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Córdoba

El encuentro esperado con el chofer rescatista

Rubén Rosales, colectivero de la línea 13 de Coniferal, asistió a Justina, una joven que tenía convulsiones. Este jueves conoció al padre de la chica, que le agradeció.

Todo hacía prever que sería una mañana tranquila para Rubén Rosales. Con 20 años arriba del colectivo pensó que ya lo había visto y hecho todo. Hasta que el miércoles pasado por la mañana, cuando iba manejando la línea 13 por avenida 27 de Abril, se despertó un griterío arriba del coche. Era el llamado desesperado de los pasajeros ante una chica que estaba descompuesta en la parte trasera. De ahí el comienzo de una historia de tensión, miedo y encuentros.
 
 
Justina, la joven estudiante, había tomado el colectivo como tantas otras veces en Chacabuco y Derqui, y a la altura de la Torre Ángela empezó con convulsiones. Ante el grito de los pasajeros, Rubén clavó los frenos y dispuso que la chica quedara acostada en el piso y de costado. De ahí nuevamente al volante en una carrera a toda marcha.
“Tenía unos segundos para pensar qué hacía y ahí dije: ‘Vamos’”, cuenta este chofer de 55 años y padre de dos varones: Federico y Franco.
El chofer cerró las puertas del colectivo y avanzó pidiendo paso, cruzó avenidas, pasó semáforos y se salió del recorrido con todos los pasajeros arriba –pese a que debía cumplir con una hoja de ruta–, pero era la vida de la chica tendida en el piso lo que lo movilizó.
“Parecía como epilepsia, por lo que me fui raudamente y en décimas de segundos, con la gente que gritaba y con la carga llena, me salí del recorrido. Los semáforos se me ponían encima en rojo, así que iba despacio pidiendo paso”, relata. 
“Tenía dos posibilidades: llevarla al Aeronáutico o el Sanatorio Mayo. Le di por Jujuy y no paré. Estacioné en doble fija, freno de mano, balizas. Traté de hacer todo –explica Rubén–. Abrí la puerta por la parte exterior y la cargué con sus pertenencias. Un naranjita me vio y me abrió paso, y una secretaria me ayudó a que llegara hasta una camilla porque estaba con convulsiones”.
El clima era tenso, la joven no estaba bien, el pasaje esperaba entero en el colectivo, y Rubén estaba a varias cuadras del recorrido que debe hacer la línea 13 de Coniferal.
“Fue una situación muy fea. Por suerte los médicos actuaron de inmediato, yo la trataba de sostener hasta que ellos llegaron. Ya cuando quedó con los médicos, recién ahí al colectivo”, resume Rubén. 
No había pasado ni una hora, pero los nervios hicieron que el tiempo pareciera más largo.
“Después seguí trabajando como si nada. Conté lo que me había pasado, como siempre que uno llega a la casa y le cuenta a la mujer y a los chicos, pero nada más. Pero después fueron mis chicos los que me avisaron que el papá me estaba buscando”, dice Rubén, que se enteró que Esteban, el padre de la joven, le había escrito una carta en las redes sociales. 

Hoy jueves a la tarde se conocieron frente al Hospital Aeronáutico.
“Me dijo que su hija está bien porque llamó a la empresa y me comunicaron con él”, cuenta antes de dar con el padre.
 
“Me encantaría saber su nombre para agradecerle, mientras tanto, por favor, hagan llegar nuestro más profundo agradecimiento a este héroe anónimo”, le dedicó Esteban a Rubén, quien recogió estas palabras. “Somos muchos los choferes que hacemos esto y este caso nos da la oportunidad de contarlo. Fue mi obligación”, insiste en una historia con final feliz.
 

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