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Córdoba

Peluquerías como las de antes y para ponerse en "pelo"

Inauguraron en Nueva Córdoba una peluquería masculina que intenta recrear el ambiente de las viejas barberías. Venden vino, whisky y el corte Premium incluye una pinta artesanal.

Vas caminando por Bulevar Illia, una farmacia, una panadería y una… ¿Qué es esto? En la vidriera, estantes con botellas: vinos, whisky, vodka, latas de energizante y cervezas artesanales. En la pared del fondo, una vinoteca y por el pasillo, más allá, otra. Pero lo que llama la atención es un viejo sillón giratorio frente a un mueble con espejos. Buscas explicación en la cartelería exterior y lees: “Vino de Pelo, Club masculino”.

Parece vinería, pero es una peluquería. Y masculina. “La idea es que el hombre se relaje, tenga su espacio, pueda hablar en confianza y tomar algo mientras le cortan el pelo”, dice Mariano Suárez, peluquero, estilista, colorista, todo. Junto con otro Mariano, Domínguez, trabajan en un salón unisex, y hace un año y medio empezaron a pensar en algo distinto. Había mucha demanda de corte masculino, el lugar les estaba quedando chico y decidieron expandirse. Buscaron ideas por internet y se preguntaron “¿Qué nos gusta a los hombres?” Fácil: el whisky, el fútbol, los fierros, el rock and roll y las mujeres. Todo eso es lo que vas a encontrar en este club, en las revistas sobre la mesa ratona, en los cuadros de la pared. Todo, menos mujeres, que sólo pueden entrar para comprar vino o recomendar el lugar a sus amigos. 

Se inspiraron en Salón Berlín, una famosa barbería en el exclusivo barrio Palermo de la Ciudad de Buenos Aires. Ambientada como en el 1900, es también bar y marca tendencia desde hace más de 15 años. En este salón más modesto de Nueva Córdoba, por disposición municipal, no pueden vender bebidas para consumir en el local. Pero si vas a cortarte el pelo pueden ofrecerte una birra como parte del servicio, como quien invita un café, o un vaso de agua. Y si tenés que quedar bien con el suegro, te esperan en un asado, o si te olvidaste de comprar algo para la previa, los chicos dejan las tijeras y te recomiendan algún vino. No es su especialidad, pero los proveedores les enseñaron algunos tips. “Vamos a tener que aprender”, dice Ezequiel Salgado, el tercero, el más chico y el único sin barba. 

Los tres visten jean, camisa y chaleco negro. Cada uno tiene su toilette –tualé en cordobés– con sus herramientas de trabajo: diferentes tipos de navajas y tijeras, cinco o seis modelos de máquinas de cortar pelo, peine, secador, cera, gel, spray y mousse. Los antiguos sillones de barbero restaurados le dan el toque retro. Cada uno tiene, también, sus clientes. 

Los clientes

Santiago, abogado, bien empilchado, va directo a las manos de Mariano. Como cada 15 días, le retoca el corte, le emprolija la barba, lava, seca y modela. Conversan y se ríen a través del espejo. Con los pulgares para arriba el hombre de traje aprueba el trabajo y se dispone a ver vinos. “Cuándo vas a traer la cafetera –reclama– no te vas a clavar un whisky todos los días, pero un café seguro”. 

Inauguraron el día de la primavera y por semana hacen unos 70 cortes. Muchos de los que entran son clientes de la otra peluquería. “Acá es mejor, me gusta la idea, es más para hombres”, Mauricio habla con su peluquero mientras las tijeras van y vienen. Piensa que tal vez las mujeres también estén más cómodas sin ellos en el mismo salón. 

–¿Y de qué hablan los hombres en la peluquería? 

–Y de eso: fútbol, autos y minas

–¿Vienen con sus dramas personales?

–No tanto como las mujeres, pero si, vienen con sus historias. Con sus aventuras. 

La afinidad lleva a que la charla termine en una birra, una invitación a jugar al fútbol o un asado en la casa de algún cliente. 

Como Messi. La moda la marcan los futbolistas europeos. “Messi, Funes Mori, Kun Agüero, todos los jugadores se están cortando igual y eso repercute”, dice Mariano. Antes se usaba la cresta, ahora el fade: rapado en degrade a los costados y largo arriba. Y ahora que Messi se dejo la barba, todos quieren. “Lo de la barba es parte de la onda retro”, explica uno de los estilistas. Empezó en Buenos Aire, pero en los últimos dos años se han abierto más de 10 barberías. 

–¿Y porque no se afeitan en su casa?

–Porque no todos tiene las herramientas y con navaja la piel te queda como un bebé.

La que se usa no es cualquier barba, sino la triangular y larga. 

Desde hace unos años, a partir de la tendencia de los cortes europeos que exigen mantenimiento, el hombre va a la peluquería con mayor frecuencia: cada dos o tres semanas. Le dan mucha importancia a la estética, se cuidan más. Se hacen alisados, reflejos y hasta una nutrición. Ser metrosexual no es una carga para ellos. Lo único que todavía les da vergüenza es teñirse. “Hay algunos que se ponen la tintura en la casa y no dicen nada, pero nosotros nos damos cuenta”, dicen. Posan para la foto en el capo de un Chevrolet 400 que rescataron de una chatarrería y transformaron en sillón. Suena Molotov, el disco ¿Dónde jugarán las niñas? No será en esta peluquería.

Garpa ser peluquero

Son jóvenes, dieron sus primeros tijeretazos ente los 16 y los 19 años. Mariano Suárez (29), estudiaba abogacía y para hacerse unos mangos se puso a trabajar con su peluquero de toda la vida. Podría haber sido plomero o electricista, pero salió eso y le agarró el gusto. Ezequiel Salgado (21) empezó cortándoles a sus amigos, en la casa lo hartaron para que estudiara pero no quería saber nada: “porque te dicen que sos gay”. Superado el prejuicio se inscribió en un curso y acá está.

“Estuve un tiempo probando boludeces y a los 20 años dije: ¡Chau, esto es lo mío!”, dice Mariano Domínguez (27) que arrancó como asistente, lavando cabezas. Les llevó un tiempo tomarse en serio el oficio pero hoy aseguran que es la mejor profesión del mundo. “Hay buena onda, te divertís. Imaginate que te juntas todos los días a charlar con tus amigos, 10 horas por día”. La lista de beneficios va desde el aire acondicionado en verano y la calefacción en invierno hasta la posibilidad conocer gente y el reconocimiento social. Hay clientes que recorren kilómetros para hacerse atender por su peluquero. “Para algunas personas sos un dios”, dice Mariano. O una más de la familia. 

Y en el boliche ser peluquero garpa. “–Sos ingeniero civil, mira qué bien. –¿Sos peluquero?, ¡Ay! ¿Y qué me harías? Listo tenés tema de conversación”, cuenta Mariano y todos coinciden que, en el chamuyo, le llevan varios cuerpos de ventaja a sus amigos: ya saben cómo arrancar una conversación, como desenvolverse, qué preguntar, qué les gusta, qué no les gusta. “Nosotros hablamos 12 horas con mujeres”, se agrandan. Y dan el tijeretazo. 

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