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Córdoba

En el nombre de los hijos (asesinados)

La histórica sentencia en los ojos de Andrés Quiroga, el lugareño que de chico encontró huesos en los hornos de cal de La Ochoa y se atrevió a contarlo 39 años después. Se emocionó con las condenas y deseó “que más madres encuentren a sus hijos”.

Ahora sabemos que Andrés Quiroga (52) escuchó historias sobre la muerte cuando era chico.

Al principio eran aullidos lejanos, ululares molestos, hasta que él, que había crecido en la aspereza del monte, acudió a su padre.

–Dígame, ¿qué son esos silbidos del otro lado de la quebrada?

–Son almas en pena, hijo. Gente que no descansa en paz y anda dando vueltas por el campo.

La cosa se puso incómoda, pero nada que asustara a un lugareño que había nacido en la simpleza del caserío llamado La Ochoa, en la reserva natural militar de La Calera, y había pasado su infancia arriando y alimentando animales.

El límite lo puso esa mano machucada y con restos de cal que su hermano desenterró a fines de 1975, cuando ambos jugaban en los hornos abandonados de La Ochoa, a cuatro kilómetros de la casa de los Quiroga.

Andrés tenía 11 años y no sabía que la historia le tenía guardado un lugar en la reparación de la memoria social.

“Mirá lo que es la vida. Uno nunca imagina que lo va a llevar por caminos inesperados y conocer gente que nunca se le hubiera ocurrido”, cuenta enfocado –los ojos rojos, acuosos, hinchados- en las nueve mil personas que festejan la quinta condena a prisión perpetua a Luciano Benjamín Menéndez en Córdoba.

Entre ellas resaltan fácil las canosas con pañuelos blancos en la cabeza. Andrés las encuentra y sonríe. “Ver a toda esta gente me llena el alma. Sé que cuando hablé pude cambiar la historia para esas cuatro familias, pero siempre me queda la culpa de no haber hablado antes. Si no me hubiera callado 40 años, quizá esas madres hubieran podido morir con los huesitos de sus hijos”.

Las madres que murieron sin los huesitos de sus hijos son las de Rosa Gómez Granja (de Villa Dolores), Alfredo Felipe Sinópoli (San Luis), Ricardo Saibene (San Luis) y Luis Agustín Santillán Zevi (Salta), cuando estudiantes universitarios secuestrados a fines de 1975 en el Parque Sarmiento.

Los 38 condenados en la megacausa La Perla (Nicolás Bravo).

Desde otro lugar. Andrés probablemente no se interesa por la política ni se disgusta por las tragedias de la historia nacional. Creció obedeciendo a su padre en las tareas rurales y en la prohibición de repetir esas historias que se escuchaban en La Ochoa sobre militares fusilando y enterrando gente en los pozos.

Por eso cuando desenterraron esa mano nauseabunda de los hornos, Andrés hizo caso a la advertencia de su hermano Antonio: “No digás nada en casa, que no se enteren que estuvimos acá”.

“Para mí que era la mano del estudiante más grande, el salteño. Era un tipo grandote, y me la juego que era de él”, grita en la escalinata de Tribunales Federales. Gritar es el único modo de escucharse en ese júbilo masivo cuando al exmayor Guillermo Ernesto Barreiro le dictan la primera condena de su vida.

Esa mano, ese olor y esas moscas en flotando en ese olor fueron demasiado; Andrés tuvo miedo y calló un secreto familiar –en realidad, fraterno- durante 39 años. “Ahora te puedo decir que mi padre nos hacía callar porque nos estaba protegiendo. Éramos gente humilde, trabajadora, no sabíamos nada de los militares, más que eran gente que metía miedo. Siempre me pregunto, ¿qué nos hubiera pasado a mi hermano y a mí si los militares nos descubrían desenterrando huesos en los hornos? Seríamos desaparecidos, ¿no?

El hallazgo de esos restos iba camino al olvido. Sucedió que en el medio Andrés tuvo hijos, y su conciencia empezó a escarbar duro en especial por la noche. “Me despertaba en la madrugada y se me venía a la cabeza la imagen de los hornos. También me parecía escuchar los silbidos de las ánimas, y me preguntaba si no me estarían silbando a mí para que las ayudara. El amor por los hijos es lo más fuerte que hay, y me atormentaba pensar que había padres buscando a esa gente enterrada en los hornos”.

En la identificación de los restos hallados en los hornos trabajó el EAAF.

El tormento y las ánimas lo siguieron hasta principios de 2014, cuando fue al Espacio para la Memoria en La Perla y contó lo que sabía. Su padre ya había fallecido y nunca supo del macabro hallazgo infantil; pero su madre, al enterarse, lloró y lo felicitó por animarse a contar la verdad.

Su testimonio llegó al juicio de la megacausa, y en octubre de 2014 el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) excavó en los hornos de La Ochoa y halló migajas de huesos de los cuatro estudiantes universitarios secuestrados en el Parque. Migajas que fueron hasta ahora el único hallazgo de restos humanos en los predios de La Perla, y que a sus familias les permitieron hacer un duelo después de 40 años vacíos.

“Sé que ahora la gente de los hornos descansa en paz. Pero igual quiero pedirles perdón a los familiares de esos chicos por no haber hablado antes, porque el silencio de algún modo te hace cómplice. Cuando estuve con ellos me abrazaron y me dijeron que Dios me preparó para hablar en el momento adecuado. Pero yo no puedo dejar de sentir algo de culpa”, se emociona.

Y señala a las viejas con pañuelo: “Mirá esa gente la edad que tiene y sigue buscando a sus hijos. El amor por los hijos es algo para siempre. Por eso yo conté lo que sabía, porque no podía más con este secreto”.

En la calle sigue el baile: acaba de terminar el juicio más grande de la historia de Córdoba, con 28 condenas a perpetua y cinco absoluciones. Antes de mezclarse con la gente, Andrés sacude la espalda y resopla: “Esta mochila dolorosa no me pertenecía y acá la dejo. Ahora me siento parte de esta justicia”.

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