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Córdoba

Aldo Fernández, el "puestero" de las Altas Cumbres

A caballo o de a pie, custodia las torres de energía en lo más inhóspito del paisaje serrano. Ni la nieve, ni la lluvia han detenido a este puestero de altura. Encendemos la luz a una historia enorme.

En medio de la nada o en medio de todo, según los ojos con que se lo mire, vive un cordobés con su familia desde hace décadas. El mapa lo ubica en el “Puesto Fernández”, a unos 110 kilómetros de Nono en vehículo, más otros 40 de camino salvaje de montaña.

A decir verdad, las referencias de localización son algo diferentes para ellos: “Vivimos cerca de la Tía Teresa, arriba del Ceferino, y a unos kilómetros de la familia de Manuel González”, nos habían indicado sobre esos solitarios parajes.

A unos 2.600 metros de altura, en el filo de las sierras de las Altas Cumbres, transita sus días y noches Aldo Fernández. Acompañado de su familia, formada por su mujer, sus cinco hijos, una hermana y su mamá.

Él es encargado de atender los desperfectos de las más de 188 torres que posee Epec en el terreno que va “del dique La Viña a un poco más arriba del dique Piedras Moras”, según sus propias palabras.

“A mí me avisan el número de torre que tira error y yo voy a ver qué pasa. Siempre a caballo o a pie, ya que son caminos imposibles de transitar con vehículos”, le cuenta Aldo a Día a Día sobre su particular modo de vida. Para muchos su trabajo es desconocido, pero en rigor de verdad, de la valentía de este cordobés depende la iluminación de una porción extensa de nuestras sierras donde habitan cientos de cordobeses.

El mapa de torres que tiene que atender Aldo

 

Huellas de familia. Aldo vive en lo que se llamaba “Puesto Ceballos”, pero hace algunos años se cambió la denominación por “Puesto Fernández”, en honor a su padre. Es que Don Fernández se mereció pasar a la historia por ser el primer “postero extremo” de esa zona. “Aprendí todo de mi papá. Me acuerdo de haberlo a ayudado años. Salir bajo la lluvia y que nos encuentre la noche para ver el estado de alguna torre en el medio de la nada”, recuerda Aldo “hijo” sobre la profesión que heredó de su progenitor. En Epec es muy habitual que, al jubilarse un trabajador, sea un miembro de la familia quién toma el cargo y eso pasó de modo natural con los Fernández.

Hace 14 años que tiene como tarea cuidar las 188 torres de luz. Pese a que el trayecto lo conoce de memoria, no ha disminuido el esfuerzo porque “la mayoría de las torres están en lugares donde no se puede entrar con otra cosa que no sea a fuerza hombre. Y a veces salgo tempranito a la mañana y vuelvo bien entrada la noche, con caminatas de más de cuatro horas de ida y otras cuatro de vuelta”, detalla.

Aldo, "puestero" extremo.

Según explica, su tarea comienza luego de ser detectado un error en la Central de Epec. En ese momento debe llegar primero hasta la torre defectuosa e intentar una solución inicial. De no poder, contacta y acompaña a un equipo especializado que viaja desde Córdoba. Sin justificaciones por el clima o el horario, su trabajo no tiene pausa, ya que está de guardia los fines de semana y atento a cualquier tormenta o desperfecto que encuentre.

“Es sacrificado porque estamos siempre en alerta y se complica mucho más es invierno”, advierte este trabajador con rasgos de aventurero y destellos de heroísmo, mientras agrega: “Mirá si no voy a saber de caminar bajo la nieve. A veces llega hasta la cintura y se hace difícil la marcha, pero vamos abrigados y limpiando el camino”.

La vida en lo alto. Aldo sabe que su tarea es especial y con una sencillez y humildad característica de la serranía, explica: “Me da mucho orgullo poder trabajar de esto. Las maestras, los médicos y los vecinos necesitan de la luz y yo cuido de que la tengan”.

Su labor es silenciosa pero de invalorable utilidad, ya que esas 188 torres cubren localidades muy pobladas, extensión que Aldo conoce con los ojos cerrados. “Sé que este trabajo sería difícil para cualquiera, pero por suerte yo vivo acá desde siempre. Me aprendí de memoria todos los rincones y eso es una gran ventaja”, repite con insistencia.

Tras años de compromiso, guarda miles de historias de caminos en donde dejó su huella a pie o al paso esmerado de su caballo. Entre lo más difícil que debió vivir enumera las veces que el fuego amenazó su amado paisaje, o las noches en las que atravesó la vegetación con sólo el alumbre de la luna. “¿Miedo? Y sí..., he sentido. Pero tengo que admitir que algo valiente debo ser para surcar la noche y llegar a casa sano”, dice entre risas, presumiendo de su coraje.

Y por lo demás, los días se llenan de la aventura de quién habita en medio de la imponente naturaleza. Sus hijos asisten a la escuela Ceferino Namuncurá, a dos horas de caminata de su casa, atravesando a diario un terreno agreste y difícil de transitar sin ayuda de un experto lugareño. Fernández se presenta orgulloso de su trabajo y esconde el deseo de que, al igual que él y su padre, alguno de sus hijos siga la estirpe de los “guardianes de la luz serrana”.

Aldo vive en lo que se llamaba “Puesto Ceballos”.

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