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Córdoba

Juntos y lejos del agua, regalo de Navidad

Se ayudaron cuando el agua les llevó todo en la inundación de Sierras Chicas de 2015 y hoy van a compartir la cena de Nochebuena.  

La lluvia no para en Villa Allende. Llueve cada vez más fuerte y pareciera que nunca va a parar, entonces el agua comienza a ganar la calle, las veredas, se mete en las viviendas en el barrio Cóndor Bajo. Lalo y Darío se ayudan mutuamente, mandan a sus familias a un terreno más elevado y se quedan subiendo las cosas de valor de sus hogares al techo. El agua supera ya el metro cincuenta. No se puede rescatar nada más, entonces ellos también quedan atrapados en los techos. 

La inundación del 15 de febrero de 2015 los tiene en jaque a ambos. Lalo es el que está más expuesto, porque junto a su hijo Ezequías quedaron atrapados justo un codo de la correntada que no para de crecer. 

En la desesperación, Darío corta el cableado del teléfono y la televisión para usarlos como soga, les ata unas ménsulas en la punta y los arroja al techo donde están sus vecinos. Lalo y Ezequías se sujetan de los cables y se arrojan a las revueltas aguas marrones. 

Los recuerdos que siguen son de frío, angustia e incertidumbre. Pero esta Navidad encuentra a estos vecinos más serenos, contentos. Es que como otros damnificados, fueron beneficiarios del plan de vivienda que lanzó la Provincia para asistir a los evacuados que perdieron sus hogares. La ayuda llega a casi dos años de ese temporal que dejó con el corazón en la mano a Sierras Chicas.  

Lalo y Darío eran amigos desde antes que el agua arrasara con sus vidas, pero esta dificultad los acercó aún más. Juntos se apoyaron para pasar estos años lo mejor posible, y ahora que estrenan hogares ese lazo es más fuerte. 

Llorar para reír. Lalo se mudó hace poco más de un mes al conjunto de viviendas que se construyó en Villa Allende, pero lo que más lo llenó de alegría fue que a Darío le entregaran su casa el viernes de la semana pasada. Un gran regalo de Navidad para ellos. 

Así comenzó el episodio final de este triste capítulo en la vida de estas familias. Darío dejó la casa que alquilaba el martes pasado. Los últimos párrafos comenzaron a escribirse con la demolición de las viviendas afectadas por el agua en el barrio Cóndor Bajo.

Después de las mudanzas, la Provincia demolió las viviendas afectadas.

Ahora, todo es risas entre estos dos amigos, incluso se cuela alguna carcajada en el recuerdo de aquella fecha fatídica, pero prefieren vivir este presente y mirar hacia el futuro. 

En estos días de trabajo y mudanza Lalo y Darío “tuvieron” que sacrificar la comida que estaban guardando para Navidad. 

Lourdes, la esposa de David, había comprado un pavo para comer en la Nochebuena, pero en la mudanza se descongeló y fue a parar al horno.

“En realidad todos le tenían ganas al pavo. Estábamos tan contentos con la mudanza que mientras sacábamos cajas y armábamos los muebles, lo cocinamos. Preparamos un chimichurri, se lo inyectamos con una jeringa y fue para el horno. Así inauguramos la casa”, cuenta Darío entre risas. 

Lourdes hoy es pura sonrisa. Dice dos palabras y ríe. Mira lo compinche que es su esposo con Lalo, el barrio nuevo, y eso le borra cualquier tristeza que haya sentido.

“Después de la inundación estuve muy mal. Nos fuimos a vivir a la casa de unos tíos, que nos ayudaron un montón, pero yo había perdido mi casa. Bajé como siete kilos, estuve muchas semanas con tos y vómitos. La psicóloga me decía que eso era angustia, pero yo no lloraba. Hasta que un día exploté, me brotaron las lágrimas y ahí me curé”, recuerda la mujer.

Ese llanto fue el primer paso para rearmar su vida. De la casa de sus tíos, Darío y Lourdes se mudaron a otra vivienda, que alquilaron por más de un año sin ayuda de la Provincia.

Reconstruir escombros. El transcurrir de este tiempo también fue difícil para Lalo y su esposa Mercedes. Ellos tenían una despensa, su principal fuente de ingresos, pero el agua la destruyó. Estuvieron tres meses sin poder reconstruirla, hasta que de a poco pudieron salir adelante.

Hasta hace 40 días, ellos estaban viviendo en la casa que había afectado el agua, hasta que les llegó la noticia de la adjudicación de la nueva vivienda. 

La mudanza de ellos también incluyó la despensa. Para poder rearmarla, Lalo sacó los ladrillos con los que estaba construido su viejo hogar. David, incondicional, lo ayudó en la tarea. 

Mercedes tiene dos cuadernos: en uno anota lo que vende y en el otro lo que sus vecinos piden de fiado: los conoce a todos, porque la mayoría eran sus vecinos en Cóndor Bajo y fueron afectados por el agua. 

Ahora, Lalo y Darío sueñan con poder volver a pescar a un río, al dique San Roque, actividad que compartían y disfrutaban hasta antes que la inundación hiciera un paréntesis en la vida que construyeron.

Para esta noche ya no quedan lágrimas. El agua fue bajando hasta transformarse en apenas un mal recuerdo. Sólo les falta el arbolito, que no tuvieron tiempo de armar. Un asadito va a reemplazar a ese pavo que no llegó a la Navidad. Después de 12, quieren salir a brindar a la calle. Van a estar juntos, como en estos dos años en los que su amistad se hizo mucho más fuerte gracias a la adversidad. 

Todavía en espera. El viernes 16 se entregaron las últimas 35 viviendas en Villa Allende. En total, 80 familias recibieron un hogar esa ciudad de Sierras Chicas. El cronograma de entrega todavía está demorado. En Río Ceballos se construyen 59 hogares y a casi dos años del trágico temporal del 2015 todavía no se entregó ninguno.

Con el agua y la energía prestadas

El barrio de Villa Allende en el que se construyeron estas viviendas todavía luce semivacío. Es que las 80 viviendas del lugar se entregaron en dos tandas, 45 en una primera, hace poco más de dos meses, y 35 el pasado 16 de diciembre. 

Muchos vecinos prefieren no mudarse aún porque las casas no tienen conexión eléctrica (la tienen que pedir a Epec cuando empiecen a mudarse) ni agua potable (tienen que conectar la cañería del domicilio a la red del barrio), pero hay otros que ante la necesidad del techo prefieren pasar días a la luz de las velas. 

En el nuevo barrio todavía no están ocupadas todas las viviendas (Javier Ferreyra).

Así, en el barrio se pueden ver prolongadores y mangueras que cruzan la calle, porque los vecinos que ya tienen las conexiones las comparten con los recién llegados. 

Yanina Rojas, que se mudó el sábado pasado (el día después que le entregaron la llave), llena el tanque de su casa con la manguera que le tira un vecino que tiene todo conectado. La luz se la conectó Epec el miércoles. 

Los Núñez, que viven en la misma manzana pero del lado opuesto, atraviesan una situación peor, porque en casa son 10. También se mudaron rápido, les conectaron la luz, pero no encuentran el caño de la red de agua que pasa por la calle para poder conectarse. Por ahora, otro vecino los auxilia con una manguera.  

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