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Córdoba

La otra pasión de Gonio Ferrari

Gonio Ferrari es una institución del periodismo cordobés. Además de su pasión por las noticias y por informarlas, es fanático de un deporte que jugó: el rugby.

Por Fabricio Esperanza

El periodismo de Córdoba tiene un largo y rico desarrollo en sus diferentes facetas y soportes. Ya sea en medios gráficos, en radio o en televisión, hay historias que llenarían tomos completos de una biblioteca y personajes que tienen un lugar ganado en la vitrina de los referentes.

El Gonio Ferrari es una de esos tipos que tiene el privilegio de decir que pasó por todos lados, con la friolera de casi seis décadas en el ejercicio de un laburo que, más allá de los avances tecnológicos, siempre tendrá pizcas de bohemia, un apego irrenunciable a la verdad y lealtad marcial al dato chequeado.

Actualmente, conduce el programa radial Síganme los buenos, por Radio Universidad, y se encarga de generar contenidos para su propio sitio web. Consultado por Día a Día acerca de sus otras pasiones, saltó con un dato que no estaba dentro de los pronósticos: su gusto por el rugby, un deporte que no sólo consume por televisión cada vez que hay algún partido, sino que además practicó en su juventud vistiendo la camisera del club Bajo Palermo.

–¿De qué época estamos hablando, Gonio?
–Y, mitad del siglo pasado más o menos, años ‘55 y ‘56. Algunos me dicen que cuando yo empecé a jugar al rugby la pelota era redonda, ¡jaja! Mi hermano había jugado en el equipo de la Escuela de Aviación, y cuando se armó el club Bajo Palermo éramos un grupito de chicos jodiendo y unos viejos que jugaban a las bochas. Y decidimos empezar con el rugby, a juntar gente con amigos y vecinos. Nuestro primer entrenador fue mi hermano, el Flaco. Y vos sabés que fue gracias al rugby que entré en el periodismo, haciendo comentarios en La Voz del Interior, con apenas 18 años.

–¿O sea que hasta le debés tu carrera a la guinda?
–Claro, el 95 por ciento de los periodistas hacen sus primeras armas en la sección Deportes y después pasan a otros menesteres. Algunos ingratos se olvidan de esos comienzos; yo en lo más mínimo porque le debo al deporte ser periodista.

–Jugaste en el club Bajo Palermo en tus inicios. ¿Sos hincha de esos colores?
–Sí, aunque ahora no voy seguido, pero soy del Bajo. Sí soy de ver muchísimo rugby por televisión. No importa si es de tarde, de noche o de madrugada: cuando hay alguna oferta interesante por los canales de deportes, la veo. Te aseguro que incluso sacrifico algunas salidas con amigos, alguna reunión, con tal de ver un buen partido. Y no importa quién juega, veo a cualquiera.

–¿En algunos de tus viajes viste buen rugby?
–Más vale. Estuve en Nueva Zelanda, he presenciado prácticas, también en Australia, en Sudáfrica. Nuestro rugby creció mucho cuando, gracias a la tecnología, se acortaron las distancias. Recién ahí pudimos observar estilos y métodos que antes sólo podían verse viajando a esos lugares.

–¿Hasta qué edad jugaste?
–Exactamente hasta los 32 años. Y dejé por problemas con el alma…

–¿…?
–Con el alma… naque, ¡jaja! Llega un momento en el que uno debe ser consciente de que no puede seguir. Yo ocupé todos los puestos, menos el de fullback. Y en mi familia casi todos jugaron: mi hijo con algún intento, todos mis hermanos. Una sola vez se pudo dar la situación de jugar los cuatro hermanos juntos.

–¿Tenés amigos con los que compartís ese gusto?
–Sí, y nos preparamos unos picadones espectaculares cuando nos juntamos para ver algún partido por la tele, cuando se juegan los mundiales.

–Hablando de picada, tenemos el dato de que te gusta mucho la cocina.
–¡A mí lo que me gusta es morfar, jaja! Me gusta la comida elaborada, pero soy enemigo de esos lugares donde te sirven porciones homeopáticas. Y algo tiro en las ollas o en la sartén, y lo hago para reuniones y para compartir, porque pienso que cocinar para uno es una muestra de egoísmo. Es lindo crear en la cocina.

–¿Y qué sacaste de la galera gastronómica?
–Tengo tres o cuatro inventos. Te digo uno: le sacás la piel a una morcilla y la cortás en rodajas; picás cebolla blanca y verde, y a las rodajitas le agregás un picante jalapeño, apenas un toque… ¡aplaudían los negros cuando lo hice! Soy un fanático de las picadas, pero agregando cosas que salgan de lo común.

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