?>
Córdoba

Ale, la mamá que busca terminar el secundario 11 años después

En el marco de las frías estadísticas que nos dicen que 4 de cada 10 mamás en Córdoba no logran terminar esa etapa de la escuela, te contamos la lucha de una mujer que lo está intentando.

En el cuarto, en el colectivo, mientras espera que la pizza logre leudar.

Alejandra aprovecha cada instante libre y silencioso de su vida para poder sentarse a estudiar. Momentos que no abundan por tener dos hijos, un marido y una casa que limpiar. 

Quedó embarazada por primera vez a los 17 años y abandonó por esa causa sus estudios secundarios.

Cursaba el cuarto año de un secundario de barrio San Javier, al sudeste de la ciudad de Córdoba. No se cuestionó en ese momento: era rebelde y sus amigas transitaban una idéntica situación. 

Nunca imaginó que –al cumplir su hijo un año y medio– se quedaría sola. Salió a la calle a pedir trabajo pero sólo encontraba puertas cerradas, al no tener su título secundario. 

“Conseguí empleo en una empresa de transporte que se encargaba de empaquetar cartas y ponerlas en sobres. Trabajaba de 7 a 19. Y algunas jornadas, de 7 a 3 de la madrugada. Mi hijo dormía cuando me iba y dormía cuando llegaba. Me perdí de verlo crecer”. 

Los padres de Alejandra tampoco terminaron el secundario. Su mamá fue empleada doméstica y su papá, taxista. Su hermana quedó embarazada a los 16 y dejó los estudios. 

La suerte le dio un giro y conoció más tarde a su segunda pareja.

“Él tampoco terminó el secundario, pero me insiste mucho para que estudie”. 

Alejandra retomó los estudios en un programa del Plan Fines que se dicta en barrio Ituzaingó. Un año estuvo complicada. Faltó al cursado pero nunca abandonó. 

“Me acostaba tarde para estudiar. Mi marido me tomaba en esta mesa y repasaba con él. Cuando se levantaba a las 4.30 para trabajar, también me despertaba para estudiar. Ese año rendí y aprobé cuatro materias”. 

Alejandra pide que no fotografiemos su rostro ni revelemos su identidad. Consiguió empleo en una clínica, como secretaria, y mintió cuando le preguntaron por los estudios alcanzados. “Tuve que hacerlo para que me den trabajo”.  

Rumbo a la facu. En el comedor de la casa de Alejandra se amontonan cajas de cartón. El microemprendimiento de su familia consiste en armar paquetes que luego venderán a fábricas de pastas y tortas. Y eso es una gran ayuda económica para los más chicos, que también colaboran. 

Cuenta que aspira a terminar el secundario por dos motivos: dar un ejemplo a sus hijos y continuar con los estudios universitarios.

“Quiero ser trabajadora social. Veo muchos chicos en mi barrio que no tienen interés en nada. Se drogan y no saben qué hacer de sus vidas. Yo los quiero ayudar para que salgan adelante”. 

Si mira su vida en perspectiva, encuentra a una adolescente con mucho carácter, miedos y sin un rumbo fijo. Cambiaría algunas cosas. Pediría por una vida más fácil.

Pero no se arrepiente ni se queja de nada. Gracias al apoyo de su madre, sus hermanas y su actual marido pudo ser quien es hoy. Y seguirla remando. 

Sumate a la conversación
Seguí leyendo