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Córdoba

Policías desafiantes y militares silenciosos

El inicio del megajuicio por La Perla comenzó con el escándalo de ex policías acusados que increparon al Tribunal. Los militares no se sumaron.

 

Los sobrevivientes de los campos de concentración cordobeses coinciden, por lo general, en la diferencia de “formación” que existía entre la Policía y el Ejército durante la dictadura militar. Y por “formación” se refieren a la conducta ideológica y política de cada estructura: mientras el Ejército mantenía una disciplina para lo que ellos consideraban una “guerra” contra la “subversión”, la Policía era más bien un “rejunte” con escasa formación y análisis político.

Algo de esto quedó comprobado ayer, en el inicio del megajuicio contra 44 imputados –militares, gendarmes, policías, civiles– por los crímenes de La Perla: no bien largó la primera audiencia, el presidente del Tribunal, Jaime Díaz Gavier, fue increpado –desafiado– por un grupo de ex policías y civiles que reaccionaron a los gritos al ver que el público de la sala llevaba rosas y fotografías de los desaparecidos.

“¡Les exijo silencio, les exijo silencio, esto no es una cancha de fútbol!”, intentó imponer Díaz Gavier. Pero los imputados gritaron más fuerte y el Tribunal decidió retirarlos de la sala.

Esta situación embraveció los ánimos de la sala. Y, sin embargo, llamó la atención el mutismo extremo de los militares, que ni siquiera movieron las cabezas en señal de aprobación –o desaprobación– de la actitud de los otros imputados. Tampoco emitieron palabra alguna los cuatro militares que siguen el juicio desde Buenos Aires por videoconferencia, a excepción de uno de ellos (ver: “Los ‘cuernitos de uno...”).

El resto de la audiencia fue como será en las próximas semanas: con la lectura indeleble de la acusación de las 16 causas que conforman este megajuicio.

De todas maneras –y pese a los incidentes con los ex policías–, el inicio del megajuicio fue productivo: se leyeron cuatro causas.

Una historia. “Tengo los pechos llenos de leche porque fui mamá hace poquito”. Eso le contó Ester Felipe a una de las sobrevivientes del campo de concentración La Perla, y fue una de sus últimas palabras. Poco después, ella y su pareja, el periodista de los Servicios de Radio y Televisión (SRT) Luis Mónaco, fueron fusilados y enterrados vaya uno a saber dónde. Era enero de 1978. La bebita de Ester quedó con sus abuelos y hoy vive en España.

En la mesa de los Mónaco–Felipe siempre se habló sobre eso: callar lo ocurrido (el desmembramiento de la propia sangre familiar) era tirar sal sobre la herida. Estos detalles de familia le contaban ayer a Día a Día Luz y Soledad Felipe, las sobrinas de Ester, sin quitar los ojos de la “jaula” donde se amontonaban 40 de los imputados.

Mucho de eso se vivió en el inicio del megajuicio por la matanza en La Perla: la reconstrucción de los lazos sanguíneos enterrados durante la dictadura militar.

Es decir: bastaba afinar el oído para comprobar que, más que “público”, lo que había en la sala de audiencias eran familias. Y que muchas asistían para conocer las caras de los imputados –que desde siempre debieron imaginar– y acaso manotear algún dato, un nombre o una fecha para reconstruir algo más –que desde siempre debieron especular–.

Lo que se vivió ayer en Tribunales Federales fue, definitivamente, un parche para la deuda con tanta gente herida.

 

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