?>
Córdoba

Perfil de Ernesto Barreiro, un "provocador serial" que recibirá su primera condena

Quién es Barreiro, uno de los jefes de La Perla que el jueves recibirá la primera sentencia de su vida. Su sublevación ante Raúl Alfonsín, su peronismo ortodoxo y sus ansias de poder.

Una de las características clínicas de la psicopatía es la falta de culpa: para ellos no existe nada fuera del mundo que inventan para sí mismos, con comportamientos narcisos que no dejan lugar a la empatía.

Si a eso se le suma cerebro militar, astucia política, sadismo, manipulación deliberada, conocimientos de historia, ansias de poder y trajes dignos de Robert Redford en Propuesta Indecente, el resultado es el exmayor Guillermo Ernesto Barreiro. 

Muchas cosas deben saberse sobre este hombre, que el jueves recibirá a sus 68 años la primera condena judicial de su vida, nada menos que por los delitos de lesa humanidad cometidos en La Perla y otros campos de concentración en Córdoba.

De reducir su vida a los hitos oscuros, sin dudas el primero es su “continua actividad”: a diferencia de la mayoría de los represores, que llegada la democracia se “acovacharon” y cruzaron los dedos para que nunca los juzgaran por sus crímenes, Barreiro tejió alianzas políticas y empresariales y mantuvo un sólido poder que tuvo su pico máximo en la Semana Santa de 1987, cuando se atrincheró en el Regimiento 14 de Infantería Aerotransportada de La Calera, se negó a declarar ante la Justicia Federal por los delitos durante la dictadura y dio el puntapié para el alzamiento de los “carapintadas” liderados en Campo de Mayo por Aldo Rico.

El presidente Raúl Alfonsín plasmó las Leyes de Obediencia Debida, que salvaban de los barrotes a tipos como Barreiro, y dejó su “¡La casa está en orden!” para la historia que en aquel momento era presente y amenazaba con devorarse los cimientos de la democracia.

“El Ejército ha estado en guerra. Y la propaganda y las medidas políticas tomadas tergiversaron la cuestión”, sostuvo el militar en el video adjunto a esta nota. 

“Nosotros creemos que acá hubo una guerra que no sólo debe ser entendida, sino reivindicada, y la sociedad civil y la sociedad política deben darle el marco que corresponde a este tema (…) colocándolo en el lugar histórico que corresponde”, reflexionó.

No mencionó sus crímenes en los campos de exterminio: aludió a ellos como “excesos” que no podían ser tomados por la Justicia civil.

Barreiro fue dado de baja del Ejército por sedición, pero mantuvo su libertad y por años pudo caminar por las calles como si nada. Sin dudas salió ganando.

Para la década menemista había colgado el uniforme pero fortalecido sus lazos con el poder civil. 

Los organismos de derechos humanos apuntan que junto con otros “carapintadas” fundó la agrupación derechista Movimiento por la Dignidad Nacional (Modin, que en 2007 apoyó para la Presidencia al gobernador neuquino Jorge Sobisch, poco después del asesinato del maestro Carlos Fuentealba), se relacionó con el secretario general de Carlos Menem, Alberto Kohan, y con la excéntrica empresaria Amalia Lacroze de Fortabat, entre otra gente de “influencias”.

Su historia. Barreiro reniega del Proceso de Reorganización Nacional, al que califica como un “despropósito político” por las devastadoras consecuencias económicas del plan liberal de José Martínez de Hoz.

Su postura, que lo llevó a enfrentarse con Luciano Benjamín Menéndez en el laberinto de internas militares, se explica por sus vínculos “con alguna de las corrientes nacionalistas que surgieron en el país” en el siglo pasado, apuntan los periodistas Jorge Grecco y Gustavo González en su libro Felices Pascuas.

“Estos generales (los conductores del Proceso de Reorganización Nacional) son los verdaderos golpistas. Su liberalismo económico hizo quebrar a la Nación, y su cobardía les impidió defender a los camaradas que pelearon en la guerra que ellos comandaron”, se descargó el militar, según Grecco y González.

Para Barreiro, peronismo hay uno solo y es el peronismo de derecha. Consideraba necesario eliminar a Montoneros por creerlos “marxistas infiltrados” en el Movimiento.

En el juicio por la megacausa, cada vez que un fotógrafo le apuntaba con su cámara, Barreiro levantaba los dos dedos con la inequívoca señal de la victoria peronista. “Me reivindico como un hombre que brega por la unidad de distintos sectores en un proyecto nacional. No descarto que ese proyecto tenga su máximo nivel de coincidencia dentro de lo que se suele llamar la derecha peronista”, reconoce en Felices Pascuas.

Su ortodoxo pensamiento nacionalista–peronista tiene genes familiares: su padre, el teniente coronel Ernesto Barreiro, “fue el único militar que formó parte de la secretaría privada del presidente Juan Domingo Perón durante sus dos primeros gobiernos”, cuentan los dos periodistas en su investigación.

Las viejas diferencias políticas con Menéndez accidentalmente se “asomaron” el día del inicio de la megacausa, en diciembre de 2012, cuando ambos escuchaban la acusación por videoconferencia desde Buenos Aires (luego fueron trasladados a Córdoba). En cierto momento los jueces dieron unos minutos de descanso y, cuando los militares se levantaban de sus asientos, Barreiro se acercó a Menéndez y le soltó “ustedes fueron unos cagones”.

El exmayor tampoco se destaca por su valentía: en 2004, una vez que la Corte Suprema de Justicia anuló los indultos de Carlos Menem y se reabrieron las investigaciones por los crímenes de lesa humanidad, huyó a Estados Unidos con su esposa, Ana Maggi, y se radicaron en un pueblito cerca del estado de Virginia.

Cuando lo deportaron, en 2007, sus vecinos norteamericanos se mostraron sorprendidos al enterarse quién era ese “buen vecino, muy cordial” que tenía perfil bajo y vivía de la venta de antigüedades.

Ahora, 40 años después del golpe de Estado que lo tuvo como uno de los principales represores en la provincia de Córdoba, Barreiro, alias “Nabo”, “Rubio”, “Gringo” o “Hernández”, recibirá la primera condena judicial en su vida.

Resta saber qué gestos hará con la cara cuando escuche a los jueces dictarla.

Un showman en el juicio. Conscientes de que la prueba en su contra es abrumadora, los imputados buscaron distintas estrategias para salvarse: la principal fue el “viejo manual” conocido por los fiscales y los querellantes, y que consiste en culpar a militares muertos y en desprestigiar a los sobrevivientes acusándolos de ser “colaboradores” del Ejército.

Esta estrategia de defensa quedó plasmada en un documento que la Justicia Federal encontró hace casi 20 años en la casa del represor Luis Manzanelli (ya fallecido), y en el que constaba un acuerdo común entre los acusados para mantener coherencia a la hora de ser citados a declarar.

El acuerdo incluía culpar a altos mandos fallecidos, en simular desconocer qué ocurría una vez que los secuestrados eran sacados de La Perla en camiones (la culpa acá recaía en Gendarmería) y en desmentir a los sobrevivientes y víctimas.

A lo largo de los 3 años y 8 meses del juicio, la mayoría de los imputados optó por apelar al manual o por mantenerse en silencio.

Excepto uno: el exmayor Ernesto Barreiro fue un verdadero showman que meció su protagonismo entre endurecer la cara y amenazar a los fotógrafos; reír cuando una víctima narraba una violación; provocar al público con ademanes y gestos ampulosos; advertirles a los jueces que algún día ellos también podían ser juzgados; sollozar cuando recordaba a sus “compatriotas” desfilando el 9 de Julio de este año; y burlarse cuando algún sobreviviente lo acusaba de bestialidades en La Perla.

Hizo lo posible para que las cámaras se enfocaran en él. Y lo logró: el 10 de diciembre de 2014, Día de los Derechos Humanos, se puso de pie, les pidió a los jueces que desalojaran la sala y entregó una lista con supuestos lugares de enterramientos clandestinos en predios del Tercer Cuerpo de Ejército.

De inmediato se ordenó una inspección en el terreno, pero al llegar a las zonas marcadas el exmayor dijo que “estaba todo cambiado” y que no reconocía el sector. Es decir: su “aporte” no dio resultado alguno.

Sin embargo, su amague de romper el “pacto de silencio” sobre el destino final de los desaparecidos tuvo la repercusión internacional que Barreiro esperaba: los medios de prensa del país lo contactaron y él se despachó a sus anchas, aprovechando para desligarse de las acusaciones y “embarrar” el proceso.

Su pico lo tuvo en Radio Mitre, cuando soltó: “El Destacamento de Inteligencia no asesinó, ni fusiló, ni enterró absolutamente a nadie (...) En La Perla no murió nadie”.

 

Sumate a la conversación
Seguí leyendo