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Pocas whiskerías y menos clientes

Ammar dice que en la ciudad de Córdoba se cerraron muy pocos locales tras la reglamentación de la ley de Lucha contra la trata. Aseguran que hay menos clientes porque “tienen miedo”.

Pocas whiskerías y menos clientes

01/07/2012 00:00

Por Laura Giubergia

A poco más de dos semanas de reglamentada la ley provincial de Lucha contra la trata de personas –el marco regulatorio para la clausura de prostíbulos y locales de alterne–, poco ha cambiado en el mapa de la oferta de prostitución en la ciudad, ya que sólo se cerraron cuatro whiskerías en el primer operativo del 16 de junio pasado, aunque trabajadoras sexuales admiten que ha disminuido el trabajo.

“En Córdoba capital se cerraron muy pocas whiskerías, la mayor parte de los procedimientos fue en el interior, y las compañeras no ven que haya más mujeres en las calles”, cuenta Eugenia Aravena, titular de la filial Córdoba de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (Ammar), que nuclea a casi 800 trabajadoras en esta ciudad.

“Sí ha mermado mucho el trabajo”, acota Felisa, una trabajadora sexual que comparte departamento con otra compañera, en el que se manejan a puertas cerradas. “Los clientes tienen miedo de que los agarre un operativo”, agrega la mujer. Ahora los clientes deben ser incorporados como testigos ante una causa por posible proxenetismo o trata de persona, y así se ha actuado en los procedimientos realizados en la provincia, según Amelia Chiófalo, secretaria de Asistencia y Prevención de la Trata de Personas.

A su vez, la nueva ley especifica que sólo las mujeres “quienes no puedan acreditar su identidad” serán tenidas como víctimas de trata de personas y puestas a disposición de la Secretaría. En la madrugada del 16 de junio, 45 mujeres fueron derivadas. “Con cada una de ellas se hizo todo un trabajo, muchas eran de otras provincias y se planteó el retorno a sus lugares de origen por deseo de ellas”, detalla Chiófalo. “Además del trabajo primero, de rescate y abordaje, también es tarea de la Secretaría continuar hasta llegar al fin último: la reinserción social”.

En el polo opuesto, Aravena considera que la nueva ley tiende a criminalizar el trabajo sexual, porque mezcla la trata de personas con la prostitución. “Si hay trata de personas en las fábricas textiles, entonces cerremos las fábricas textiles… no, a eso no lo dicen. Para nosotras la ley marca una línea prohibicionista que nos aleja de la lucha por nuestros derechos”, argumenta.

“En vez de proponer un plan de lucha contra la trata basado en el control de estos lugares como tiene que ser, plantean el prohibicionismo, y eso perjudica aún más el hallazgo de las verdaderas víctimas de trata”, expone Aravena.

“En la mayoría de los allanamientos mezclan y ponen a las trabajadoras sexuales como víctimas rescatadas, porque son víctimas, no son trabajadoras…”, cuestiona la titular de Ammar.

¿Trabajo o no trabajo? Las meretrices que agrupa Ammar reclaman ser consideradas trabajadoras, y piden un marco regulatorio para su actividad. “Si la prostitución es una actividad lícita, no prohibida y no penada, tiene que ser regulada por el Estado en pos de mejorar la calidad de vida de las trabajadoras”, demanda Aravena.

Desde otro ángulo, Chiófalo considera que la prostitución, si bien no es un delito, tampoco es un trabajo. “No reúne las condiciones para ser considerado un trabajo digno”, sostiene. En cambio, Aravena afirma que la dignidad pasa por otro lado: “A mí la dignidad me la da la persona que soy, no el trabajo que tengo”.

Cooperativas. Posturas irreconciliables que vuelven a confrontar cuando se habla de las cooperativas de trabajo que impulsa Ammar. “Nosotras elevamos una propuesta a la Legislatura para que sean legales las cooperativas”, afirma Aravena. Pero Chiófalo considera que darían lugar a nuevos tipos de proxenetismo. “Esa cuestión asociativa en algún momento puede ser utilizada para eludir la ley, porque proxenetas no son solamente hombres; además, no se puede plantear una cooperativa de trabajo con una actividad que no lo es”, manifiesta la funcionaria.

“En 76 años de abolicionismo, con lo único que se llenaron los calabozos fue con nosotras y no con los proxenetas; al no reconocerlo trabajo, nos expulsan a la clandestinidad y los fiolos no caen nunca”, explica Aravena. “Yo creo que lo que el Estado no quiere es hacerse cargo de que tenemos derechos, y de que toda la vida tuvimos que trabajar en negro, precarizadas, sin acceso siquiera a una jubilación”, reprocha.

“Cuando empecé, trabajaba en un prostíbulo –vuelve a intervenir Felisa– y siempre caíamos nosotras, cada 15 días, pero la dueña jamás cayó”.

“No somos todas iguales”. Aravena sostiene que uno de los grandes errores es la generalización. “Hay mujeres que vienen de la pobreza pero hay otras que no, hay hasta estudiantes universitarias afiliadas, no somos todas iguales”, describe, y recuerda que Ammar tenía cursos de oficios (peluquería, corte y confección) que brindaban herramientas para que, quienes deseaban salir de la prostitución, tuvieran oportunidades. “Ahora, (José Manuel) De la Sota nos sacó todo, el programa sala cuna, la ayuda para pagar la casa, no tenemos nada”, reprocha.

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