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Córdoba

Bebés prematuros, guerreros por anticipación

Son niños que permanecen menos tiempo en el vientre materno. Por eso cuando nacen, son vulnerables pero más luchadores. Dos historias de vida.

Nunca nadie les advirtió que este mundo iba a ser tan difícil. Nunca nadie les dijo que iban a tener que remarla tanto. Los bebés prematuros permanecen menos tiempo en el vientre materno, algo que los hace más vulnerables al nacer. Pero según reconocen sus padres y médicos, son mucho más luchadores que los demás. 

Tanto Uziel como Juana tuvieron un desembarco difícil. Nacieron con menos de 1.500 gramos cada uno en la Maternidad Provincial. Luego permanecieron en terapia intensiva. En el mes en que se celebra internacionalmente la prematurez, esta historia aborda las dificultades –y las alegrías– que afrontaron sus familiares. 

Tres veces en brazos. Instinto maternal que le llaman. Cuando a Noelia del Toro (31) le dijeron que iba a tener mellizos, supo de entrada que algo no andaría bien. Una angustia se alojó directamente en su estómago, aunque en ese entonces no sospechaba el desenlace final. Desde su Alta Gracia natal, se trasladó a la ciudad de Córdoba para hacerse estudios específicos. Una de las mellizas (Juana) crecía a ritmo normal. La otra (Carlina) lo hacía mucho más lento. 

En un centro de salud privado comprobaron que algo no andaba bien. La derivaron de urgencia a la maternidad de barrio San Vicente. Noelia fue internada un sábado en vísperas del feriado por la Soberanía Nacional. El hospital estaba tomado por sus trabajadores. “El Servicio de Neonatología funcionaba perfecto, pero había muy poca gente que lo atendiera. Yo tenía temor a molestar. Por suerte me tocó una enfermera muy buena. Graciela se llama”, recuerda. 

El martes 26 de noviembre de 2013, Noelia se preparó para la cesárea. “Mamá, vamos a tratar de salvarte una de las dos nenas –le dijo la enfermera–. La otra está muy delicada”. Y se le estrujó el corazón. Al día siguiente, con 31 semanas de gestación, Juana nació con 1.400 gramos. Carlina, con apenas 800. 

El síndrome de transfusión placentaria es el que a veces se da en embarazos múltiples. Son problemas de irrigación sanguínea que hacen que uno de los bebés crezca y el otro no. Además, la más chiquita podría haber nacido con una cardiopatía congénita. Noelia alcanzó a tenerla tres veces en brazos. Nada más. “Nunca te imaginás la muerte de un hijo. Es una angustia que no se te va con nada”, dice con ojos llorosos. 

El triunfo se mide en gramos. Noelia y su esposo Juan Fantino (39) no tuvieron tiempo para el duelo. Juana requería toda la atención familiar. La chiquita estaba atada al respirador y se sentía vulnerable a cualquier virus del aire. En julio ingresó una vez más a cuidados intensivos. “Cada día que pasaba internada, teníamos todos una angustia muy grande. Revivíamos lo que pasó con su hermanita. Cuando salía de terapia, ese sentimiento se aligeraba. Pero el miedo siempre queda”, dice la mujer. 

La primavera se inclinó a favor la rueda de la fortuna. Juana comenzó a ganar peso y cada gramo era celebrado como si fuese una fiesta de 15 años. Con el tiempo, los papás se fueron acostumbrando a las señales. Y aconteció el milagro: pudieron dormir. “Cuando la llevamos a casa, era tan chiquita que nos daba miedo. Se dormía profundamente. Se ponía tan blanca que no podíamos pegar un ojo. De a poco nos fuimos acostumbrando y pudimos descansar más”. 

El próximo jueves, Juana cumplirá su primer año. Sus padres celebrarán las ganas que tiene de pelearla. Como dice su papá: “Los prematuros pueden ser más vulnerables que el resto. Pero es increíble la fuerza que tienen. De a poco van superando etapas y se nota que se quieren ir a casa lo más rápido posible”. 

Sostener el esfuerzo: el desafío
Para Carolina Ferreyra, pediatra del Programa de Seguimiento del Recién Nacido de Alto Riesgo de la Maternidad Provincial, es muy difícil para los padres poner límites en la crianza de sus hijos prematuros. Esto se debe a que durante el embarazo, la familia pensó en la posibilidad de perder el bebé. 

“El entorno ha sufrido tanto que a la hora de poner límites, éstos son muy laxos. Cada dificultad nueva que se presenta es como un pequeño duelo. Van superando etapas pero el miedo siempre queda”, explica. 

Cerca del 50 por ciento de los nacidos con menos de 1.500 gramos requerirán asistencia especializada en el proceso de aprendizaje. 

“Pueden llegar a tener déficit atencional o alguna alternación neurocognitiva. Lo ideal es detectarlo a tiempo. Antes del tercer año de vida, cualquier intervención es efectiva. El cerebro del niño es más plástico y fácil de modelar”, agrega Ferreyra. 

Por su parte, la neonatóloga del programa María Cristina Pedernera apunta: “Estos niños necesitan cuidados especiales en distintas instituciones. Muchas familias abandonan el seguimiento porque los controles son muy costosos. Insumen horas y dinero, especialmente en los traslados. El principal desafío es sostener el esfuerzo en el tiempo”. 

“Si tose por la noche, me despierto”
 
Un mes después de dar a luz, Karina Ontivero (40) sintió que había sido madre por segunda vez. Es que el día del nacimiento de su hijo Uziel, el 15 de enero de 2014, apenas si le vio la carita. La cesárea fue de urgencia, ya que la mujer sufría de hipertensión. Fueron apenas unos minutos los que compartió con su bebé. La enfermera se lo mostró, lo escuchó respirar y se quedó dormida. 

El niño permaneció 30 días internado en terapia. Recién después del mes, la mamá pudo alzarlo. Ahí comprendió lo que le había pasado. Uziel nació con apenas 1.260 gramos y 29 semanas de gestación. Tuvo que permanecer en terapia hasta que fue dado de alta. En los brazos de su mamá es donde se sentía mejor. 

Pero Karina no podía relajarse. Durante otros 20 días más, el pequeño siguió internado en sala común. Ella tenía que estar atenta a la alarma del saturómetro, un aparato que medía la cantidad de oxígeno en el bebé. Si el valor superaba los 89 o descendía debajo del 95, comenzaba a sonar. La mujer se asustaba y una vez más pedía asistencia.

Con el paso del tiempo, fue aprendiendo a percibir las señales: el sonido de la respiración y el color de su piel. Cuando se fue a su casa, en barrio José Ignacio Díaz Tercera Sección, sintió que tuvo que aprender todo de nuevo. Se acostumbró a balancearse por la delgada línea que divide el cuidado de la sobreprotección.

“Con el tiempo fui aprendiendo a conocerlo. Las enfermeras me enseñaron cómo agarrarlo y cómo hacerlo dormir en una posición que no le dé reflujos. Recién ahí me pude relajar un poco más. Aunque tengo que reconocer que, si tose a la noche, me despierto asustada”. 

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