecha. ¿Qué iba saber yo que iba a parir justo el día del aluvión”, dice mientras atiende su quiosco y ataja con las manos a tres de sus seis hijos que la trepan.

“Estuvimos ahí bailando como hasta las 4 y después nos fuimos a casa. Las chicas se acostaron menos yo. Al rato rompí bolsa y la desperté a la Patricia. Del miedo que tenía ni me fijé que llovía. Cuando salí al patio, el agua ya me daba en las rodillas”, recuerda.

Contra la corriente, que en ese sector del pueblo fue más baja, las hermanas corrieron a buscar a Orlando “Quique” Romero, un vecino que tenía auto. Dora parió a su segundo hijo con el agua rozando la camilla que la contenía. Como no podían dejarla internada en el hospital, pasó las horas que siguieron en un Renault 12, estacionado en el alto de la Ruta Provincial 15.

Braian, en realidad, se llama Orlando, como el vecino que se solidarizó con Dora en ese difícil momento. “Yo le quería poner Braian, pero en el Registro Civil me dijeron que ese nombre no existía. Igual, todos le decimos así”, se ríe la quiosquera.

En los 20 años que siguieron 178 niños nacieron en el Hospital Municipal Ramón Peralta. El pequeño hospicio lleva el nombre de un enfermero que perdió su vida ayudando a los vecinos.

Según el Censo Nacional de Población de 2010, el departamento Minas, que tiene el PBI más bajo de la provincia de Córdoba, tiene 154 habitantes menos que hace 10 años. Pero su cabecera, San Carlos, aumentó su población. Pasó de tener 900 vecinos en 1992, a casi 2.000 mil en la actualidad.

 

Sumate a la conversación
Seguí leyendo