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Córdoba

En Puesto Pucheta, Mariela es una seño todoterreno

La maestra de la escuela rural de Puesto Pucheta fundió su auto de tanto empantanarse. Se armó una pieza en una de las aulas, en caso de que no pudiera regresar.

De camino a la escuela, Mariela del Franco se cansó de quedarse empantanada. Por eso convirtió una de las aulas en su habitación. También se hartó de perderse los actos escolares de sus hijos, por trabajar. Así que se designó maestra de la más chica, en el colegio rural Sargento Cabral de Puesto Pucheta, donde dicta clases a otros cinco alumnos.

Aquel sábado de 2016 su hija amaneció con fiebre. Salió al patio y vio el cielo cubrirse de nubarrones. Ya le advirtieron los baqueanos: si se pone negro del sur, se viene la tormenta. Si llueve, los caminos se empantanan y no hay forma de salir.

Escribió un mensaje en su celular y ató el dispositivo al mástil. Izó como si fuera una bandera y esperó señal. Un sonido le indicó que había respuesta. Horas más tarde, su esposo Nicolás acudía al rescate.

“Toda mi vida quise ser maestra. No lo cambiaría por nada en el mundo. Por eso cuando en 2014 gané la titularidad, elegí esta escuela rural. Nunca imaginé que me pasarían tantas cosas”, afirma la seño.

Con un crédito a pagar en tres años, Mariela compró un Renault 9 usado. Al cabo de seis meses, ya lo había fundido. “Se quedaba empantanado en el barro. Lo tuve que empujar mil veces. Hasta que un día dijo ‘basta’”.

Cinco veces a la semana, esta señorita de jardín a sexto grado y directora de la institución, recorre los 22 kilómetros desde Obispo Trejo (al noreste de Córdoba) al paraje rural. Cuando llueve, esa vía se empantana y entonces recurre a un ripio alternativo que los productores utilizan para descargar sus cosechas.

Un remisero le hizo precio, aunque en pasajes se esfuma buena parte de su sueldo. “Un día nos agarró la piedra. Tuvimos que refugiarnos bajo un árbol. Ya cambiamos cuatro veces el alternador, pero de vez en cuando se nos queda. Y otra vez a empujar”.

Con 42 años, cuatro hijos, dos nietos y una compleja cirugía en su haber, nada la detiene.

“Hace 10 años que soy maestra de jornada completa. Mis hijos me ruegan para que saque los libros de la mesa y puedan comer en paz. Con los más grandes estuve ausente. A la más chica me la llevé al campo”.

Especie en extinción. Las escuelas rurales desaparecen, advierte Mariela. “Los dueños de campo ya no contratan familias. Los trabajadores rurales se cansan de la inundación y se van al pueblo. Nosotros nos quedamos sin chicos”.

Cuando la seño arrancó, tenía 18 alumnos. La crecida de un canal aisló a una familia entera y ahí perdió a siete. Sólo seis terminaron el año. En sus épocas de esplendor, la institución tuvo más de 40 alumnos.

Tres inundaciones graves sufrió Puesto Pucheta, la primera en 2014. En aquel entonces, los niños tuvieron clases en La Joaquina, una estancia cercana. Con el segundo alud, tuvieron que irse más lejos porque la superficie anegada crecía cada vez más. En la tercera, se fueron a 15 kilómetros.

“El año pasado, nos pasamos dos meses en la escuela Margarita Sánchez de Thompson, del paraje vecino. Íbamos día de por medio y dictaba clases en doble jornada”, recuerda.
Tres generaciones de las familias que hoy habitan Puesto Pucheta asistieron a la misma escuela.

“Es una maestra especial –dice Adán Vanega (62), uno de los paisanos–. Las otras docentes se iban a la casa. Si no había clases, no venían. Pero esta seño se queda”.

Además de docente es directora y chofer, porque a veces es preciso buscar a los chicos a los campos distantes, cuando el camino lo permite. Una vez por semana trasporta los alimentos de Paicor desde Trejo. Y Tina, la cocinera, se las ingenia para hacer un manjar.

Hoy el edificio sufre los vestigios de la última inundación. Las paredes están llenas de humedad. El piso del patio cedió y una de las paredes (justo la de su cuarto), se partió. Ella espera que arreglen los caminos y que mantengan la escuela. “Si volviera a nacer, sería maestra otra vez”, dice.

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