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Córdoba

La palabra de un especialista: la muerte de Emanuel Balbo indigna, pero no sorprende

El sociólogo cordobés Nicolás Cabrera analiza lo ocurrido en el Kempes y refuta la premisa de que "la violencia en el fútbol es un reflejo de la violencia en la sociedad".  

Julio de 2015. Hinchas de Newell's, en su propia tribuna, señalan a un supuesto simpatizante de Rosario Central. Lo insultan, lo golpean, lo desnudan y lo dejan inconsciente en la calle. Ni un año llega a marcar el calendario cuando la misma historia se repite en un partido entre Sportivo Italiano y Laferrere durante un frio junio del 2016. Esa misma semana un deja vú merodea en Vicente López, provincia de Buenos Aires: hay golpes, humillación y expulsión. Esta vez ocurre en la cancha de Platense y le toca a un supuesto hincha de Atlanta. La muerte de Emanuel Balbo duele, indigna y horroriza, pero no puede sorprender. Fue una muerte con antecedentes, por ende, evitable.

En el fútbol argentino cambia la cúpula de la AFA, se remodelan los estadios, se improvisan torneos, se compran y venden los derechos televisivos, pero no “todo pasa”. Su violencia es estructural. Es estructural en términos de tiempo, espacio, actores y modalidad. Veamos más en detalle: en el fútbol argentino se mata desde la década del 20 –la primera muerte es de 1922–, hay claros picos temporales pero un fútbol sin muerte solo existió en días que nunca fueron; Argentina es el país con más muertos vinculados a espectáculos futbolísticos en toda América Latina.

Una salvedad nada menor: el dato anterior echa por tierra aquellos argumentos que repiten hasta la saturación que “la violencia en el fútbol es un reflejo de la violencia en la sociedad”. No señor/a. ¿Por qué Brasil, México u Honduras, que tienen tasas de homicidios el doble o el triple más altas que Argentina, no tienen ni cerca una lista de muertos vinculados al fútbol tan extensa como la nuestra? Nuestro fútbol es particular, muy particular, reconocerlo sería un buen comienzo.

Todos los actores del fútbol tienen su cuota de responsabilidad, claro está, hay que puntualizar para no caer en una generalización que absuelva. Veamos el trágico caso de Emanuel. Los principales protagonistas –autores materiales, espectadores cómplices por omisión, público en general que miró, cantó y celebró el horror– no son los sospechosos de siempre, es decir, “los barras bravas”. Acá no hay cabida para responsabilizar a aquella figura demonizada sistemáticamente y representada como el único mal de un fútbol que más que un árbol podrido de raíz, solo tendría un par de manzanas tan pecaminosas como indeseadas.

El "hincha común". Acá se desnudó otra verdad, dicha hasta el cansancio por quienes investigamos este tema hace años, y permanentemente desoída por  quienes tienen la responsabilidad de cuidarnos en los estadios. Los principales responsables son los “hinchas comunes”. Ese sujeto hiper-romantizado por la publicidad, la literatura, el periodismo, entre otros. Lo visto en el Kempes expone la falacia de esa “aura pacifista” con la que durante décadas blindamos al “hincha común”. 

Capítulo aparte son las políticas de seguridad –y sus responsables en el diseño y la ejecución–. Y acá tenemos un problema mayúsculo. En el operativo de seguridad del Estadio Kempes, aparentemente, no falló nada puntualmente. Se implementó el programa “Tribuna Mas Segura”, había la cantidad de efectivos policiales previstos, las cámaras funcionaban, la ambulancia ingresó hasta la tribuna y hasta se cumplió la normativa de prohibir el público visitante – Emanuel era hincha de Belgrano–.

Sin embargo todo salió mal, hay un muerto –y un herido en el rostro por una bala de goma policial del que pocos hablan–. Es que toda la concepción de seguridad que atraviesa los operativos que se implementan en los estadios merece una impugnación de origen. Sus bases, sus presupuestos fundamentales, sus premisas básicas son una invitación a la violencia. Por eso es que ellos pueden funcionar correctamente y, al mismo tiempo, dejar muertos en el camino. Lamentablemente aquí no hay espacio para argumentarlo en detalle –aunque se conozcan poco las publicaciones académicas y de divulgación sobre el tema abundan–, por eso nos detendremos en la que nos parece la medida más oportuna para cuestionar: la prohibición del público visitante.

En el Ascenso desde el 2007, y en la Primera División desde el 2013, en Argentina se suprimió al público visitante de un plumazo. Su efectos, lejos de disminuir la violencia, la aumentaron –solamente en el 2014 se registraron 17 muertes, el peor año desde la fundación del fútbol argentino como deporte profesional –. Se sabe que el fútbol es una máquina de construir oposiciones en donde la violencia es moneda corriente para dirimir conflictos. La prohibición de la otra hinchada trajo dos novedades a esta máquina de crear antagonismos que llamamos fútbol: la primera es que, sin hinchada contraria, las viejas rivalidades se suspendieron –nunca desaparecieron– al mismo tiempo que otras se construían.

Como el “enemigo” ya no estaba al frente, se la buscó al costado. Sin público visitante, el “otro”, el “puto”, el “cagón” paso a estar en la propia hinchada, de ahí que, en los últimos años, aumente exponencialmente los enfrentamientos entre hinchas del mismo equipo. Y por otro lado, emergió una figura hasta antes desconocida en el fútbol vernáculo: el infiltrado. Aquel indeseado, clandestino, encubierto, que como tal representa una amenaza en sí misma. De ahí, que la simple etiqueta opere como sentencia de muerte, independientemente del verdadero equipo al que el imputado pertenezca.

Dos requisitos. Nada de lo ocurrido en el Kempes, en Vicente López o en Rosario sería posible si previamente no existieran dos requisitos que, creemos, exceden a la prohibición del público visitante pero al mismo tiempo son reforzados por ésta: una tiene que ver con la lógica territorial que atraviesa todas las rivalidades de nuestro fútbol argentino. Cada equipo y cada hinchada tiene sus territorios: estadios, tribunas, barrios, esquinas. Los territorios propios se deben defender. Los ajenos conquistar. Es una lógica bélica –el fútbol es una fiel teatralización de la guerra– que combina honor y humillación.

Desde ahí, la convivencia territorial es imposible y la prohibición del público visitante reproduce y refuerza esa lógica. Divide, separa, excluye y confina. Resultado: la presencia del otro solo puede ser pensada en términos de amenaza, peligro o invasión. Es una ley que cristaliza el triunfo de la intolerancia.

Ahora bien, y entramos en el segundo requisito, por diversas razones los hinchas se arrogan para sí mismos el derecho policial de identificar y castigar a los “infractores”, además de espectacularizar el castigo –pensemos en los celulares filmando o en los cánticos entonados– a modo de correctivo ejemplificador. Delación, sanción y amenaza. De esta manera, el poder policial se combina con un sentido de justicia propia. Junto con la idea del infiltrado nace el hincha/punitivo, aquel encargado de custodiar el territorio propio y de castigar al invasor. Se trata de procesos que exceden al fútbol pero que sin duda, en este escenario, tan propenso a la violencia, hacen que algunos “buenos vecinos” sean asesinos en potencia o cuerpos matables.

Lo he dicho muchas veces, la “violencia en el fútbol” es una papa que calienta pero que no quema. La atención y preocupación que recibe está atada a la intermitencia mediática, que solo asoma ante casos que escandalizan por su espectacularidad. Conjuntamente el carancheo a la víctima retorna eternamente. Promesas políticas, medidas espasmódicas, reclamos punitivistas y condenas morales son enarboladas en nombre de unas victimas que nunca dejan de morir. Cada uno sabrá lo que corresponde, por ende, hablo de lo que me compete.

A los científicos sociales nos queda la comprensión, inconfundible con la justificación. Y a los hinchas y amantes del fútbol nos queda, o la voluntad organizada de una transformación radical, o la resignación ante la muerte de un espectáculo tan idealizado que seguramente nunca existió.

Por Nicolás Cabrera. Licenciado en Sociología por la Universidad Nacional de Villa María (UNVM). Doctorando en Antropología en la UNC. Becario del CONICET. Especializado en temáticas vinculadas a la violencia y la seguridad.

Nicolás Cabrera es cordobés y actualmente vive en Brasil.

 

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