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Córdoba

Hasta la última gota

Los vecinos de La Granja no desperdician ni lo que usan para lavar los platos y aprovechan cada milímetro de lluvia.

Las hojas del roble de Ángel Marcuzzi son chicas. Algunas están amarillas, como si un otoño tempranero quisiera secar el árbol, pero en realidad son las escasas lluvias del verano las que deshojan a la planta de este vecino de La Granja que plantó el ejemplar en el ‘86 y que asegura que nunca lo vio tan disminuido.

La Granja es una de las localidades más afectada por la crisis hídrica en las Sierras Chicas. Ángel y su roble son la imagen de la situación en Las Vertientes, una de las zonas más golpeadas por “la seca”. Según el hombre, el árbol tiene un follaje hermoso y verde que después de cada primavera no deja ver ni uno de sus gajos, pero este año a la frondosidad le falta agua.

El martes pasado, cuando el cielo bendijo a la tierra de Córdoba con un poco de lluvia, Ángel salió desesperado de su casa con unas canaletas de zinc en la mano. Hacía semanas que no había precipitaciones en el pueblo y el hombre quería sacar el mayor provecho.

Canalizando los desagües del techo de su casa, en el medio de la tormenta, llenó dos tanques de mil litros. Su sistema de aprovechamiento del agua es vital en un pueblo donde hay que esperar más de una semana para que un camión cisterna transporte lo que en la zona llaman “oro líquido” a cada una de las casas: cuando Ángel pidió agua le dijeron que había más de 100 personas en lista de espera antes que él.

El hombre vive con su familia, son en total seis personas. El agua que le mandan con camiones o que obtiene de la lluvia la utiliza para lavar y para el baño. Para consumo, gasta 108 pesos por mes comprando seis bidones de agua potable de 20 litros.

“Estamos recontra complicados, ahora que ha llovido esperamos que se solucione el problema. No teníamos nada de agua, con la lluvia pudimos llenar dos tanques de mil litros, después de dos meses y medio salió un poquito de agua de la red, pero ya se quedó seca de nuevo”, graficó Ángel.

La idea de ir a retener el agua de lluvia surgió de la necesidad que impera en la familia. Ángel contó que cuando vio las primeras gotas le nació salir de su casa: “Fue una cosa improvisada en el momento de la lluvia, había que juntar agua de alguna manera porque ya no teníamos. Llenamos dos tanques y se rebalsaron. Si tuviese canalizado todo el techo podría juntar más agua. Ahora voy a armar una cisterna para 25 mil litros”.

Ángel tiene 66 años, está jubilado y trabajaba de electricista, por eso pudo instalar bombas en su casa para que lleven el agua que está almacenada en los tanques del patio hasta los del techo, y de ahí la distribuye a toda la vivienda.

“Toda el agua que se usa en la cocina para lavar no se tira. Se cierra la pileta, se lava, después esa agua se saca y regamos las plantas, lo mismo hacemos con el lavarropas, aunque en estos días sin lluvia tuvimos que ir a la casa de un pariente en Colonia Caroya para lavar. En el baño, nos duchamos como dice el presidente de Venezuela, Hugo Chávez: en tres minutos y con un fuentón. Hacemos un uso racional de la poca agua que tenemos”, cuenta el hombre, al lado del tanque casi lleno.

A Ángel le gustaría que las obras prometidas en la zona se concreten para no tener que lidiar más con la sequía, pero mientras tanto se las ingenia para vivir el día a día: “Acá hay cosas que son irritantes. El otro día pasó la propaladora pidiéndole a los vecinos que no se derroche el agua, y yo pienso, con mucha bronca: ‘cómo voy a gastar algo que no tengo’”.

El circuito del agua. En La Granja las estrategias para captar el agua se multiplican. Enrique Hernández tiene un complejo de seis cabañas en el barrio Las Vertientes y dentro de su predio tiene un sistema de canaletas, tanques y pozos que le permiten sacar el máximo provecho de las lluvias y no desperdiciar ni una gota.

El circuito está hecho de cemento y piedra bola. En zigzag, baja desde la parte alta del terreno hasta la calle, donde está el pozo donde se almacena todo lo que se puede recolectar. En el medio, hay varios “pulmones” que retienen agua antes de liberarla al próximo tramo y lo que allí queda se usa para riego, como el agua que sale de los lavarropas y del filtro de la pileta.

A Enrique le gustan mucho los animales. Tiene una pecera con una fuente, también de cemento, que es abastecida por el agua del circuito y en la última lluvia se le rebalsó. A la pileta del complejo la llenó pagando un camión y casi todos los días viaja a Córdoba para buscar agua para los turistas.

“La hemos pasado como todos y hasta un poquito peor, porque nos han negado el agua como a nadie desde la comuna. Como estoy construyendo una proveeduría nos dijeron que no podíamos derrochar y por eso no nos mandan camiones. No nos dejaron nada escrito, pero es mentira que desperdiciamos porque el agua que usamos para construir es la que tenemos almacenada y que está podrida”, se queja don Hernández.

Acomodarse a la época y sacar provecho en la adversidad es una de las cualidades de este hombre: “Yo hace más de 20 años que estoy en La Granja y ya se hablaba de la falta de agua, por eso por todos lados junto agua. Tengo 70 años y he pasado varias. Siempre hubo seca, desde que existe el mundo hay seca y abundancia de agua. Eso es vida. No pasar por estas peripecias es no vivir, entonces tenemos que acomodarnos a los momentos”.

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Sin descanso para dar agua
Los camiones cisterna van y vienen a lo largo de la ruta E53, desde Salsipuedes hasta La Granja. En su andar, iluminan rostros sedientos. Con la garganta seca y la lengua empastada, los vecinos de las Sierras Chicas padecen un verano casi sin agua, esperando a los vehículos que llenan los tanques de las viviendas.

En Salsipuedes, los choferes que transportan el agua trabajan desde las 7 hasta las 22 llenando las cisternas de ocho mil litros unas ocho veces por día para inyectar las redes con agua o para llevar el líquido hasta la casa de los vecinos.

Mario y Juan Carlos hacen este trabajo casi todos los días. En la última semana les tocó llevar el agua a El Pueblito, uno de los barrios de Salsipuedes más afectados por la crisis hídrica.

Su rutina es ir a llenar el camión a la cisterna de El Talita, que se abastece de agua por el pozo de Plasman. La tarea les lleva 10 minutos; después, los espera un largo recorrido por los hogares de los vecinos, que esperan varios días su llegada.

Cuando el sonido del camión rompe con la monotonía de la siesta en las sierras, los niños salen corriendo de sus casas. Presurosos, ayudan a sus padres a vaciar lo poco queda en los tanques para ponerlos en baldes, así entran unos 20 litros más del preciado líquido, muchísimo si hay que abastecer a una familia de nueve personas con un tanque de tan sólo 500.

A esta situación la padece la familia de Néstor Díaz, que vive en El Pueblito. Cuando el jueves les llegó el reparto de agua estaban felices pero enojados. En su pequeño tanque quedaba muy poca agua, ya casi podrida, y hacía una semana que estaban esperando la visita.

Para zafar, un vecino que está de viaje les permitió usar sus reservas, y así tiraron hasta que el camión comandado por Mario y Juan Carlos llegó el jueves pasadas las 15 para calmar un poco la sed.

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