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Córdoba

A 34 años: el amor en tiempos de Malvinas

Los sentimientos, durante la guerra del ‘82. Historias que sucedieron hace 34 años y otras que imaginamos.

"Cuando llegué al hospital, todo era caos. El personal (argentino) de Sanidad trabajaba frenéticamente y me quedó la imagen de un soldado pasando un escurridor por el piso lleno de sangre. Me hicieron las primeras curaciones y me sentaron en algún rincón donde, por algunos minutos, pude observar lo más terrible del sufrimiento humano…”

El recuerdo es del entonces subteniente en comisión Carlos Javier “Nono” Aristegui, quien aportó su testimonio en el libro “Malvinas en primera línea” de su camarada Lautaro Jiménez Corbalán y que relata las imborrables vivencias de soldados, suboficiales y oficiales del Regimiento de Infantería 4 durante la guerra del Atlántico Sur.

Aristegui, que integraba una compañía del Regimiento de Infantería 3, tenía apenas 23 años; y acababa de ser herido por una ráfaga inglesa en el combate de Wireless Ridge, durante la agonía de la defensa de nuestra patria alrededor de Puerto Argentino, donde estaba el hospital al que pudo ser evacuado, ayudado por dos soldados. 

En esos distantes y a la vez tan presentes días de 1982, ocurrió la única guerra del siglo XX para Argentina y que dejó 649 muertos y 1.082 heridos, en términos oficiales. Pero las cifras que denotan una verdad más entera sobre lo que pasó tienen que ver con 10 mil compatriotas que regresaron; heridos todos. Por lo que vivieron. Y se sabe que más de medio millar se quitó la vida después.

Pero en las vivencias, que empezaron aquel bien marcado 2 de abril de nuestra historia y continúan para tantos y tantos ex combatientes, también existió y perdura el amor. Es que los sentimientos fueron tan humanos como el sufrimiento y la sangre que escurrían en el piso del hospital de Puerto Argentino. 

El hambre, el frío, el miedo; también, la incertidumbre, el estrés, el agotamiento; el pensar en tener que matar o morir. La bandera, el deber, la subordinación y el valor; la Patria y las convicciones. La fe, manifestada en los rezos, los rosarios y la veneración de la Virgen, que fue lo que sostuvo y no sólo espiritualmente a las tropas hasta el último día.

El no querer ser cobarde, sino valiente y terminar benditamente héroe; los adolescentes años de los tan queridos colimbas de las ´62 y ´63, la gran vocación exclusivamente de los también jóvenes o más adultos jefes que los cuidaron y no de los que los abandonaron, sumando a la derrota militar la de su propia dignidad y honor. Todo fue marco posible para el amor. Todo. Porque aquel tiempo, por más trágico, nunca dejó de ser completamente humano.

Secuelas. La escritora cordobesa Silvina Ruffo acaba de publicar una interesante novela editada por El Emporio, a través de la que imagina el romance entre Sarah Johnson, una isleña descendiente de británicos, y Daniel Hernández, un soldado argentino al que la rubia muchacha kelper ayudó a sobrevivir dándole de comer cada vez que él se acercaba a su casa por el patio trasero y hacía sonar una campana.

20 años después, Andrés volverá a Malvinas a tratar de encontrarla. “Escribo novelas de amor, románticas; e intenté con Secuelas mostrar que el amor a pesar de los problemas, las vicisitudes de la vida, puede ayudarnos a sobrevivir”, dice Silvina. “Fue todo un desafío esto de hablar del amor dentro de la guerra, en un contexto tan hostil, despiadado y triste. Porque a simple vista, nos parece imposible que pueda ocurrir que alguien, en medio de tanto drama, pueda enamorarse”, confiesa. 

Y de la ficción a la realidad. Al propio subteniente de Infantería Jiménez Corbalán, que cumplió 20 años en plena guerra y también fue herido, le pasó de enamorarse en tiempos de Malvinas. Fue de “una señorita de unos 18 años, de cabellos dorados que con el correr de los minutos incrementaba su belleza”, como él mismo describe en su libro “Malvinas en primera línea”.

El flechazo sucedió el 11 de mayo del ´82, 15 días después de llegar a las islas, cuando lo autorizaron a bajar del Monte Harriet e ir hasta el hotel Upland Goose de Stanley (como llaman los kelpers a la capital malvinense) para darse una ducha. Se trataba de un servicio por el que los dueños del residencial, que eran los padres de la chica, cobraban el equivalente a 15 mil pesos de la época.

“Ella hablaba perfectamente el castellano, porque cursaba estudios secundarios en una escuela de Río Gallegos, Santa Cruz. Sin embargo, tenía prohibido por su padre, el señor King, hablar en español con los argentinos que se alojaran o estuvieran de paso por el hotel”, cuenta Lautaro.

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