Córdoba

Daniel Salzano: La ciudad perdió clase y estilo

El escritor se zambulle en sus recuerdos y anécdotas para recorrer una ciudad que, según considera, perdió categoría. Un bar, algunos rincones, Talleres, el cuarteto, Córdoba…

Por Damián Stupenengo / Especial

Daniel Salzano saluda, larga un chiste e inmediatamente interrumpe su risa con un gesto de dolor. Mientras abraza una taza de café con sus manos, en su oficina en el Cineclub Municipal “Hugo del Carril”, confiesa: “Me caí de un taxi cuando bajaba, fue espectacular; debo tener unas siete fracturas y todas son historias, es lindo y para escribir es una buena…”.

Parece hacer una pausa para buscar la palabra exacta, pero no termina la frase. Quizás no hace falta, porque acaba de develar su presentación más precisa: un poeta urbano, escritor de novelas cotidianas, de historias de caídas y levantadas, contador de anécdotas de calle.

–Usted escribe de y para Córdoba, ¿Qué lo inspira de la ciudad?
–Antes te hubiera podido contestar bien eso porque andaba por todas partes. Ahora no, porque ya no salgo como antes. Es que siento que la ciudad ha decaído, ha perdido clase y estilo para incorporar otros diferentes, que no sabemos a dónde nos van a llevar. Pero este proceso de modificación no me resulta interesante. Yo sólo soy un habitante y quiero gozar la ciudad, quiero que me dé alegría y actualmente no me da alegría. La pobreza no da alegría, es triste por definición y creo que la manifestación más evidente que tenemos de la pobreza en Córdoba es darse una vuelta por el viejo casco histórico. Me entristecen esas cosas. Hace medio siglo Córdoba era referente nacional: acá se consultaba de política, arquitectura, era una ciudad preocupada en su futuro. Cuando hacían el área peatonal, miles de personas estaban asomadas en las barandas viendo como cavaban, esa era una imagen de Córdoba, el camino que nos iba a llevar al futuro. Daba alegría formar parte de eso.

–Interpreto que prefiere la Córdoba del pasado, ¿cómo fue su infancia en la ciudad?
–Pasé mi infancia en Pueyrredón, que se llamaba Barrio Inglés en aquella época, y sobre todo cerca del ferrocarril, porque ahí trabajaba mi papá. Era un lugar muy hermoso para estar al pedo. Era fantástico, porque uno no participaba en nada, solamente veía y se ilusionaba con que por ahí algún maquinista te subiera y te llevara 200 metros. La vida de barrio no tiene demasiada exigencia y tiene una gran cantidad de satisfacciones. Jugábamos todo el día a la pelota, y éramos muchos chicos. No te aburrías nunca. En la escuela lo único que importaba era que la portera te dejara tocar la campana del recreo, ya con eso llegabas al cielo.

–Tengo entendido que solía escaparse de la escuela…

–Sí, es que a los 10 años nos mudamos a barrio General Paz y ahí se produjo un cambio en mi vida. Me empecé a portar muy mal y creo que no me volví a portar bien nunca. Mi gran error es que perdí la confianza de mis viejos.

–Y si tuviera que escaparse hoy, ¿a dónde iría?
–Tengo muchos lugares para mencionar, pero la mayoría ya no están o están desfigurados, como el ferrocarril. Creo que me escaparía a un bar, porque en los bares se puede leer, el mundo se mueve a tu alrededor, participas si querés y si no, no te jode nadie, incluso también podés escribir. Me gusta el olor de los bares, las figuras. Mi bar en Córdoba es el Sorocabana (San Jerónimo esquina Buenos Aires), es uno de los pocos lugares que conservan su emblema. No hay una calidad determinada de gente, pero hay mucha gente y todas de confianza. Los mozos son de confianza. Es agradable que un mozo te conozca, te salude y te traiga lo que vos tomás. Los bares son pequeños focos de amistad que hay diseminados en la ciudad.

–¿Por qué lo cambió General Paz?
–No tengo recuerdos muy lindos, pero no he podido desentrañar qué pasó y creo que ya es tarde. Lo único que sí rescato es la biblioteca Vélez Sársfield. Fue un gran descubrimiento en mi vida porque ahí hallé una posibilidad que yo ni si quiera sospechaba. En esa biblioteca se fundó Talleres. Iban viejos chic que tenían calidad para vestirse. Era preciosa, estaba lustrada de punta a punta, diría que hasta con una higiene aristocrática. Me di cuenta que a mí me atraía eso porque veía a los tipos jugar al ajedrez, fumar en pipa y hablar de cosas que no había escuchado jamás. Ahora, no eran divertidos eh, no se jodía ahí. Juan Filloy, uno de los escritores más destacados de Córdoba, era habitué de la biblioteca y ese era un tipo que tenía estilo. Creo que ahí descubrí el significado de la palabra estilo. Después, con los años, uno va analizando el tema y se da cuenta que en Córdoba el estilo aparece en los lugares más inesperados, como en la Catedral o la manzana jesuítica. El faro no tiene estilo y no lo va a tener nunca. Hay ídolos populares que tienen estilo, como La Mona Jiménez. Tipos que trasladan su personalidad desde el envoltorio.

–Ya que mencionó a La Mona, ¿cómo se lleva con el cuarteto?
–Tengo una formación que apunta completamente para otro lado, no voy a fingir que el tunga-tunga me gusta para quedar bien. Lo que sí le reconozco es la virtud de resistir, porque han resistido sin apoyo, porque a la gente le gusta y porque se ha convertido en un marbete (etiqueta) de la ciudad y eso es un gran mérito. No me gusta, pero La Mona me parece un héroe. Me parece que es el jefe. A La Mona le admiro el carisma, la desfachatez y eso tiene que ver con Córdoba, o al menos gran parte de la ciudad. He escrito sobre La Mona porque me parece extraordinario ese tipo que andaba con una capa por San Vicente mientras todas las viejas golpeaban las cucharas. Es un tipo que genera, que conmueve a la gente.

–Si le encargaran pasear a un turista, ¿a dónde lo llevaría?
–A la estatua de Artigas, arriba del Coniferal. Me parece uno de los pocos lugares románticos que quedan en la ciudad. Ese era el lugar más alto que había, era el techo de Córdoba, se veía todo. Ahora sólo ves edificios, la ciudad se ha asfixiado de tal manera que ha llegado al borde del Parque Sarmiento y no ve la hora de atravesarlo y seguir. Por ahora sobrevive, creo que lo van a ir loteando de a poco. Ah, también lo llevaría a las piletas del Parque Sarmiento cuando están vacías, ahí debería haber nadado Amado Nervo. Ahí sí que está el pasado.

–Usted fue testigo del cambio que sufrió esa zona…
–Es que Nueva Córdoba era un barrio señorial, un lindo lugar, ahora es una suma de edificios. Nada que ver con una casa, eso me irrita, se acabaron las glicinas en Córdoba, no va a haber nunca más porque no hay más casas, son sucuchos interconectados entre sí por pasillos, de paredes débiles.

–¿Y ahora dónde vive?
–(Baja la vista, como con resignación, y susurra) En Nueva Córdoba. Vivía en una casa divina, pero me hicieron tal oferta de guita que la vendí porque no podía rechazarla. Pero jamás me imaginé que esto era así, y además tenía miedo que si me iba a otro barrio ya no iba a volver más al Centro, y eso me parece un indicio de caducidad.

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El periodista, el poeta, el escritor

Daniel Salzano (Córdoba, 1941) borda con las palabras cuando describe a Córdoba con la sencillez de quien la observa, pero con la riqueza de quien la ha caminado. Escritor, poeta, periodista, se lo puede leer en su columna sabatina “Quienes y cuando” en La Voz. También es director del Cineclub Municipal.

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El atleta de La Boutique

Daniel Salzano se declara “muy hincha de Talleres”, pero confiesa que se alejó de las canchas cuando empezó a llevar libros.

–¿Cómo es eso?
–Yo iba mucho a la cancha, pero me mató el estadio de mierda ese que hicieron en el Chateau Carreras porque empecé a ver a los jugadores así (acerca su palma de la mano a unos 10 centímetros del escritorio) y no los distinguía bien, así que tenía que llevar la radio. Ahí me dije “pero qué pedazo de boludo”, estaba en la cancha y escuchando a alguien que me dice lo que estoy viendo. Después la calidad de juego empezó a percudirse, y cuando eso ya fue mucho mayor ahí me planteé: “estoy perdiendo el tiempo”. Entonces empecé a llevar libros a la cancha, para que cuando el partido era una mierda me ponía a leer, y reflexioné: “por qué no estoy leyendo en casa, tranquilo”, y así me fui alejando paulatinamente hasta no ir más.

–¿Cuándo dejó de gustarle lo que veía en la cancha?
–Cuando Talleres perdió el Nacional (enero de 1978, la final que Independiente ganó con 8 jugadores) fue nuestra propia muerte de Jerónimo Luis de Cabrera. Teníamos el título al alcance de la mano y ¡trac!, ese fue un golpe de cual todavía… Creo que quedamos KO para siempre. Pero con voluntad de resurgir.

–¿Ve algo más que fútbol en Talleres?
–El tipo que más admiro en esta ciudad es el atleta que está esculpido en la fachada de La Boutique. El atleta que está a punto de realizar un esfuerzo, que está preparado, esa figura me gusta, ese momento me gusta, todo lo que sigue a continuación es algo que no podemos saber. Cuando estuve en la Cueva de Altamira pensaba en el atleta de Talleres, porque ahí está todo el mundo cazando bisontes y están todos peleando. No sé quién es el tipo, se lo pregunté a 2 o 3 próceres de Talleres y no sabían. Es una figura que nunca aparece, nadie se ocupa de ese atleta, y denota que Talleres tenía otras pretensiones porque pusieron a un atleta, no a un futbolista.

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Tres grandes: Efraín, Giné y Chammas

–¿Envidia a algún cordobés?
–Sí, claro, a mí me gustaría tener la sabiduría y entereza de Bischoff (Efraín, historiador nacido en La Plata, que se crió, estudió y se radicó en Córdoba). Si tenés alguna duda sobre historia no la buscás en los libros, lo llamás a Efraín. ¡Hay un tipo que tiene todo en la cabeza! Esas son las cosas que te hacen vivir con gusto la ciudad. Me gustaría tener esa generosidad y conocimiento. También me hubiera gustado tener el gancho de derecha que tenía Jaime Giné (Nació en Charata, Chaco, cordobés por adopción) que fue un gran boxeador que uno veía pelear y era como si uno mismo estuviera en el ring. Pero tipo que realmente me parece admirable es Chammas, por su figura, esos bigotones y detrás de eso un apellido que imagino es de origen árabe y que prácticamente parece que hubiera inventado el alfajor. Cada vez que paso al frente de un negocio de Chammas le digo “Bravo Chammas”. ¿Sabés lo que es inventar el alfajor, loco?

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La vida en la cola de los jubilados

–¿Qué escribiría de Córdoba hoy?
–No sé si podría hablar en general, preferiría hablar de los personajes. Me gusta ver. Cobro la jubilación y la podría cobrar de los cajeros, pero no, voy al banco y me zambullo en la multitud de viejos, sólo para ver. Yo soy un viejo, sólo que no me doy cuenta. Pero hago todo lo que hacen ellos, me mezclo. Es como una especie de impuesto que me obligo a pagar. Ahí encontrás la vida. Los viejos que llegan con humor a esa etapa de la vida, haciendo chistes, riéndose, diciendo piropos. Y les dan un toquito de guita así que no les alcanza para nada, y salen. Como mi vieja, que iba una vez por mes a la Iglesia de Santo Domingo. Cuando voy a cobrar la jubilación para mí es como ir a misa.

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El texto original de este artículo fue publicado el 28/07/2013 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición digital para leerlo igual que en el papel.
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